Nueva Orleans bajo las aguas

Me he enterado de que Willy Deville murió hace un año de cáncer de páncreas. Loup garou, chat bleu, piratas mestizos con tupé en Nueva Orleans. No llevo tatuajes, pero no me importaría implantarme un diente de oro en el centro de la piñata, como lo llevaba él. En Cash Coverters vendían esta semana una Lespaul por setecientos euros, Spanish Stroll, mi-la-si, mi-si-la. Las perneras de mi pantalón desmontable parecen colocadas equivocadamente, reutilizadas de un par con un color diferente al que luzco sobre la piel. El verano pasado, cuando corrí con las piernas al aire durante cuatro meses, el sol destiñó la parte superior y su gris está ahora desgastado, tiene un tono más claro que el de sus piernas. Este factor provoca que mi aspecto sea el de un clochard, un pordiosero sin recursos habitante de los comedores de beneficencia. Me encanta provocar rechazo, es un exquisito alimento para el alma negra que me acompaña. Pasados los cuarenta todavía soy alumno en aulas repletas de niños que asisten a clase deglutiendo por sus gaznates vasos de café, botellas de agua mineral o que dejan descansar su merienda, plátanos y manzanas, sobre el pupitre. Sus mentes funcionan a otra velocidad que la mía, acostumbrada como está a descansar sobre andamios apuntalados por nombres propios y mitos. Son hijos y nietos del razonamiento, del silogismo, yo soy tatarasobrino de los ejercicios agonísticos extremos de memoria, esa compañera, insufrible o imprescindible a ratos, que no descansa nunca. Puede que sea por eso que no me caen muy simpáticos los teenagers actuales, digamos en su gran mayoría. Los detesto con el mismo cariño que Nietzsche amaba y odiaba a Wagner. Durante el pasado agosto no pude pisar la Isla de Tristan porque a ella sólo se accede cuando la marea está baja, llegué demasiado tarde. En la orilla había un cartel que advertía a los incautos que ese pequeño montón de tierra era solamente alcanzable a pié durante dos horas seguidas, que tras ese lapso de tiempo más de un incauto se había visto obligado a hacer noche sobre el islote esperando que las aguas fuesen de nuevo separadas por la vara de un invisible Moises de turno. El gran Federico terminó abominando de la obra de Richard, del megalómano de Richard, exceptuando el maravilloso y caótico fluir de “Tristán e Isolda”. Nietzsche era feo y grotesco, follaba más bien poco. Wagner se llevaba al huerto a todas las que le salía de sus megalómanas partes. En el terreno sexual eran como Anquetil y Poulidor luchando por las laderas del volcán. Anquetil se tiró a la mujer de un médico y a la hija de ésta con el consentimiento de la madre. Llamó a Poupou por teléfono, para limar enemistades: “vente a verme, Raymond, cabrón, te echo de menos, está vida es una mierda, Raymond…”. Jacques era de tripas, Raymond de cabeza y razón. Anquetil era borracho, comilón y supersticioso; Poulidor serio, familiar y disciplinado. Se citaron aquella tarde en el Puy de Dôme, a la sombra de los espíritus de Vulcano y de Torricelli, para medir el peso del aire. Ascendiendo al tortuoso cráter se daban codazos, se metían manillar y blasfemaban pidiendo ayuda a Dios o a Satanás que están en lo alto. Jacques aguantó como un cabrón las acometidas del ídolo de plata francés. Mil historias. Bartali era católico practicante, Coppi del Partido Comunista. Eran como una película de Fernandel, como Don Camilo y Pepón, una película que se titularía “Un uomo solo al commando”.

