Historias casi verdaderas (11): Niu Yor, Niu Yor

– Si me tocase la lotería compraría un castillo con una gran finca alrededor, donde cupiesen todos mis amigos y los familiares a quien quiero. Después construiría una gran cúpula de cristal alrededor y lo aislaría del mundo exterior herméticamente. En tercer lugar lanzaría tres mil bombas de neutrones sobre el resto del planeta y exterminaría a todo el resto del personal, sin tocar ningún objeto ni paisaje, eso sí, todo matar a la gente, a secas….
– Pues yo creo que no es eso lo que harías… sí, comprarías un castillo enorme, pero no lo llenarías con tus amigos y familiares, sino con putas. Putas blancas, negras y amarillas, de todos los colores y tallas, tías con grandes tetas y pequeñas, unas pocas con culos king size y otras  con respingones traseros, también con algún travelo para aderezar, pero sobretodo muchas putas, putas, putas… y luego tirarías la gran bomba y todos a tomar por el culo, incluso tu mujer y tus mellizos. Todos muertos con dolor, mucho dolor. Y muchas putas todo el rato durante el resto de tu puta vida, putas…
– Rogelio, eres un hijo de puta, gracioso, pero un hijo de puta en resumidas cuentas….
– Anda, duérmete y deja de taladrarme con chorradas. ¿Qué te has tomado hoy? O, mejor: ¿cuánto te has tomado, cabrón?

Norber giró la cabeza hacia el otro lado para no ver el careto de Rogelio y cerró los ojos. Los asientos comenzaron a vibrar mientras aquel aparato alado corría por la pista de Barajas, hasta que el piloto tiró de la palanca adecuada y el pájaro de metal se elevó hacia el infecto cielo gris.  Aviones plateados rozando los tejados. Mujeres en pelotas comiéndote las idem. El valium mezclado con White Label hizo efecto a conciencia. A los pocos minutos de despegar Norber se entregó a un placentero sueño, mitad violento, mitad  pornográfico, como eran todos sus sueños cuando estaba dormido o despierto. Una turbulencia le despertó en lo mejor, justo cuando en su calenturienta mente penetraba con el cañón de su pistola a una mujer con la cara de Elena Anaya y el cuerpo de Carmen Electra. Miró su Rolex de imitación y, maldición, todavía quedaban más de dos horas de vuelo. A su lado Rogelio roncaba con la boca abierta, babeando. En la fila de delante se podía ver, brotando como una seta sobre el reposacabezas, la testa de pepino del bigardo Urdangarín, su objetivo a proteger. Había una azafata  rubia y otra morena. La rubia era una nórdica con cara de pasa estreñida; pero a la morena, uffffff…la morena, se le adivinaban unas tetas bien gordas debajo del traje azulón de chaqueta. Norber observó los culos de ambas mientras circulaban por el estrecho pasillo cerrando las portezuelas de los equipajes y empujando el carrito de la comida. El pandero de la rubia no estaba mal. Pensó en penetrarlas por detrás hasta que chillaran como perras. Miró otra vez el reloj, maldición: todavía una hora y cuarenta y cinco minutos para llegar al puto aeropuerto John Fitzgerald Kennedy de Nueva York, y sin poder fumar. Sacó su Ipod del bolsillo de la chaqueta y se colocó los cascos. Continuó escuchando el audio-libro de “El señor de los anillos”:

  -“los horcos observaron cómo Frodo y su gordo criado ataban a Golum a un árbol y lo violaban; luego llegó Gandalf, que primero se escandalizó ante tal escena de sexo interracial, pero que acabó cascándosela sobre el pobre desdichado en plan bukake….”

(“La literatura es siempre un puto coñazo, escrita o hablada, embrutece al más pintado”), pensó. Se levantó del asiento y tomó rumbo hacía el baño. En la zona de servicio, junto a los mingitorios, la azafata rubia le miraba con una sonrisa sobre el rostro más falsa que un duro de madera.

