Historias de bicicletas

•enero 18, 2013 • 5 comentarios

marianne_vos

Tengo cuarenta y tres años. Desde la azotea de mi casa todavía se puede divisar La Bola del Mundo. Han construido bastantes edificios delante, pero no han conseguido tapar las vistas. A lo lejos, cuando el viento se lleva la mugre que cubre el cielo, todavía pueden verse las montañas. Nunca recuerdo mis sueños. Cuando despierto sólo me quedan imágenes fragmentadas en las que creo que vuelo. Podía saltar más de ochenta centímetros sobre el suelo, hasta que me rompí. Tom Courtnay se paraba junto a la meta con una sonrisa desafiante en la boca: nadie puede detenernos cuando nacemos con algo, lo compartimos con quien y cuando queremos, somos así, llega un momento en que nos da igual la vida o la muerte, en que dormir o flotar sin dirección sobre el viento es mucho mejor que vuestra ruidosa compañía.

Mi casa es como un desierto durante la noche, me arropo con la oscuridad. Comienzo a recordar a todos aquellos héroes a los que me agarro con fuerza cuando siento ese dolor. Ahora me imagino a Marianne Vos apareciendo entre la lluvia, y a Auerbach y Carney gritando como perros apaleados. Han sido muchos héroes, pero me di cuenta que con ellos no era suficiente para saltar al vacío sin red. Subí con mi padre a la azotea y hacía un calor de cojones. Leímos en el “Ya” la hazaña de Arroyo y Perico en el Puy de Dôme escoltados por Patrocinio Jiménez y Edgar Corredor. Yo creo que ahí nacieron mis historias de bicicletas, ahí y en las breves volattas del Giro que televisaban a veces en la Segunda Cadena. Luego leí “La llamada de la selva” y “El vagabundo de las estrellas”. Y me fliparon. Y con el tiempo casi olvidé por completo que había leído a Jack. Después convertí en mi hobby el bailar con los invisibles. Siempre me gustó rodearme de ellos. Detesto a las estrellas de las fiestas, los invisibles son mucho más divertidos. Son gente a la que la otra gente trata de ignorar, siento una extraña simpatía hacia ellos, quizás porque a su lado se consigue no tener que hablar con las mayorías humanas, con los que siempre están tratando de hacer ver que se lo pasan bien. Los invisibles son los mejores compañeros de viaje hasta que los vuelves visibles. Cuando se integran entre el resto, cuando has conseguido sacar lo mejor de ellos, entonces se marchan por donde han venido echando pestes de ti. Juntos comenzamos a escuchar a Lou Reed, y a los Stones emigrando hacia su exilio en Main Street. Y parecía que los comprendíamos sin saber su idioma. Pero siempre, al volver a casa, me encontraba varias flechas indias clavadas en la espalda.

Mi madre me enseñó a montar en bici a mediados de los años setenta, en la explanada del Puente del Ferrocarril de El Pardo. Me caí varias veces al suelo. Ella me dijo que no había que llorar, que los tíos teníamos que tragar saliva y continuar hasta rompernos la crisma, que la puta vida es así. Mientras tanto, mi padre fumaba sentado sobre el capó del coche. De repente, conseguí guardar el equilibrio y no paré hasta darme una gran hostia. El equilibrio no se olvida, es como el fornicar pero mucho más agradable. Recuerdo al perro Buck. Y recordé a Jack leyendo Krakauer. Gracias a Dios inventaron el ebook para no tener que pagarles por hacer lo que tanto amo, la imaginación y la memoria son las peores drogas, los únicos poderes con los que me parieron. Llevo muchos años tratando de dar una explicación a por qué consumo mis horas pedaleando. “Superación”, “retos”, “deporte” son palabras que tienen menos sentido o referencia incluso que “amistad” y “amor”. Sigo sin tener ni pajolera idea de por qué, pero todos los días necesito pasar varias horas metido en mi subconsciente, en esa masa de pensamiento que me lleva hacia lo salvaje, hacia mi selva. Me sumerjo como una piedra en el agua y floto, liviano, consigo por un rato no rebotar en la superficie. Me vuelvo depredador, todos ellos con mirarme ya saben a lo que jugarían si me tocan. Es un mundo donde no hay palabras, donde estoy sólo y en el que el aire se siente a flor de piel. Un lugar donde necesito cuadricular la agresividad mediante la razón para no comérmelos crudos. No podría decir que disfruto de ello, ni que lo amo, ni que lo detesto, simplemente existe. Esas son siempre mis historias de bicicletas, brotaron del equilibrio y la mitomanía, de Hinault, de Arroyo, de Zoetemelk y de Delgado; se criaron respirando hasta lo más hondo de los pulmones, escarbaron en mi subconsciente. No soy capaz de compartirlas porque es imposible explicarlas. Nacieron y morirán conmigo.

