Aprieta los dientes…

Piso el acelerador y el motor suena a lata. Se ven a lo lejos las torres de Mordor de la Castellana, plantadas en medio del secarral como cuatro pinchos morunos de cristal. Cada vez tengo menos ganas de volver a verlas, menos ganas de volver a divisar vuestros caretos. Echo de menos al roble Guillotín, es un tipo muy majo, me gustaría esconderme detrás de él como hizo aquel monje que huía de los sans coulottes; yo, que soy uno de esos descamisados, los aborrezco hasta la nausea. Sentado sobre la “Fuente de la juventud” me dí un automasaje en el tobillo, malditos pies doloridos, y los árboles del “Valle sin retorno” no dejaban pasar la luz. Me gusta la oscuridad, siempre dices que te gusta el sol, a mí no dejarlo pasar, me gusta tumbarme en las cuevas, o en los valles oscuros, refugiarme en la noche, y respirar. Es extraño, las palabras se las lleva el viento, no significan nada en realidad, pero si tuviese que enumerar a los que considero de mi familia, menudo palabro absurdo, las personas incluidas en tal círculo (sin contar un par de perros que también estarían en la lista) sólo me ocuparían los dedos de una mano. La familia no se escoge, se hace a sí misma, no tienes poder de decisión sobre ella. Sólo el tiempo la fragua, la costumbre y la memoria. Mi puta memoria es incontrolable, es como un superpetrolero navegando a la deriva sin ancla y sin motores. Prefiero el Atlántico al Mediterraneo, no hay color. Me gustaría dejaros de herencia una enorme marea negra, no pienso reciclar ni una botella ni una bolsa de plástico por vosotros, no vale la pena salvar el planeta.

Huele maravillosamente a ozono, el gas que cae a plomo desde la sucia troposfera madrileña arrastrado por las primeras gotas de una refrescante tormenta otoñal. El monje soldado sale al balcón y mira el telón de agua de lluvia. Inspira y expira, inspira y expira recordando tiempos mejores y peores, nunca iguales, empeñándose en encontrar las imágenes y los olores que aportan seguridad, ésas que calma el miedo que siente ante el caos inexplicable que queda delante de los ojos. A finales de los años setenta, durante los meses de julio y agosto, los comerciantes madrileños empezaron a cerrar por las tardes ante las escasas ventas que cosechaban durante el periodo estival. El desarrollismo capitalista, el estado del bienestar, había inventado las vacaciones y la nueva clase media del Foro se marchaba hacia la costa y la montaña a remojar y achicharrar las carnes tolendas. Aquellos meses de calor mi padre aprovechaba parar dormír la siesta hasta que caía el sol y, cuando se despertaba empapado en sudor, arrancaba el SIMCA 1000 y poníamos rumbo a la parte baja de la Dehesa de la Villa. Compraba unos cuantos botellines de Mahou en la bodega de la esquina y él se los bebía bajo el fresco que dan esos pinos que todavía siguen creciendo por aquella ladera. Jugábamos al tute hasta pasadas las doce de la noche, y no nos quedaba ni puta gana de regresar a casa. Cuando los vecinos preguntaban a mis progenitores que dónde íbamos por las tardes ellos contestaban que a una finca que habíamos comprado al lado de El Pardo. Al otro lado de la carretera que conducía a ese paraíso particular los aspersores del entonces llamado Consejo Nuclear regaban toda la noche la zona sobre la que hacía pocos años se había producido un escape radioactivo. Los científicos de Franco habían construido allí un reactor cañí experimental para intentar fabricar la bomba atómica, con la idea de bombardear no se sabe a qué bolchevique o para descapullar el peñón de Gibraltar. Pero, como casi todo lo que sucede en esta ciudad, erigieron su obra en plan cutre para ahorrar y el agua de la refrigeración se les escapó libre como un nuevo riachuelo serrano hasta el cauce maloliente del Manzanares. Hace dos años encontraron trazas de plutonio en las arenas de la zona. Para compensar la contaminación radioactiva hallada, el otoño pasado construyeron un precioso parque infantil sobre esas fértiles tierras. Los niños crecerán fuertes y sanos con semejante fertilizante.

Las vacaciones, menudo invento. En el principio de mis tiempos nos marchábamos con mi progenitora al León dos meses, a soportar a mi familia paterna. Mi viejo era más listo y se quedaba en Madrid trabajando, sólo recorría los trescientos y pico kilómetros que nos separaban un par de veces en todo el verano. A mitad de agosto, al caer la tarde, bajaba una brisa helada desde el Teleno avisándonos que pronto terminaría nuestro aburrimiento en aquella aldea. Mi padre nunca había viajado más hacia el norte, y soñaba con llegar hasta aquel mar que se pegaba de hostias con la costa. En el año 75 por fin decidió traspasar su particular linea Maginot. El segundo día de agosto atravesamos el Padornelo y La Canda de noche, entre una niebla tan espesa como las patatas con botillo de mi abuela, sumergidos en un manto húmedo que nos empapaba hasta los calzoncillos, acojonados rumbo a lo desconocido. Dormimos en el coche cerca de Verín. A ambos lados de la carretera nos deslumbraban enormes incendios forestales fantasmagóricos que hacían arder enormes bosques de eucaliptos donde todavía habitaban las meigas y el lobisome. El paisaje se parecía a un cuadro de Brüeghel El Viejo lleno gallegos por todas partes intentando mitigar aquel mar de llamas con cubos de fregar, barreños con manchas de sangre de la matanza do porco y ramas de árbol a modo de escobas. Al sur de Vigo mendigamos alojamiento y terminamos alojados en el piso superior de la casa de una familia con la que acabamos siendo hermanos de sangre. Mi padre decía que le gustaba todo aquello, tan verde y aquel Atlántico tan bestia. Pescábamos cangrejos cerca de Ramallosa y peces con aletas puntiagudas en el cabo Silleiro. Cruzamos la ría en un pesquero a rescatar en Moaña nuestro coche que se fatigaba demasiado, mientras los obreros se afanaban en construir el puente de Rande. El SIMCA 1000 aguantó averías por un tubo. De repente, un año dejamos de viajar hacia el norte y tomamos rumbo al este, hacia esa tierra de huertos putrefactos de naranjos, y no volví a ver el pelo a Galicia hasta veinte años después.