– Senioor, pergdone, le recuerdo, como ya le dije a su compañego, que no se puede fumarrr en los lavabos, senioor. Está prohibido, perdone senioor.
– No te preocupes, seré bueno, sólo voy a hacer mis necesidades. Estaré dentro, por si me necesitas para algo…
– Grasssias seniorrr…

La servicial rubia hablaba cristiano con el mismo acento que David Beckham. Norberto entró en el baño, cerró la puerta y se sentó sobre la tapa cerrada del inodoro. Rebuscó en un bolsillo y sacó una cajita. Hurgó un poco dentro de ella y extrajo el maravilloso polvo blanco. Con la uña del dedo índice se introdujo un tirito en cada fosa nasal. Repitió la operación un par de veces. Luego se levantó, alzó la tapa, se bajó la bragueta y echó una mínima meada de color rojizo. Escupió un gargajo, tiró de la cadena y el líquido se evacuó por el agujero con un ensordecedor ruido, hacia el espacio infinito. Al abrir la puerta la puta azafata seguía allí, con aquella sonrisa de cartón, esperando a que saliese; al ver que no brotaba humo del cagadero le miró a los ojos con satisfacción. Norber sacó el paquete de tabaco de su bolsillo.

-¿Tienes fuego, rubia?
-¿Pergdón, seniorr?
-Nada, era una broma. ¿Me podrías llevar un White Label doble y un vaso de agua al asiento dieciocho, por favor?
– Naturralmente seniorrr.

Como estaba muy acelerado y no sabía cómo matar el tiempo, volvió a encender el Ipod con el audio-libro de Tolkien:

-“… Sauron estrechó a Legolas entre sus brazos y se fundieron en un beso con lengua. Pero cuando el señor oscuro desnudó completamente al elfo descubrió que éste no tenía pilila, sino una estrecha y placentera rajita…”.

Después de tres lingotazos dobles y dos incursiones más al angosto baño, el avión comenzó a descender hacia tierra. El aterrizaje se produjo sin novedad. Los pasajeros yankis, como es hortera costumbre, aplaudieron cuando el avión posó sus ruedas sobre la pista. Cuando el aparato se detuvo del todo, los integrantes de la comitiva del duque salieron los primeros por el pasillo, a toda prisa, como si fueran un desfile de maniquíes de Emidio Tucci y Ray-Ban.

– Adíos seniorrrr, adíos seniorrrr..
– Adiós, guapa.
– Adiós rubia.
– Bueno, eso de guapa, Norb…
– Tiene un buen culo, y punto…

Atravesaron las salas de control de inmigración por una puerta lateral para personalidades mientras cientos de personas hacían cola para ser cacheados, interrogados y casi humillados sexualmente por los policías encargados del filtro para guiris. En el aparcamiento VIP les esperaban cuatro enormes coches y una decena de motoristas impecablemente uniformados. El séquito arrancó a toda velocidad apartando el colapsado tráfico a su paso. Al poco rato, a lo lejos, comenzó a vislumbrarse la silueta de Nueva York, esa ciudad adonde los esnobs de medio mundo acuden, como las moscas a la mierda, para sentirse felices y superhombres. Cruzaron uno de aquellos monumentales puentes y se introdujeron por las tripas de Manhattan. Llegaron en un suspiro a Park Avenue, pero no pararon en la puerta del Waldorf Astoria, sino que los coches bajaron al aparcamiento subterráneo. Rogelio, Sistach y Norber hicieron una inspección ocular del terreno: todo despejado. Tomaron uno de los ascensores junto al Duque y a Montoro Cuesta, y el resto de adláteres subieron en otro.

El ascensor subió deprisa y frenó en seco. A Norber se le revolvió un poco el estómago. Las puertas se abrieron en el piso dieciséis y todos salieron en tropel por el pasillo. Un botones esperaba en la puerta de una habitación, la abrió y Urdangarín se introdujo raudo por ella. El resto quedó al otro lado del umbral. Montoro Cuesta carraspeó y comenzó la habitual charla:

– Bueno, pues ya estamos. Sin novedad, la cosa va a ir como siempre, ya sabéis. Ahora un turno con dos, Sistach en puerta y Rogelio en el hall de ascensores. Norber descansa hasta por la mañana, que le veo con mala cara. A las ocho y media cambio, acudimos al acto con dos agentes locales de cobertura y Norber. La habitación de descanso está más abajo, es la 1453. Ya sabéis, cincuenta dólares de límite para cada comida en la habitación y la línea de teléfono abierta, podéis llamar a casa sin problemas. Para cualquier incidencia tenéis a Rosa Cueto en el ala derecha de la suite, en la lista tenéis su número. Rosa….