Pasaron varios lustros hasta que volví a tocar una bicicleta. Cuando éramos niños en mi barrio casi todos tenían una. Yo les tenía una envidia muy insana. Me daba miedo ponerme de pie sobre los pedales para subir las cuestas. Sabía guardar el equilibrio y poco más. Entonces me eché aquella novia. Salimos a la calle detrás de su casa con su bici de frenos de varilla. Me enseñó a girar de una forma muy rudimentaria. Yo conducía completamente agarrotado, no podían soltarme del manillar ni a martillazos. Me prestaron otra máquina y salimos a trotar juntos por la carretera. Si aquel día no me mató un coche ya no lo hará nunca, creo que posiblemente yo asesinaré antes a algún conductor. Volvimos a su casa muy contentos. Guardamos su bicicleta en el trastero de sus padres. En ese lugar también aprovechábamos para fornicar de forma furtiva. Ella pesaba poco, podíamos hacerlo de pié sin dificultad, se agarraba como una lapa a mi cintura con sus piernas. De aquellos polvos vinieron muchos más lodos. La vida te da una de cal y otra de arena, una en cada carrillo, la única medicina eficaz que existe es el tiempo, que todo lo cura y todo lo mata.

La bicicleta corroe mis huesos, los oxida, me hace recordar cada día que me resucita y me asesina a cada paso. La vida te carcome, no hay esperanza posible. El camino está debajo de la superficie de ese agua o bajo las mantas, en la profundidad oscura. Ahora entiendo todo. Me aburría cuando mi padre dormía la siesta en verano. No me dejaba hacer ruido. Sólo se mantenía despierto viendo el Tour en julio. Sudaba como un cochino sentado en el sillón y milagrosamente mantenía los ojos abiertos viéndoles rodar. Me aprendí de memoria aquellas carreteras que luego recorrí. Me grabé a fuego imágenes del sudor extremo y del frío de las montañas en verano. Me enseñaron a dudar y a maldecir, a caminar sobre las brasas, a soñar con poseer ese valor que nunca alcanzaré. El tiempo pasa en espiral por Madrid. No quiero a nadie a mi lado que no se haya caído de algún caballo camino de Damasco. Demos gracias por hacernos visibles durante un minuto el uno para el otro, por compartir ese breve latido al borde de la carretera. Perdida la esperanza ya sólo nos queda soñar. Y no es poco. O quizás no es mucho. Pero es. Avísame si abandonas y te haré un hueco a mi lado, pero sólo si guardas silencio.

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Triple salto mortal (10): Al final de la escapada

•diciembre 18, 2012 • 1 comentario

band a part

No te quiero porque no te odio
viento frío del sur y caliente del norte,
volvemos a casa por encima de las nubes,
respiro con dificultad entre tus cenizas.
El whisky nos sienta tan bien,
cervezas en el aire cantando aleluya,
Jeff Buckley nada confiado en el río,
está prohibido correr
por los pasillos del museo.
Nace un nuevo año colgando de su muro
infranqueable,
buscando refugio
caminamos como veletas
latiendo
en el corazón de las calles.
Bosques artificiales y puertas arrancadas,
¿es el fin del camino?
No sé cómo volveremos a casa,
en el desierto hace frío y luce el sol
helado y caliente.
Prendimos la hoguera y ardió todo
sin que saltara ni una chispa.
¿Dónde estabas cuándo pisamos la luna?
Imaginaba que viviríamos allí para siempre
y vas y me pillas con estos pelos
en las piernas.
Ni te quiero ni te odio
porque no me dejas dormir tranquilo
y en medio del desierto apareces
aunque parezca que todo se hunde,
tu Madrid resucita en mi estómago,
como whisky barato
y cerveza con sabor a saliva.
Dejaría que me pegaran
un tiro
por ti
con balas de fogueo.

