Los principios del movimiento (1): 127 horas haciendo el gilipollas

“Pero, ¿estás viendo lo que yo estoy viendo? ¿Cómo se puede ser tan cretino?”, le comenté a mi acompañante mientras observábamos ojipláticos cómo el panoli de James Franco pasaba penalidades en “127 horas”. Me sucede a menudo, desear la muerte a personajes de películas cuando en realidad debería alegrarme de su supuesto final feliz (happy end para un imbécil de turno). Pero es que un gilipollas que acude a la montaña a hacerse el guay siempre debería fenecer con dolor. Las cordilleras próximas a las ciudades se han convertido en el centro comercial dominguero de los guays, en La Meca del gafapastismo cuidadoso con el medio ambiente. A mí me gusta tirar el vidrio en el contenedor destinado al cartón. Taponar herméticamente todas las salidas de los centros comerciales un sábado por la tarde cualquiera e introducir gas Zyklón-B por sus conductos de refrigeración sería un método fácil para acabar con una parte importante de la insoportable superpoblación de este detestable planeta. Pero resulta mucho más difícil encontrar una solución final para esa otra parte de la masa humana que los domingos trepa a las cumbres a oler amapolas, urge que algún genio invente un método para introducir matarratas en las barritas energéticas con las que se llenan el buche estos maravillosos seres. Decía Max Scheler: “tan pronto como nacemos ya estamos muriendo…Tan pronto como entra el hombre en la vida ya es suficientemente viejo para morir”. Tómense ustedes esta perorata filosófica al pié de la letra y continúen escalando paredes verticales atados con cuerdas de tender la ropa compradas en los chinos, háganme ese favor, hay que acabar con estos estúpidos excedentes de población a toda costa.

La imagen chorra de James Franco bebiendo su propio pis de un Camelback durante cinco días y pico ha supuesto un verdadero hito cinematográfico. Parecía imposible encontrar esta temporada una película en la que un intérprete hiciese más el ridículo que Mark Whalberg en “The Fighter”. No en vano este jumento es el peor actor del mundo sin discusión, el chico tiene menos expresión en su rostro que la momia de Ramsés II después de tomarse un Clonazepán (o que Dolores de Cospedal). Pero Danny Boyle dirigiendo a Franco (joder, qué apellido) lo ha conseguido. “Marky” Mark era hasta la fecha el digno heredero sobre el trono del papanatismo del vomitivo Jim Carrey. En una ocasión me ví obligado a ver una película de este nauseabundo personaje. La gente reía a carcajadas en la sala contemplando los estúpidos gestos del tipo mientras yo observaba el panorama aterrorizado. Me sentí como Taylor después de darse cuenta de que el planeta de los simios era en realidad el suyo propio. Esa noche conseguí fornicar gracias a mi altruismo, recogí el fruto de acompañar a una mujer a ver aquel repugnante espectáculo. Pero el placer genital recibido se ensombreció tristemente, ya que mi subconsciente nunca podrá borrar esa terrible experiencia cinematográfica. El careto del mamón de Carrey me acompañará hasta la tumba como psicótica pesadilla.

También he de reconocer que acudir a preestrenos cinematográficos provoca ya en mí de por sí una predisposición negativa. Sólo el hecho de observar a esos peculiares especímenes de homo sapiens que van en solitario al cine un jueves a las diez de la noche y que leen libros como “Ser y tiempo” del ínclito Martin Heidegger  mientras esperan que comience la proyección… ufff, eso ya de salida me produce una sensación desasosegante en el estómago.  En los preestrenos apesta a perfume caro, cosa que a mí me provoca una impenitente alergia. Los espectadores de esas sesiones tratan de mostrar lo más posible su esnob superyo. Ríen cuando les dicen que hay que reír y lloran cuando les pintan en pantalla historias de gente formidablemente sufridora y trascendente. Todos ellos, en la intimidad de sus oscuros cuartos, pintan cuadros o escriben historias sobre lo mal que lo pasa la gente del tercer mundo; después salen a tomar un ligero lunch o brunch a los restaurantes de moda de Chueca y se miran de reojo los unos a los otros con desprecio. Muchos son ovolactovegetarianos, pero devoran sushi y sashimi a precio de oro sin darse cuenta de que está elaborado con el pescado almacenado de varios días que el pescadero vende a tres duros al comedero de la esquina.

Al final James Franco, encarnando al estúpido dominguero Aaron Ralston,  se arranca el brazo de cuajo y escapa por los pelos de su ataúd de piedra en Utah, quizás impulsado por el miedo a ser devorado por algún buitre o por una familia de mormones hambrientos. ¡Ay, pobre, qué lastimica! A día de hoy, Ralston sigue haciendo de las suyas por esos mundos de Dios practicando sus chiripitiflaúticos deportes, ahora ayudado por un gancho que lleva pegado con Superglú al muñón. La muerte nos acecha siempre, amenaza y crea inquietud, pero al mismo tiempo resulta reveladora, nos aísla del ruido del mundo. Nunca podremos experimentar lo que el prójimo siente ante ella ni de refilón por mucho que nos esforcemos, ya que no somos más que seres solitarios que vagan por el infecto globo terráqueo. Todo esto nos lleva indefectiblemente hacia el nihilismo, pero del nihilismo al gilipollismo extremo hay un largo trecho, así que de Robin Williams hablaremos en otra ocasión, si nos dejan…

—-Escrito por nuestro nuevo colaborador y psicópata Murakamiano Noboru Wataya. Por su higiene mental no recomendamos que ustedes léan estos escritos. Mantener fuera del alcance de humanistas, ONGs y gente amante del buen rollito.—-

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~ por Joputa en marzo 31, 2011.

2 comentarios to “Los principios del movimiento (1): 127 horas haciendo el gilipollas”

  1. Quién cojones es Noboru Wataya, Joputa? Qué cojones es ésto nuevo? No te metas con los escaladores, a mí me gusta escalar, sobretodo cuando no me caigo. Ya era hora de que actualizases el blog.

  2. coincido en el odio a los domingueros, pero a mí la peli me gustó a pesar de que lo de beber meado resulta desagradable. Saludos.

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