Rosa Cueto, de pie como un poste a la izquierda de Montoro, permanecía escondida bajo su sombrerito verde. Cuando el calvo engominado terminó aquella perorata, ella tomó la palabra:

– Encantada de volver a trabajar con vosotros. Como ya sabéis voy a sustituir otra vez a Blanco Pedersen con el protocolo, estoy a vuestra disposición las veinticuatro horas.
– Muy bien, pues entonces todo claro. Norber, a descansar, toma la tarjeta-llave, vosotros a lo vuestro. A trabajar.

Cada mochuelo se fue hacia su olivo. Rogelio y Norber tomaron rumbo hacia el hall de ascensores con paso cansino.

– Puta gorda inaguantable con sombrero.
– Se cree muy lista la hija de puta. Con lo bien que estábamos con Pedersen protegiendo al puto cojo. Seguro que la lorzas la liará estos días, le dará un bajón de azúcar o un ataque de ansiedad como es costumbre. A ver si se recupera pronto el “Pedorsen” cabrón. Nos ha jodido con lo del infarto, coño…
– ¿Es verdad que la foca te tiró los tejos otra vez?
– Calla, sólo de imaginármelo me dan escalofríos. Esa cerda rompeespinazos, qué asco. Aunque no me extraña que vaya pegando “tiros” por ahí, con el calvo cabrón de marido que tenía la muy puta… por cierto, hablando de cabrones, tengo una cosa para ti.
– ¿Algo de farlopa? Ya tengo, no te preocupes, bendita valija diplomática, le he pillado al puto Moro una nievecita cojonuda, es un carero el cabrón, pero tiene todo muy fresquito y muy rico.
– No coño, no, no es farlopa, es algo mucho mejor. Toma anda, para que no te pase lo de la última vez.

Rogelio le deslizó una tarjetita sobre la mano. Un rectángulo de cartón negro con una silueta de mujer en la parte superior y un texto debajo con el siguiente lema: “Constantinopla. Spanish Escorts. Bellas chicas espanyolas a su hotel hablando espanyol”.

– Rogelio, no me jodas…
– Tranquilo, éstas sí que van a gustarte. Llama, no te van a defraudar, me las ha recomendado el Sistach, que es como el Harry Putter de los burdeles, sabe mucho del tema. Y no tienes que hablar guachi guachi, que ellas dominan el español.
– Espero que sea así…cabrón, paso de guarras chinas, estoy hasta los cojones de orientales con final feliz…
– Vas a disfrutar más que cuando corres tus putos biatlones. Follar con profesionales es mucho mejor que el deporte, desengáñate, coño…

Mientras la puerta del ascensor se cerraba, Rogelio se despidió de  Norber con una sonrisita cómplice y el dedo índice de la mano derecha apuntándole como si fuese una pistola. Unas plantas más abajo estaba la habitación 1453. Una habitación simple, con una cama grande, tele enorme, aparato de música para acoplar el Ipod y ventanales desde los que podían divisarse las luces perfectas de Park Avenue. Pero, ¿para qué coño quería él observar Park Avenue? Que le den por culo a Park Avenue, pensó. Abrió el baño y estaba impoluto, blanco como la patena, con una bañera tamaño piscina olímpica. Se quitó la ropa y se quedó completamente desnudo, después se sentó en el water y expulsó una tremenda bomba atómica de Hiroshima y Nagasaki a la vez, en su mayoría líquida, que manchó toda la taza. Tiró de la cadena, pero ni tocó la escobilla, le daban mucho asco las escobillas. Salió del baño y se quedó mirando su cuerpo reflejado en el espejo de la puerta del armario: completamente depilado, pectorales perfectos, brazos y piernas de acero, polla gorda, todo un macho. Se agachó e hizo veinte flexiones de brazos sobre el suelo, resoplando, ufff, ufff. Luego volvió a mirarse en el espejo tensando el pecho. Se sentó sobre la cama y sacó la cajita de la farlopa. Fabricó dos lonchas sobre la mesilla y se las introdujo hasta el cerebro con un resoplido de búfalo. Abrió el mueble-bar, examinó con atención el surtido y sacó dos botellitas de J.B que se bebió de dos tragos. Regresó al inodoro, le volvieron a dar retortijones, otra vez bomba explosiva. Al salir hizo otras diez flexiones. Puso la tele, cambió de canal hasta que dio con uno que hablaban en mexicano y lo puso a un volumen aceptablemente muy alto. Se metió otras dos pequeñas rayitas rascando con la uña un lateral de la cajita. Intentó hacerse una paja, pero no había forma de correrse, estaba demasiado acelerado y allí no había ni un estímulo erótico festivo que llevarse a la entrepierna. La polla se le ponía enorme, pero como insensible.