La muerte os sienta…. tan mal…

•noviembre 30, 2012 • 3 comentarios

payasosdelatele

El tanatorio de la M-30 es como un inmenso muro de Facebook. Pasar un ratito allí es asistir en vivo y en directo a la representación social humana más teatral. Tras la muerte de una persona, de cualquier persona, no me imagino a más de otras tres, o a lo sumo cuatro o cinco, a las que su falta provoque algún tipo de agujero interior. El resto es pura representación tragicómica, superyo al más puro estilo red social, discursos vacíos que pretenden la pena más burda o la alegría más idiotamente chisposa, cuando lo que realmente apetece es meterse en el agujero y cagarse en la reputa madre que inventó este mundo.  El tanatorio antiguamente era la droga que sustituía a Twitter o a Facebook, incluso es posible que el fatuo de Zuckerberg se inspirase en los pasillos requetecontaminados por luz fluorescente de este antro de la muerte para crear su mefistofélico invento. En esas habitaciones, en las que se exhibe a los fiambres de cuerpo presente maquillados como puertas a través de un ojo de buey, se conjugan falsos ropajes, superficialidad y ego, todo por toneladas, y buenos deseos lanzados como eructos al aire o elogios hacia quien en realidad te importa o te importó un puto carajo. Siempre me gustó observar desde la última fila sin ser visto, como en “El estudiante de Salamanca”, a toda esta fauna arrastrada inconsciente por la corriente vital. En cierto modo allí me sucede lo mismo que en las redes sociales: observo y río, pero también me asqueo y prefiero borrar de mi horizonte a todo aquel al que no quiero odiar al ver lo que realmente le gustaría llegar a ser. Los humanos se ven a sí mismos como gurús reflejados en el espejo cóncavo del callejón del gato; las gordas se ven supermodelos, los bobos listos y a algunos incluso les da por creer que todo tiene un sentido. Todavía queda una última fase en el big-bang virtual: convertir Facebook en una gigantesca esquela en la que expresar el amor eterno por los muertos, en la que escribir tus mejores frases hechas de pésame para que vean lo buenísimo que eres. Aun me pregunto por qué junto al botón “me gusta”, expresión de la máxima felicidad humana (¿hay algo más maravilloso que contar que hoy has cagao blando y que tu cuñado o tu suegra pongan “me gusta”?), no hay otro que ponga “asco”.

El payaso Miliki palmó y el coro virtual comenzó a decir cosas como “puso una sonrisa en nuestra niñez”. Facebook y Twitter ardieron, se llenaron de inmensas muestras de gratitud hacia el simpático clown amante de esas inocentes criaturas conocidas como niños, que años más tarde crecerían para ser potenciales clientes de los discos horteras que trataba de vender al gran público este señor. A la juventud siempre le ha encantado el circo por los valores tan sanos y enrollados que representa, por ese olor a caca que embelesa siempre levitando como un trapecista alrededor de la carpa circense, ese hedor provocado por los excrementos de los animales supuestamente salvajes que pueblan sus espectáculos y por los artistas que mean al lado de sus infectas autocaravanas. La gran mayoría de los que se mostraban consternados ante tal óbito payasil no había nacido cuando los payasos eran estrellas de la tele en blanco y negro, y otros ni siquiera se acuerdan de su programa. Pero todos lloraban mucho. Yo recuerdo que había una parte de aquel invento, “la aventura”, en que el cabronazo de Fofó se reía de una forma surrealista de todos los valores que representaba el orden social, el buen hacer y la laboriosidad. Luego, para rematar, cantaban algunas canciones en su mayoría bastante reaccionarias y políticamente correctas, todas con bonito mensaje subliminal (impagables “Susanita tiene un ratón” y “Así, así que yo la vi…”) muy acordes con la asquerosamente meliflua personalidad de Milikito (aunque esa es otra larga historia…). Es posible que el cabrón con patas del grupo, el ideólogo del desbarajuste gracioso, fuera Fofó, porque cuando éste murió los payasos de la tele comenzaron a perpetrar un espectáculo cada vez más denigrante en el que colocaban a trabajar a todos sus familiares, que en la mayoría de los casos no tenían ni puta gracia. Finalmente cada uno se fue por su lado y Miliki y su simpático hijo Milikito se dedicaron a exprimir la gallina de los huevos de oro de la nostalgia hasta casi estrangularla. Curiosa semblanza la de esta saga familiar con la actual de los Borbones, también tan graciosos y campechanos. La familia Aragón acabó peleándose a brazo partido por el legado y la fama cosechadas en el pasado, a hostia limpia literalmente, en un nuevo espectáculo televisivo mucho más atractivo que el que protagonizaron sus padres. “Payaso come payaso”, podrían haberlo titulado. En Facebook no suele haber peleas familiares. Todo el mundo es buenísimo allí, incluso los que se odian o se han puteado a muerte toda la vida. “Qué bonita foto, tu hijo está precioso”, pueden afirmar aunque el tierno infante sea más feo que pegar a un padre con un calcetín sudao.

