Los bosques de Versalles me protegen


– ¿De qué crees que habla esa canción? Yo pienso que no es sobre una mujer, sino sobre una moto. Él la recoge y se lanza a la carretera.

– Pero tú sigues escuchando tu disco de Mike and The Mecanichs y después de diez años aun no has conocido varón, eres más virgen que la que se apareció en Fátima.
– Pasarán más de mil años, muchos más, y seguiremos siendo los mismos gilipollas, para lo bueno y para lo malo.
– Deberíamos haber follado cuando teníamos quince años, ahora es demasiado tarde.
– Espero que no sigas queriendo meterte a monja.
– Y a mí que se me cure esta tardía varicela.
– Igual tienes suerte y te quedas estéril….
– Si el mundo está vacío: ¿quién eres tú? Todo es tan raro…

No importa cuál sea el color del gato, aquí ninguno caza ratones. No sé si en la próxima depuración me mandarán al trullo como al gran Deng, o al ostracismo de una isla paradisíaca de cemento, rodeado de países sobre los que las bombas van cayendo. Posiblemente ni siquiera llame la atención y me dejarán aquí plantado. Un deleite vano. Bailando en la oscuridad. Es curioso escuchar que trabajas para el enemigo. Las cloacas de la política son así, baby. No te extrañe que cualquier día enfilemos la calle blandiendo las guitarras como cuchillos para poner nuestra pica en Flandes. El papel ya no corta lo suficiente, no rebana, ahora hacen falta descargas eléctricas, rayos C brillando entre naves en llamas cerca de la puerta de Tanhausser. Quiero creer, convencerme de que Norberto Bobbio se equivocaba. Me sangran los dedos de escuchar a los Rolling. Me fijo en la pequeña gigante, que habla sobre Frege y Russell escondida tras unas gafas de pasta. Ella parece del Opus, la camisa no se le transparenta un milímetro y parece llevar piedrecitas bailando dentro del zapato. El hombre, y la mujer, son los únicos seres sobre la tierra que beben agua sin tener sed. Volamos entre los cielos vacíos color margarina rasgando la Stratocaster de Steven Van Zaandt. Tengo miedo de todo, pero no te olvides de escribirme o de odiarme. Me pone Patty Schialfa, un misterio más de la vida y de Freud. Y el ibuprofeno calma la espalda.

Las dos tribus de Israel se enfrentaron a campo abierto el día de las elecciones. Los mirábamos desde aquella loma bebiendo cerveza barata. Ellos creen que son sumillers y gourmets, pero no los odiamos, damos gracias a Dios por sus ridiculeces que nos hacen reír. Los niños creen que cambian el mundo. Foucault levanta la cabeza sobre su tumba y suelta una carcajada al escucharlos. Plantaron tomates en la sucia fuente, escenificaron performances para embarazadas, curaron con el reiki el amargor de los pepinos y creyeron que cambiaban el mundo. Son sólo fantasmas, necesitan creer en el más allá de Marx y de Keynes. La vida del hombre transcurre como la del perro corriendo tras los pájaros; sólo a ellos les crecen las alas y siempre tienen tiempo para salir volando. Me aterra ver París reflejada por un Allen ya casi senil. Espero que nos dé tiempo de tomar un té juntos en el Sahara, el cielo es lo único que nos protege de toda esta mierda. Nos ocultamos en los bosques en verano para no soportar el peso de los días. Mathieu Amalric nos alivia, nos vamos de Tournée con los monstruos que siempre fuimos, hacia los precipicios al borde de las olas, a los hoteles vacíos y decadentes desde los que brindamos por vuestra noble salud de hierro, por vuestra grasa en la cintura y por vuestra descendencia, esos que correrán por las laderas del mundo hasta que el sol se funda. Sueño con mujeres que me persiguen y que de repente se convierten en señoras armadas con bebés, me dicen que no hay salida, que no busquemos más entre lo ontológico, lo sísmico, ni en los contenedores de basura, que no hay nada. Otros necesitan notoriedad Twitter, lanzan 80 mensajes diarios al mundo en su botella para creer que no estarán siempre solos, y en el espejo culto se ven como los reyes de la tierra. Movimientos sociales de mantequilla, sin sangre ni dinamita, alimentados por aparatos eléctricos inodoros, incoloros e insípidos, e ideas razonablemente perfectas que Blaise Pascal utiliza para calmarse la resaca de creencias. Y despierto en los jardines de Versalles corriendo a pedir ayuda. Guillaume Depardieu era una escultura viviente, y se le come la neumonía. Me llamo Enzo y vivo en una cabaña en el bosque, junto al palacio. Siempre sueño con volver a la espesura, entre los árboles, porque ya sabes que nunca tengo frío.

 

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~ por Joputa en junio 14, 2011.

3 comentarios to “Los bosques de Versalles me protegen”

  1. Dichosos los ojos, dos meses sin noticias de este blog. Por lo que creo entender esas películas han durado menos en cartelera que un caramelo a la puerta de un cole, imposible verlas.

  2. Clarence Clemons está muy malito hoy, para el arrastre.

    Saludos, joputa.

  3. Volveremos a Versalles y querremos perdernos por esos bosques; nos bañaremos de nuevo en las aguas de la Bahía de Arcachón; dejaremos caer la lluvia sobre nosotros en Broceliande; las gaviotas nos saludarán sobre los acantilados de l’Etretat; seguiremos vagando de un lugar a otro mientras nos dejen. Y si hace frío, protestaré y alguien me calentará por las noches.

    Dos meses y medio es demasiado abandono.

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