De repente, entre el griterío de la tele, sonó el timbre del teléfono.

(PRIIIIIIIIIIIIII, PRIIIIIIIIIII, PRIIIII)
– ¿Sí?
– ¿Qué haces?
– ¿Qué quieres, gilipollas?
– Tío, ha sido plantar mis almorranas sobre la silla y al minuto ha salido Sistach a decirme que la gorda quería verme en el recibidor de la habitación.
– Jo, jo, j o.
– Entro y la puta gorda carasapo me dice a bote pronto que si me gustó el regalo del amigo invisible de las navidades. Y la respondo: “es que no tengo tocadiscos, Rosa”.
– Rogelio, es que en tu “cara A” tienes pinta de intelectual, siempre callado y educado, prudente y servicial. No sueles dejar ver la realidad, que eres un inculto descerebrado, y así te luce el pelo, se te arriman todas las frikis del mundo.
– ¿Para qué quiero yo un disco en vinilo del Lou Reed? No me sirve ni para limpiarme el culo. Y me dice: “entonces no te gustó el <<Teik no Prisoners>>”; subrayé la canción <<Peil blu ais>> en la carátula, por tus ojos…”.
– Te quiere follar, qué le vamos a hacer jojojo, ojitos azules, jojojo. Me parto.
– Quiere invitarme a cenar a su casa, a la guarida del elefante marino, está sola desde que echó a patadas al putero de su marido por follarse a una becaria del periódico.
– Mira, Rogelio, tú te lo has buscado, que te den, y déjame en paz de una puta vez que tengo que dormir. (CLONC)

Colgó el teléfono sonriendo al imaginarse a Rogelio plantado con el auricular en la mano. A continuación volvió a descolgar, sacó la tarjeta que su compañero le había dado y marcó el teléfono que venía impreso en ella. Tras dos tonos una extraña voz le respondió al otro lado de la linea.

– Guud nait, Constantinopla Escorts.
– Ehhhhhhhh, hola.
– Buienas noches cabaierrro. Escorts a su servicios en espanyol.
– Hola, buenas noches, gud nait. Quería que me enviaran a una acompañante al Waldorf Astoria, habitación mil cuatrocientos cincuenta y tres.
– Cuáles son sus gustooss, seniorrr. ¿Blond, brunet, morrena, chainise….?
– No, no, chinas no, quiero una chica que hable español, hispana o española, a ser posible con grandes pechos.
– ¿French, griego, tai, sado?…
– Un poco de todo… pero que hable español.
– Muy bien, seniorrr. Serrán dosientos dolars más forty por taxi. ¿Okey?
– Me parece bien. Waldorf Astoria, habitación mil cuatrocientos cincuenta y tres. ¿Okey?
– Okey, seniorrr, en treinta minits será ahí Dolores. Gracias por contar con Constantinopla, gud bai… (colgó el teléfono).
– Gud bai, zorra…

Pulsó el botón de colgar, y cuando escuchó que volvía a dar tono se puso a marcar otro número. Después de cuatro pitidos alguien lo cogió.

– ¿Sí?
– Hostia, Juan, me he equivocado de número, perdona, he marcado el tuyo por inercia pero quería marcar el de Nuria, como se parecen tanto tu teléfono y el de mi mujer….
– Jajajajajaja, no te preocupes, tío, tranquilo. Estoy en una fiesta chill out. ¿Quieres algo? ¿Ya te has ventilado lo que te pasé? Eres un hacha.
– No, no quiero nada, gracias. Ha sido una simple equivocación. ¿Qué hora es ahí?
– Las dos menos cuarto de la mañana. Joder, por cierto, ¿sabes lo que me ha pasado? ¿Sabes a quién me he follado esta tarde? A la zorra de la psicoloca que me presentaste el mes pasado. Me llamó para pillarme tres gramos y acabamos en su camita. Qué pedazo de guarra, tío. Me ha pedido hasta que la atizara con la hebilla del cinturón. Y tengo la polla irritada de tanta succión…
– No me jodas, qué hija de puta.
– Es que ya sabes, El Moro donde pone el ojo pone la polla.
– Es que la muy zorra no hace más que ponerme excusas para no follar, hasta me metí en su cama hace unas semanas cuando la llevé a su casa borracha, pero no hubo manera…
– Pues ya sabes, traga…
– En fin, gracias tío, y perdona por brasearte…
– Con Dios…

Norberto volvió a colgar y compulsivamente a marcar un nuevo número, esta vez sí el de casa, la neurona de la memoria estaba atascada pero no se iba a equivocar de nuevo.