En la puerta del tanatorio siempre hay dos moros gorrillas. Normalmente no doy calderilla a esta clase de salvajes empleados, los miro con cara de mala hostia y punto. Pero estos dos moros, no sé por qué, suelen tratarme como si fuera uno de sus semejantes y me dan un sitio siempre en toda la puerta. La mezquita central está a apenas cien metros. Allí reparten cus-cus barato y mochilas con explosivos. Los peculiares aparcacoches funerarios me dan conversación cuando entro y cuando salgo. Debe ser por la cara de satisfacción que llevo en los ojos cuando huyo del lugar, que es un sitio del que vivos y muertos desean marcharse lo antes posible, aunque todo Dios trate de disimularlo. Hay gente que ríe mucho en el tanatorio para amortiguar el miedo que tiene a morirse. Miedo algunos, porque el resto, esa mayoría ruidosa que fuma compulsivamente sobre las barandillas con vistas a la M-30, no piensa ni en que poseamos la vida eterna ni en que seamos un pedo en el viento, no piensan a secas. Piso el acelerador. Madrid está frío, la noche huele a hielo. Las sombras caminan con las manos en los bolsillos entre una oscuridad otoñal que ya huele a invierno. Madrid es de color gris, casi negro, por mucho que lo traten de pintar de colorines. Madrid está hecho de gente con la piel dura, de animales extranjeros llegados a la fuerza desde otras latitudes, enjaulados en barcos de esclavos. Las urracas blancas y negras anidan sobre los eucaliptos importados de las antípodas. En Madrid casi siempre hace o mucho calor o mucho frío. No necesito mapas ni gepeeses para guiarme, me dejo llevar por la marea de las calles hasta casa. Pongo la radio. Ando rodando por esta ciudad desde hace ya muchos años, y sé que ella ha robado el alma y la fe de muchos hombres. Música de cañerías sobre el asfalto congelado. Pleased to meet you, Mick, pleased to meet you, Keith; hola don Pepito, hola don José….

La masa cómoda (2): más allá de su nariz

•noviembre 21, 2012 • 2 comentarios

La segunda regla para identificar a la masa cómoda es el tamaño de su hipoteca. A cualquier persona que haya firmado una hipoteca superior a los cien mil Euros no debería permitírsele asistir a una manifestación. Una vez más soy muy laxo en este aspecto. Tampoco vale protestar por comprar terrenos rústicos hipotéticamente recalificables. Si eres tan estúpido como para hacerlo y no asumes el riesgo que conlleva tampoco tienes derecho luego a quejarte. El desconocimiento de la norma no permite su incumplimiento. Si eres tan idiota como para visitar la boca del lobo no pienses que luego podrás huir a llorar a tu casita construida con paja o con barro, puerquito de la masa cómoda. El sistema capitalista está fundamentado en el riesgo y la desigualdad por encima de todo. Así que si nos pilla el toro no vengamos luego con pamplinas.

Mi padre se despertaba de la siesta sobresaltado por los gritos de mi abuela, que le instaba a cortar las malas hierbas de la huerta. Aquello parecía una selva, y deslizar la guadaña resultaba bastante fatigoso. Sueño con él blandiendo la guadaña para cortar las piernas a la masa cómoda. Para cambiar el sistema tendríamos que tener muy presente que habría que renunciar a tener un cortacésped, deberíamos irremisiblemente retornar al método arcaico de segado mediante la guadaña, aunque luego dolieran los riñones. Pero no seamos ilusos, contando con la masa cómoda no hay posibilidad de dar la vuelta a la tortilla, sólo sería posible volver a cocinarla desde el principio confiando en que creciera una nueva especie de patata mutante. La masa cómoda es como un tubérculo blandurrio con el que el huevo cuaja muy mal.

En diciembre de 1930 un tendero neoyorkino acudió a una sucursal del Bank of United States a reclamar sus ahorros. No se fiaba ni un pelo de aquellos motherfuckers. Se cabreó mucho cuando los chupatintas y lacayos del banco trataron de convencerle para que no sacase el dinero con infectas excusas. Se largó de muy mala hostia, y a mediodía el muy cabrón propagó el rumor de que ese banco no tenía un chavo de sus ahorradores, que en la puta caja fuerte sólo atesoraban telarañas. Aquella tarde varios miles de personas de la masa cómoda rodearon aquella chonera financiera pidiendo que les soltaran sus cuartos. En veinticuatro horas quebró. Fue la chispa que provocó la quiebra del ochenta por ciento de los bancos yankis, que cayeron al vertedero como fichas de dominó, se disolvieron como un pedo en el agua: en el exterior sólo olió mal durante unos instantes. El sistema capitalista es pirámide con los cimientos de barro, con las vigas maestras sólo sustentadas por los delirios de grandeza de la masa cómoda, un engañabobos, nunca mejor dicho. Y la masa cómoda puede destruir y autodestruirse, es más inestable que la nitroglicerina, todos sus integrantes llevan el maletín nuclear bajo el brazo con el botón rojo a punto de ser pulsado. Miopes de nacimiento incapaces de ver más allá de su nariz.