El día que se disputaba la final del mundial de fútbol del 82, un domingo 13 de julio, mi padre decidió que era el momento preciso para celebrar mi cumpleaños, que había sido el día anterior, junto con un grupo de familiares a los que yo no guardaba excesivo aprecio. Nos marchamos al Monte de El Pardo. Hacía un calor de cojones. Esperé y esperé a que volviéramos a casa antes de que comenzase el partido. Mi padre me lanzó una tanda de penaltis en los que emulé a Dino Zoff y me despellejé las rodillas. Él tenía un pésimo toque de balón, pero le pegaba siempre muy fuerte con la uña sin tener en cuenta que yo acababa de cumplir trece años. Se cansaron de discutir y decir gilipolleces, entonces cogimos el coche y volvimos a casa. Cuando llegamos el Italia-Alemania ya había comenzado hacía unos minutos, subí las escaleras de tres en tres, ansioso por ver a Paolo Rossi, a Altobelli, a Tardelli, pero sobretodo a mis ídolos Horst Hrubesch y Rumenigge. Durante el descanso salí al balcón y pude ver el dirigible de Fuji que sobrevolaba a lo lejos el Bernabéu. La historia ya la sabe todo el mundo, los espaguetis le mojaron la oreja a los cabeza cuadrada. Breitner, con aquel pelo micrófono sobre la cabeza, marcó el gol del honor teutón. Decían que Breitner era marxista leninista, casi tan extremista como yo por aquellos días.

Estas calles cada vez están más cambiadas, pesan más. Ya no queda aquí ni un adoquín de los míos. El jueves pasado un camión se llevó por delante el puesto de periódicos de mi calle. Es una jodida maravilla ver las avenidas vacías cuando os vais todos de vacaciones, es como disfrutar en vivo y en directo de la bomba de neutrones. Pero no es suficiente soñar que fenecéis bajo una ola radioactiva ardiente; hay que dejar de veros un tiempo para aprender a soportaros. La empatía me está desapareciendo, se ha largado hacia el infinito. En agosto sólo quedan abiertos los bazares chinos, con sus dependientas que a veces se parecen a la guarra de Karen O. Esa tía me pone cuando berrea, me pone casi tanto como la china que despacha el pan en la tienda de tu calle, tan seria y tan blanquecina ella, con pinta de infligir maravillosos masajes tántricos con final feliz. Sospecho que piensa que soy gilipollas desde que le pregunté dónde escondía los paquetes de Donettes, porque no había un Dios que los encontrase dentro de ese caos de productos caducados y de imitación. Esa dependienta no es una punk rocker como Karen, ni como la Sheena de Los Ramones. Los chinos no se van nunca de vacaciones y cuando se mueren otro camarada se hace propietario de su pasaporte. Me gustaría vivir para siempre en una tienda de campaña debajo de mi par de robles de Concoret, esos robles impermeables que no dejarían pasar ni una gota del diluvio. Me pasaría allí todo el día, tumbado sobre la hierba escuchando a los Yeah Yeah Yeahs. El vecino de tienda de campaña, el chico de Rennes, Julien, me invitó a un anisete. Yo me excusé de su compañía, cínicamente, aduciendo que esa tarde tenía que conducir; pero era un anís sin alcohol, uno que fabrican los franceses para no emborracharse y mantener su infinito respeto hacia todo. Me habló de Django y del estilo manouche; yo todavía no sé si él comprendió una sola palabra de mi francés macarrónico. Lavagne se marchará este invierno a Mali, no le gustan las fiestas navideñas, “no hay por qué soportarlas…”, dice mon capitain. Envidia cochina la que le tengo. Los desiertos deben ser maravillosos, las caras más bellas son las que no hay necesidad de ver, las que se sólo se sueñan. Soñaré con los menhires de Lagatjar y con el roble del túmulo de Er Heroueg, con la niebla sobre Locronan y las mareas que engullen cada tarde Plougrescant. Y puede que regresemos, si la salud y el aliento nos acompañan; volveremos con cualquier pretexto si el viento sopla sólo un soplo a nuestro favor. Aprieta los dientes.

Tengo una cita con la noche, quemando mis dedos
Atrapare a los niños, caminare sobre el agua
Comprando la pelea, estamos sudando en invierno
te apretaré fuerte…

gachas@excite.com

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~ por Joputa en septiembre 23, 2010.

2 comentarios to “Aprieta los dientes…”

  1. increble pero cierto, Supersucker a vuelto, y casi ni nos enteramos. No conozco a los Yeahs, pero los miraré. Feliz regreso..

  2. Wellcome back, Joputa. Esperemos que no tardes otros tres meses en actualizar. Dónde coño te has perdido este verano?

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