– Diga…
– Hola, cariño, ¿no estabas dormida?
– Hola Norb, no, no me podía dormir y estaba viendo la tele. Madre mía, ya son casi las dos. ¿Qué tal, todo bien? ¿Habéis ido al final con la gorda?
– Sí hija, sí. La puta gorda. Y está con el chocho que hace ventosa con Rogelio, furor uterino de morsa…
– Ya te dije que le hacía ojitos. Pobre Pedersen, imagino que sigue fastidiadillo. Por cierto, ha llamado Rojas, que le llames si vas a ir al biatlón de Becerril de la Sierra el día 23, dice que va a competir allí toda “Maderolandia”.
– ¿Qué tal los mellizos?
– Puf. Menudo día. Cuando han salido del cole me he dado cuenta de que Alejandro tenía una especie de moratón en un lado de la cara. Me ha dicho que otro niño le había pegado. He vuelto a entrar a hablar con la ticher a ver qué había pasado, la he echado una bronca por no estar atenta, que es la cuarta vez que el niño vuelve del colegio herido. Y va la tía y me suelta que ha sido su hermano quien le ha pegado, que Alejandro le ha vuelto de decir a Nicolás lo de “ay Nicolasa, mira que guasa”, y Nicol le ha soltado un puñetazo que se ha oído el ruido del impacto al otro lado del patio. Ella me ha contado que Alejandro se pasa la vida riéndose de Nicolás con los otros niños, que no le extraña nada que Nico esté harto de su hermano.
– Pues yo no tengo la culpa, tú fuiste la que tuvo la ocurrencia de ponerle ese nombre tan moñas. Y el otro seguro que no es hijo mío, Alejandro es una mariquita mala, mala, mala. Tiene que ser de un espermatozoide de otro, además es tan poco agraciado el mamón… no se parece a mi ni en el blanco de los ojos, moreno, agitanado y feo como pegarle a un padre.
– El que fijo que sí es hijo tuyo es Nicolás, Norber, es el crío más torpe, más necio y más bruto que he visto en mi puñetera vida. Ya podemos ponernos las pilas con él, no va a aprobar ni la religión. Se ha pasado la tarde viendo la misma película del pato Donald en inglés una y otra vez, en bucle, y eso que no entiende una papa del idioma, no ha calado en él el bilingüismo del cole como en su hermano.
– Pero es guapo. ¿Qué llevas puesto?
– Pues el pijama, ¿qué voy a llevar?

Norber comenzó a empalmarse despacio. Empezó a tocarse con la mano izquierda, luego cambió el auricular de mano y se la agarró con la derecha. Aquello iba tomando forma.

– ¿Sólo el pijama? ¿Nada más debajo?
– No seas cerdo, anda. ¿Qué estás haciendo?
– Viendo la tele, como tú…¿Puedo pedirte una cosa?
– ¿Qué?
– Hazte una paja pensando en mi.
– Tú estás loco. Yo no hago esas cosas.
– Desnúdate y hazte una paja.
– Que no quiero.
– Métete un dedo.
– Métetelo tú.
– Joder, cómo está el patio.
– Mira, ahora voy a quitar la tele y me voy a dormir…, y tú haz lo mismo. Cuando vuelvas ya te daré lo que tú quieres. Anda. Te quiero, cielo. Vete a la camita.
– Vale, ahora voy.
– Un besito.

Ella colgó. El paupérrimo inicio de erección que había conseguido se bajó de sopetón. Norber se preparó una pequeña rayita sobre la mesilla de noche. La absorbió como si su nariz fuese un sumidero a reacción. Continuó frotándose el nabo, pero nada, aquello no subía. Agarró su móvil y miró la libreta de direcciones. Después volvió a descolgar el teléfono de la mesilla y se puso a marcar. Mientras lo hacía le entraron otra vez retortijones, y ganas de vomitar. Dejó el teléfono y se fue corriendo hacia el baño. No le dio tiempo a llegar, vomitó como pudo dentro de una papelera que había debajo de una especie de cómoda-escritorio. La mitad de la papilla se salió fuera. Cuando se le calmaron los sudores y el mareo sacó la funda de la almohada y limpió torpemente el charco que había formado con sus hieles; luego tiró el pobre trapo de satén sobre una esquina de la habitación. Sacó una Coca-cola del mueble bar y se la tomó de un trago. Luego destapó otra botellita de J.B y también la engulló por la cañería de su esófago. Volvió al teléfono y se puso de nuevo en acción.