Las chicas de la masa cómoda se sienten seguras sobre sus zapatos de tacón mientras sueñan con ser madres maduras a los cuarenta, nunca es tarde para perpetuar la maldita especie. Fantasean con parecerse a Valerie Trierweiler, con practicar alguna profesión liberal y arrimarse a un supuesto gurú que se diga a si mismo de izquierdas, a ser posible soso, calvo y gordo; si el tipo atesora esas cualidades resulta poco peligroso para ellas. La basura blanca ultracatólica del medio oeste norteamericano es con creces más progresista que esta clase de masa cómoda. La basura blanca planta nabos, vive en aparcamientos de caravanas o roba los coches de la masa cómoda, que se caga en los calzones ante ellos. La masa cómoda necesita reclutar muchos lacayos policías que reciten de memoria aquello de: “yo sólo hago mi trabajo”. La masa cómoda nace con la única pretensión de trabajar por cuenta ajena, si no se sienten como los huerfanitos de Dykens. “Feliz el que, alejado de los negocios como en otro tiempo los mortales, paternos campos con sus bueyes ara sin rendir a la usura vasallaje…”, les grita Horacio, un tío no se sabe si nacido entre la basura blanca o la negra.

Valerie tiene mucho más atractivo que Carla Bruni, aunque le cuelguen algo más las lorzas. Tiene ese aire de arpía cuarentona difícil de resistir. Le encanta pasear por el Eliseo en ropa interior de cuero y poner un collar de perro a su querido miope para sacarle a hacer pis por los jardines. Roberpierre ya no levantará nunca la cabeza. Hard times. La hora de los gigantes enanos. Perros ladrando enfadados con sus amos. Los lobos aúllan en el bosque.

La masa cómoda (1): danos pan y coltán

•noviembre 16, 2012 • Dejar un comentario

Me niego a participar en manifestaciones con gente al lado que las llama “mani”, o “manifa”. Para asistir a cualquiera de estos acontecimientos sociales de masas deberían hacer pasar a todo el mundo un simple test: el que gane más de treinta mil Euros brutos al año no debería poder participar. Y soy muy laxo con la cifra.

“Yo no hago huelga porque tengo que trabajar para dar de comer a mis hijos”. En la masa cómoda siempre tenemos una excusa. La de más peso que esgrimimos suele ser que mantenemos a algún que otro vástago putativo, un bien que está por encima de todo el resto porque Dios lo dijo. La masa cómoda siempre se apresta a tener hijos porque el reloj biológico es algo con lo que se viene de serie al nacer. Y el que contradiga al reloj es un raro o un hijoputa, o las dos cosas.

Venimos al mundo con un impermeable puesto. La cultura cae como una lluvia dura sobre nuestros lomos. El agua cala cualquier chubasquero por muy fuerte que sea su tejido. Lo importante en realidad es la capacidad para transpirar que tenga el chubasquero, para que nuestro cuerpo consiga expulsar la humedad sobrante, la que queda mugrienta dentro del chambergo. La masa cómoda se  cala hasta los huesos y sonríe con cara de gilipollas mirando al cielo, la vida es maravillosa incluso cuando llueve a mares.

Los pupitres de las grandes empresas, de los bancos, de las redacciones de los medios de comunicación de masas, de las compañías de seguros, están llenos de masa cómoda. Por la mañana abominan de los sindicatos y su convocatoria de huelga. “Los sindicatos están obsoletos, se comportan como las doce tribus de Israel”,  afirman, y vive Dios que es cierto. Por la tarde, al salir de trabajar, acuden a la manifestación a gritar contra el sistema. Recorren un par de paradas de metro y luego vuelven satisfechos para casa; de camino intentan parar a cenar en su restaurante de sushi favorito, pero está cerrado por miedo a que les rompan el escaparate. Las wiffis de los Iphones que la masa cómoda lleva a la manifestación consiguen levantar un halo de radiación que llega hasta Plutón. Si todos twitteasen  o Facebookeasen a la vez el manto terrestre podría perforarse hasta las antípodas. Muchos de ellos tienen suficiente coltán en su casa como para fabricarse con él una dentadura postiza. Pero sostienen que el sistema es una mierda. “-¿Dónde hay un cajero automático?. -¿No será para quemarlo?. -No, joder, es que he salido de mi ático sin efectivo, me siento como desnudo…”.