Cuando era pequeño yo no necesitaba tachar números en una lista para cambiar los cromos. Recordaba las caras de todos los jugadores, uno por uno, de los dieciocho equipos con titulares y suplentes. Tengo algunos superpoderes poco útiles. Él era el tipo a quien he visto jugar mejor a las canicas, la puntería le venía de forma natural. La primera vez que corrimos el uno contra el otro me sacó una vuelta entera. A la siguiente llegué segundo, pero no pude alcanzarle, porque si te sacaba un metro ya era demasiado tarde. Le seleccionaron para las olimpiadas escolares y quedó cuarto entre más de doscientos, sin haber entrenado y compitiendo con tíos dos años más mayores. Me contaron que al terminar la carrera vomitó al lado de la pista el cuerno de chocolate que había desayunado. Nunca podríamos haber hecho un triatlón, ambos nadábamos peor que una vieja de pueblo. En nuestro barrio de descampados los días pasaban a un ritmo lentamente infernal. Nadie podía ganarnos cuando jugábamos juntos en los bares a la máquina de las olimpiadas, mi brazo era de cemento y su puntería no la habría lucido ni Vasily Zaitsev. Él ligaba con todas las tías, tanto con las Jane Greer ligeras de gatillo como con las rubias buenas a lo Rhonda Fleming, y yo funcionaba a su rebufo. Él era el verdadero tuerto en el país de los ciegos. Bajábamos a la piscina del Parque Sindical andando por medio de la carretera sorteando los coches. Siempre alguna gachí se fijaba en él a la orilla de la alberca. Tenía el dedo meñique del pié derecho torcido hacia dentro, la primera falange le flotaba por encima del extremo del segundo metatarsiano, en ese dedo deforme debía residir su fuerza y su talón de Aquiles. Él siempre arrancaba despacio, pero a mitad de recorrido pegaba un pequeño tirón y no había forma de pararlo. La semana pasada me crucé con su madre, y he visto a su hermana en Facebook. Cuando me cambiaron de colegio depositándome en aquel antro de curas pederastas pseudo elitista en mi clase había dos niños pijos que habían quedado primero y segundo en el campeonato de Castilla. Yo odiaba a todos los que habitaban allí, cada minuto les deseaba a todos la muerte, y soñaba con que él llegaría, echaría a correr y los humillaría sin ni siquiera calentar. A medida que crecí fui entrenando cada vez más fuerte. Él empezó a beber antes que yo. Con catorce tacos ya se devoraba los litros a pares a las puertas de la bodega de la calle Berruguete. Mi fuerte era el dolor, los ritmos infernales desde el principio, mantener la velocidad desde la salida, ir con las tripas en la boca hasta al final. Yo no poseía velocidad terminal alguna, mi ídolo era José Manuel Abascal, el representante número uno de la escuela de los finales agónicos. Me gustaba sorprenderles arrancando a toda hostia, y en las cuestas arriba reventarlos. Cuando llegaba a la meta me quedaba en la boca un asqueroso sabor a sangre que todavía no se me ha borrado. Esforzarse es inútil, no sirve para nada, todos acabamos, tarde o temprano, a dos metros bajo tierra o en el crematorio. La memoria no existe porque siempre, a la larga, nos borramos.

Era el kilómetro final, ya me iba faltando el aire. Pregunté dónde venía él, le había perdido de vista nada más dar la salida. Me dijeron que se había parado a vomitar, pero que venía como un búfalo apretando desde atrás. Esperé su llegada tragando algunas bocanadas de oxígeno contaminado y allí apareció, como siempre, desde la nada. Bajé el ritmo esperando mi inexorable sentencia. Me alcanzó con su habitual sonrisa burlona en la cara, pero su color de piel era amarillo, parecía descompuesto. Llegamos a la recta final. Apreté los dientes y levanté la cara hacia el cielo, buscando al Dios en el que no creía o aliento. En los últimos metros pareció que iba a adelantarme, pero no llegó a hacerlo. Entramos hombro con hombro empujándonos para no caer al suelo; yo me tiré sobre la hierba y él se echó a un lado a vaciar sus tripas del todo, hasta al primera papilla echó, muy típico. Aunque aquella vez entré por delante nunca pude superarle corriendo, vencerle era imposible. Me despertaron una mañana con una llamada telefónica. Ya he dicho varias veces que no me gusta nada el teléfono. Le habían encontrado sumergido en las aguas del Tajo, junto a la Puerta del Cambrón. Le dije que no hiciera alardes de nadador ante las gachises, pero nunca me hacía caso, era un follador nato. Salió una foto en el periódico en la que su cuerpo inerte descansaba boca abajo sobre una lancha zodiac de la Guardia Civil. Ironías del destino. Siempre que bajo por Toledo me acerco a la ribera, me siento allí un rato, a su vera, a invocarlo. Algunos dicen que pueden comunicarse con los muertos, yo todavía no lo he conseguido, muy a mi pesar. Siento que camina a mi lado, que me arrasa corriendo, que no puedo acelerar lo suficiente para alcanzarle.

Hace frío y humedad en fin de año. Pasarán los meses sin que nos demos cuenta. El treinta y uno de enero Paulus se rindió a Zhukov. El aristócrata prusiano suplicó al hijo del campesino estepario que tuviera piedad de él y de sus hombres. Sólo sobrevivieron unos cuantos al jodido invierno ruso. Sentido y referencia se pegaron de hostias en la sesera de Frége. Imaginación y memoria bebieron a nuestra salud y decidieron no volver nunca del bar Alzheimer. Los Mink Deville tocaron bajo el cielo de Nueva York hasta que la ciudad se pudrió convertida en un decorado sólo apto para turistas culturetas en busca de gangas de gran almacén y cafés de Starbucks. Cáncer de páncreas y hepatitis C, zapatillas Nike y abrigos de marca italiana. Nueva Orleans bajo las aguas, los fantasmas en la chistera. Año nuevo, vida vieja.

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—-Hey Rosita,donde vas con mi carro Rosita?
tu sabes que te quiero
pero usted me quita todo
ya me robaste mi television y mi radio
ahora quiere llevar mi carro
no me haga asi Rosita
ven aqui
hey,estese aqui al lado Rosita….—-


gachas@excite.com

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~ por Joputa en diciembre 31, 2010.

3 comentarios to “Nueva Orleans bajo las aguas”

  1. Feliz año Joputa, año nuevo vida vieja, buen dicho.

  2. Año nuevo vida nueva, me gusta ese final. Muchas historias cruzadas y muchas de ellas se me escapan.

    Happy new year.

  3. Siempre es un placer leerte. Te haré caso y hoy sin falta me voy a ver 18 comidas, ya te contaré qué tal, aunque ya son varios los que me han hablado bien de ella. Un saludo!

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