– Digaaa.
– Que putón que eres.
– Joder, Norber, ¿qué horas son estas? Me has despertado, qué susto. ¿Qué pasa?
– Pasa que eres una guarra.
– Mira, no quiero follar contigo, ni en directo ni por teléfono. Sabes de sobra lo que me ha costado reconocer que soy lesbiana, ahora no hay marcha atrás. Una pena que no tengas tetas.
– Pero si te has follado al puto Juan, al Moro de los cojones, que me he enterado, no me vengas con monsergas, coño. ¿Tiene Juan Moro, ese puto camello de Valdemoro, tetas? Ni lesbiana ni pollas. No me gusta que me tomen el pelo con esos rollos, puedo parecer subnormal, pero no lo soy.
– Mira, tío, déjame en paz, ¿vale? Vete con la culo estrecho de tu mujercita y pasa de mi. (CLONC)

El ruido de colgar de golpe el auricular le llegó hasta el cerebelo y perforó su inservible hipotálamo. Pensó que la psicoloca era una hija de puta, pero que estaba buena y que la próxima vez no se escaparía viva, aunque fuera se la iba a follar a punta de pistola. Subió el volumen de la tele y se puso a cambiar de canal compulsivamente, setenta y un canales de mierda yanki. Se paró un rato en uno de teletienda en el que salía una rubia tetona probando un aparato de gimnasia. Pero al poco tiempo el anuncio se acabó y apareció otro spot con George Foreman anunciando una parrilla eléctrica. En ese momento su corazón debía estar alcanzando los dieciocho de tensión arterial, y así no había manera, quizás fumándose un porro disminuiría la taquicardia, pero en aquella ocasión ninguno de los tres escoltas había comprado ni hachis ni marihuana para el viaje, menuda putada. Qué aburrimiento, qué mierda de vida. Volvió a empuñar el teléfono, aporreó una vez más las teclas con saña hasta casi hacer agujeros sobre ellas con sus dedos.

– ¿Quién es?
– Hola, Mamen.
– Te dije que no me llamaras nunca aquí, y… son las dos de la mañana, joder.
– ¿Te he pillado durmiendo? ¿Está Romerales a tu lado?
– No, no estaba durmiendo. Romerales lleva desde las ocho de la tarde encerrado en el garaje cambiando las pastillas de freno a la moto y al coche, tiene la puerta atrancada y ni siquiera ha salido para cenar. Da gracias que no está en la cama, porque si te pilla llamándome va hasta donde quiera que estés y te revienta la cabeza a palos.
– No lo dudo. Pobre psicópata. ¿Qué llevas puesto, Mamen?
– Déjame en paz, Norber, ya hablaremos. No me llames más a casa que nos la jugamos con este mamón. Si quieres mañana quedamos en el Formula1 de Pinto a mediodía.
– No puedo, cielo, ahora mismo estoy en Niu Yor protegiendo al Duque. Estoy desnudo encima de una cama de hotel pensando en ti.
– ¿Y se empalma el Duque de Palma?
– Ja, ja y ja, qué graciosa eres. ¿Qué llevas puesto?
– Niu yor, Niu yor… eso llevo puesto.
– Oigo unos golpes de fondo.
– No son psicofonías, son martillazos, martillazos a las dos de la mañana. No sé qué coño lleva haciendo ahí dentro cuatro horas. Aunque por lo menos está en casa y no rondando a la muerte o a la cárcel. Cada día que Romerales sigue vivo es como un regalo de Dios…
– Una condena más bien. ¿Llevas bragas?
– Sí, las llevo puestas en la cabeza.
– Tócate un poquito, piensa que estoy aquí, empalmado…
– Espera un momento.
– ¿Qué haces?
–  Voy hacia el garaje con el inalámbrico.
– …..
– Espera, estoy bajando las escaleras…
– Pero, ¿qué coño…?