La masa cómoda quiere cambiar el mundo, cambiar todo para que se quede como está, porque en el fondo es maravilloso el sistema piramidal de préstamos bancarios. No hay ni uno dentro de la masa cómoda que no abogue por un mundo con hipotecas baratas. Compartí pupitre durante un año con Jesus López. Era el pequeño de nueve hermanos, siempre iba vestido con un raído chándal azul marino y olía a sudor seco. Todos los días cogía uno de los balones de fútbol del colegio y  lo pateaba por encima de la valla. A la salida lo recogía y se lo llevaba nadie sabe a donde. Al acabar el curso no quedaba ni un balón en el colegio. Él no los quería para nada, pero tuvimos que dejar de jugar al fútbol. Con dos o tres mil tipos como él la masa cómoda iba a ir bien jodida por el mundo, les patearía bien el culo, serían como un ejército compuesto por varios miles de Eric Cantona sacando todos el dinero del banco al mismo tiempo. Espero que Jesús no haya muerto de sobredosis o por un disparo de la policía. Discúlpenme, quise decir putos maderos. En el Dios de la desigualdad planetaria confiamos. Queremos más gurús y menos hombres. El tercer mundo es jodidamente aburrido, allí todo el suelo es rústico, no hay parcelas edificables en las que invertir el dinero de la masa cómoda.

La masa cómoda vive preocupada por no poder recargar la batería del móvil. Y si follan siempre es con amor. “He adelgazado dos kilos en un mes y luego he cogido cuatro”, dice la masa cómoda. Salieron a la calle a pedir pan y coltán, y de paso quemaron unas cuantas calorías sobrantes.

Verano es…

•octubre 30, 2012 • 1 comentario

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El primer día de frío. Da gusto atravesar los pinares el primer día de frío. Sólo se escucha el rugido de la ciudad retumbar de fondo. Recuerdo el verano. Verano es coger el coche y hacerte unos cuantos miles de kilómetros, y pasártelos hablando sobre toda esa gente que está ahí pero que se va marchando por el túnel, todos esos a los que no aguantas y todos aquellos a los que no se sabe por qué admiras. Pobres de nosotros, pobres de todos ellos, es cierto que todavía siento algo de empatía. “Empatía”, qué invento de palabra.

Siempre echamos una lagrimita al atravesar la frontera, porque nunca tenemos ninguna gana de volver. Entonces pasamos por la puerta trasera de tu casa y le conté a mi otra mitad que no sé por qué tú eres diferente, por qué esa conexión, le conté cosas sobre esos pocos retales de tu vida que sé, sobre los huevos que tienes y por qué al caminar a tu lado parece que no estás del todo sólo. En fin, la vida es así. También odio las frases hechas, pero no hay mejor andamio para hablar que las putas frases hechas. Life´s a bitch, life´s a bitch…

Cuando entré al entierro de mi padre, o a la cremación, me senté en las últimas filas. Intenté guardar la compostura, porque digan lo que digan los hombres no lloran, cuando lo hacen parecen lo más ridículo del mundo. En los eventos sociales soy un eterno aficionado a la fila de los mancos. Allí me encontré a su amigo. Me contó que a ellos siempre les gustaba ir a lugares solitarios. Iban a pescar o a cazar  y se daban grandes caminatas para llegar a lugares donde no hubiese nadie, donde no se escuchase su teatro ni de lejos. Nunca nos ha gustado el teatro, si acaso el cine. Recordé toda aquella escena el otro día, cuando fuimos a la inauguración de la exposición de Gogan. “Se dice Gauguin, no gogan, tampoco goguen”, te dije. Estaban allí todos. Me sonaban muchas de sus caras y de algunos hasta conocía su nombre. Gracias a Dios no me reconocen ni los que me reconocían. Pobre Gauguin. Nos comimos unos trozos de queso y nos bebimos unas cervezas gratis viendo a todas aquellas aprendices de Leonor Watling encantadas de conocerse escenificar lo mucho que les gustaban las composiciones llenas de tahitianas en pelotas. Siempre soñamos ser los Dylan Klebold y Eric Harris que jugaran al tiro al blanco con toda esa gente de la Facultad. Habría que apartar todos estos árboles enormes a golpes de hacha, y a sus Iphones, y a sus Ipads, para poder ver el bosque. Life´s a bitch, live´s a bitch then you die… 

Nos bañamos en las sucias aguas del Mediterraneo. Hablamos sobre por qué el Manzanares no es ni un aprediz de río, si acaso un aprendiz de un aprendiz de arroyo, de que no llevaría nada de flatulenta agua si no estuviese convenientemente represado, de por qué dicen que metidos en batalla una inglesa vale por dos franceses. También charlamos sobre la diferencia entre dejarse llevar por el viento y ser un puto veleta. Conocemos a algunos cientos de veletas que gritan que el viento les lleva. Y discutimos por qué las tetas son un imán para las manos, y sobre la definición de las amistades prepago y las todo a cien. Intentamos hallar la respuesta de por qué me gusta el aliento a Roquefort y no a dentífrico o a elixir bucodental. De por qué echa ambientador al salir de cagar, y de por qué van a publicar su tesis en Barco de Vapor. De por qué somos metálicos oxidados entre todo este melifluo jardín botánico. Vamos a intentar contaminar todo lo que podamos para no dejar nada sano a vuestros hijos. Life’s a bitch and then you die; that’s why we get high Cause you never know when you’re gonna go… 