– (POM, POM POM POM POM). ROMERALES, ABRE, TE LLAMAN AL TELÉFONO.
– …… ¿QUIÉN COÑOS ES? SON LAS DOS DE LA MAÑANA. DÉJAME
EN PAZ, JODER, TENGO QUE ACABAR ESTO.
– ES NORBER, QUE QUIERE HABLAR CONTIGO, ABRE, ABREEEEE.
– DILE QUE LE DEN MUCHO POR EL CULO (POM POM POM POM POM).
– GRACIAS POR TU COMPRESIÓN, CARIÑO (POM POM POM POM POM).

– Ya ves, no quiere hablar contigo.
– Estás loca. Como se entere de algo a ti te descuartiza y a mi me tira al arroyo Culebro con una piedra al cuello.
– Eso te iba a decir, si desaparezco buscad mi cadáver ahí, en el canal del Tajo, o en la explanada de enfrente del campo de tiro de Perales del Río. Va mucho por allí con Juan Moro, yo creo que tienen algo entre manos con el encargado del lugar, con los putos pistoleros.
– Bueno, quítate la ropa, anda, cielo…

(CLONC) Mamen colgó el aparato de golpe. La escasa erección que había conseguido se vino abajo como la torre sur del World Trade Center tras la envestida de Mohamed Atta con su planeador. (prriiiii, priiii, PRIIIIIIII, PRIIIIIII). El timbre del teléfono volvió a sonar a los pocos segundos como un fenómeno paranormal. (PRIIII, PRIIIIIIII, PRIIIIIII) Lo dejó sonar más de veinte veces, pero alguna mente obtusa continuaba insistiendo al otro lado (PRIIII, PRIIII, PRIIIII). Posó el Ipod sobre el lector y seleccionó de nuevo el audiolibro. (PRIIII,PRIIII, PRIIIIII, PRIIIIIIIIIII). Pero el pitido seguía ahí, como un taladro. Descolgó y se quedó en silencio.

– ……………
– Tío….
– Joder, Rogelio, no me dejas descansar, hijo de puta….
– Tío, es que la zorra de la gorda me ha llamado para que vaya a su cuarto….
– No me jodas.
– Sí, acaba de entrar en el baño, te estoy llamando desde su teléfono. Un polvo es un polvo, y la voy a meter la pistola por el culo al mismo tiempo que me la follo.
– Descárgala primero, o mejor no lo hagas y quítale el seguro cuando esté dentro. Eres un terrible ser, Rogelio. ¿Y quién coño está haciendo guardia?
– En los ascensores nadie, Sistach está en la puerta, él me cubre. ¿Te queda algo de farla? Me he dejado la que me queda en el equipaje, y estaría bien untarla el potorro con nieve, como si fuera el Mont Blanc.
– Te he visto asaltar naves ardiendo más allá de la Cañada Real, Rogelio, he visto brillar rayos “C” en la oscuridad cerca de la Puerta del Sol. Todos esos momentos se ven superados, se perderán como el agua sucia en la depuradora de La China. (TOC, TOC, TOC, TOC). Es hora de morir, Rogelio. Están llamando a la puerta, que te den…

(TOC, TOC, TOC) Norber cogió un albornoz del baño y se lo puso, bien atado a la cintura. Abrió la puerta. Se quedó ojiplático, al otro lado del umbral había una china de menos de metro sesenta. Bajo un pequeño, cortísimo y ceñido vestido negro se le adivinaba un liguero y  unas enormes tetas de silicona. La “cara de limón” le sonrió y sacó la lengua pícaramente.

– Jelou. Mai neim is Dolorres. ¿Cómo está ustez? Vengo de agensia, seniooorrr.
– Joder, dije española, no china, coño. Estoy hasta la polla de orientales…. Sistach… qué hijo de puta…. Anda, pasa…

Norber se desató el albornoz y lo dejó caer al suelo mientras ella atravesaba la puerta. De fondo se mezclaban el sonido de la televisión y el Ipod, que berreaba a todo volumen el último capítulo de “El señor de los anillos”.

-” Bilbo Bolsón atravesó bosques y montañas después de la batalla. Llegó a La Comarca y pudo ver cómo sus campos y aldeas habían sido arrasados. Se sentó en la puerta de la que había sido su casa y exclamó mientras se encendía un cigarro: <<qué bien huele el Napalm por la mañana, huele a…VICTORIA….>>”

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~ por Joputa en diciembre 21, 2011.

Una respuesta to “Historias casi verdaderas (11): Niu Yor, Niu Yor”

  1. Tremendo, n pocas palabras. La moda Urdangarín. No me suenan los trozos de Tolkien… muy bueno, Joputa.

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