El primer día de frío. Tomo una tacita de café natural, dicen que al torrefacto le echan muchas mierdas para que coja color. La cafeína viene bien para pedalear. Calcetines térmicos y chaqueta armadura Windstopper. Bombas en los Starbucks con toda la clientela dentro. Hacen la revolución a través del Washap, menuda guasa de revolución. Estoy en una nueva fase de odiar a los policías y de odiar a los manifestantes. No creo que el mundo se acabe, y si se acaba que les den por culo. Meo en el fondo del pinar, siempre bajo el mismo árbol.  Si lo necesitas guardaré tu espalda, o me dejaré pegar un tiro por ti. Me voy a dar un paseo largo, largo, con Hal Incandenza, no me esperéis despiertos. Life´s a bitch. 

Alta Velocidad

•febrero 6, 2012 • 3 comentarios

Fugacidad. Los hombres se distinguen de los niños sólo cuando hace frío.

– Si ves que un día me parezco a ellos compra una pistola y pégame un tiro.
– ¿En la cabeza o en el corazón?
– Mejor acribilla mi principal centro energético, así dejaré de escucharles. Cuando hablan es como si se afilaran las uñas contra una pizarra.
– No los odies, aunque sea por los viejos tiempos. Por cierto, ¿qué es ese olor tan raro?
– Es que se me ha escapado un chakra.

Viajamos en el AVE. Me acompaña Marcos Giralt, a ellos Ipad . Ellas llevan Iphones en faltriqueras de marca bajo la lorza. Ellos acuden al gimnasio por obligación. Ellas tienen las pantorrillas como los muslos de Rummenigge en el 82, y cuando se agachan se parecen a Horst Hrubesch rematando en plancha. Me miran con asco. Son sumillers aficionados, expertos cocineros de salón, amantes de la fotografía artística. Después de una hora, Giralt deja de hablarme sobre su padre muerto. Entonces me duermo. Sueño con que Houellebecq entra disfrazado de Dart Vader con una metralleta en la mano y los acribilla a todos aprovechando que están distraídos twitteando. Todo lleno de sangre, el cristal y el metracrilato, las manzanas Apple hechas trizas, el gilipollas de Steve Jobs revolviéndose en su tumba. El paraíso. Me despierto. Atravesamos la submeseta sur entre la niebla. Ya sólo me funciona al cien por cien una extremidad, sólo una de las cuatro, y con reuma por la humedad. Quiero que talen unos cuantos miles de bosques más para hacer libros y periódicos. Ahmadineyad inventará un misil para mandar a tomar por culo todo Silicon Valley.

– Este vagón es el 12…
– Sí, es el mío, no desespere.
– Ehhh….¿Qué móvil tiene usted?
– Pues este que me encontré en el suelo.
– Pero… ¿estaba liberado?
– No, me lo arregló mi pakistaní de confianza. No se preocupe, no lo uso apenas. Sólo para llamar al 112 si es menester, con prepago.

Sánchez se los cargaría a todos, no tiene ni para empezar con estos mequetrefes. Sánchez podría escalar el Chomolungma a pesar de su asma crónica. Sánchez los borraría del mapa con el eco de la suela de su zapato. A Sánchez no le hace falta colgarse carteles de la solapa proclamando profesiones rimbombantes, se los come con patatas y punto, por derecho. Tener cojones no es ir proclamando a los cuatro vientos que se tienen, ni diciendo lo malo que es el mundo, es ganarles siempre metiendo goles de zurda siendo diestro, para que rabien en un impecable arameo. Sánchez se los come con patatas, esa es la razón de que atraviesen su cuerpo con miradas asesinas. Sánchez se los come con patatas y cocretas congeladas. Es una persona poco agraciada de cara, pero los tiene bien puestos, en este mundo eso es mucho más importante. No le pediría que me acompañase a una isla desierta, porque ronca y su tono de voz es desagradable, pero si tuviese que llamar a alguien para que los pasase a cuchillo sin duda llamaría a Sánchez. O a Pepe, el del Madrid. Sánchez podría pasar perfectamente dos inviernos con los Inuit, matar focas a cascoporro y comérselas para desayunar, almorzar, merendar y cenar, todo ello sin quejarse por la baja calidad del menú del restaurante, y aprender a untar de grasa la planta de los esquís de su trineo para descubrir un nuevo Paso del Noroeste. Sánchez viajará algún día al Polo Sur, pero no se congelará ni morirá de jambre porque es capaz de comerse a su propio perro sin pan, o a sus hijos si es preciso. Sánchez no es gilipollas.

Los vikingos llegaron muy ufanos a la costa noreste americana, se oían sus carcajadas hasta Wisconsin, y construyeron sus poblados con cuatro palos, como las casas de los tres cerditos. Los Inuit observaban a los forasteros sin inmutarse, y eso les jodía mucho a los vikingos, que eran una panda de borrachuzos gigantones gordos de tez colorada. No se sabe si es que en sus cascos llevaban cuernos de vaca o es que les habían crecido en la frente debido a sus largas ausencias de casa a causa del trabajo. Miraban a los Inuit con desprecio, los llamaban despectivamente “enanos”. Se creían grandes profesionales de la extorsión y el saqueo, incluso asistieron a masters y doctorados sobre ello, pero allí, al otro lado del Atlántico, no había nada que hurtar. Ni siquiera violaban a las mujeres Inuit porque les parecían más feas que pegar a un padre, a ninguna le gustaba la cerveza ni ninguna escuchaba a Bruce Springsteen como ocurre siempre con las tías que están verdaderamente buenas. Entonces sobrevino la “pequeña edad del hielo”, se acabó de repente el “Óptimo climático medieval”. Las aguas del océano se enfriaron y los bacalaos que esos cornudos se comían dejaron de campar por las zonas limítrofes a Terranova. La nieve les llegaba a la altura de los cojones a los vikingos, y sólo podían ponerse pedo dentro de casa, “por los clavos de Cristo, qué jodido frío”, exclamaban a cada paso. Para colmo desapareció la caza y no había puta forma de cultivar nada en aquella mierda de tierra americana asentada sobre sucio permafrost. Los vikingos pasaban más hambre que el perro de un ciego, pero se negaban a practicar las técnicas de pesca de los Inuit porque para ellos eso eran mariconadas. Con el tiempo, no tuvieron más remedio que coger sus barcos y largarse con viento fresco. Al cabo de los años los Inuit ya ni se acordaban de aquellos gilipollas que no aguantaban el frío. La “pequeña edad del hielo” no acabó hasta mediado el siglo XIX. Los vikingos, al regresar a Islandia y Escandinavia, encontraron a sus mujeres fornicando con sus vecinos, pero no las mataron, ellas les echaron de casa. Las vikingas eran unas pedazo de putas, o al menos eso decían los vikingos, porque no existen pruebas arqueológicas de su infidelidad; algunos estudiosos creen que ellas les abandonaron porque eran muy aburridos. Los Inuit al final tenían razón con lo de que eran una panda de gilipollas con pretensiones. La cerveza sólo les hacía efecto placebo.

A mi padre le gustaba mucho pescar. Se parecía a Nelson Muntz. No soñaba con visitar las laderas del Kanchenjunga, sólo quería que le dejaran en paz con su siesta a la orilla de cualquier río. Caminábamos kilómetros por el barbecho y no me dejaba quejarme, nunca me cogía en brazos. Le gustaba dormir sobre colchones de lana, en esos en los que te hundes como si fueran un sarcófago. Olía a madera sucia húmeda, ese olor que ahora reconozco en mi mismo. Nos gustaba leer periódicos viejos que traía a casa todos los días. Las profesiones de sus amigos siempre acababan en “ero”. La última vez que le vi pesaba veinte kilos menos y los hijos de puta de los municipales me pusieron una multa de aparcamiento en la puerta del hospital. Por mucho que trato de disimularlo no puedo negarlo, odio a las fuerzas del orden, son todos, sin excepción, unos lacayos hijos de la gran puta. Los policías nos chupaban la polla a mi padre y a mi. Él conducía mejor borracho que sereno, y eso que sin beber ya conducía muy bien. Tenía los dedos como porras y siempre le dolían las muñecas, él decía que de meter las manos en el hielo. La correa de su reloj podía servirme de collar, pero la última vez que le vi le sobraba la mitad, casi le daba dos vueltas por el antebrazo. Nunca cogía ni un catarro. Tengo la urna con sus cenizas guardada debajo de la mesa. Le gustaba pescar porque así no tenía que escuchar a nada ni  a nadie a kilómetros de distancia. Pescar es un poco como pedalear, como cuando yo me bajo de la bici a mear siempre debajo de la misma encina y escucho respirar a Madrid a lo lejos, con ese sonido suave y agradable que emiten la mugre y el lumpen. Mi padre podía comerse cincuenta huevos. Me lo imagino paseando sobre las laderas nevadas del Chogori, en manga corta envuelto por un reconfortante silencio. Así debe ser morirse. Fugacidad.