Hierro de madera

Se está muy calentito por la mañana en mi catre. Me levanto con pocas ganas de nada y peor humor para nadie. La primera meada del día siempre es un placer. Luego me pongo mis únicos pantalones servibles, mi jersey de cota de malla (contra la desdicha, como diría Sabina), unos calcetines raídos con más tomates que un invernadero de El ejido, mi eterna chaqueta negra y los guantes de Ámsterdam; pego un trago de agua, que siempre es mi desayuno, y me encamino hacia la calle. Bravo Murillo está espectacular y resbaladiza a cero grados, me gusta el ruido de la escarcha rompiéndose bajo las suelas. Luego tomo Santa Engracia, toda hacia abajo. Ahí, a mano derecha, nací, en La Milagrosa, un nombre muy adecuado para mi hospital favorito. Siempre que acudo a la Biblioteca Central, detrás de la iglesia de Iglesia, pienso que voy a volar por los aires, ya que al lado, en un edificio búnquer acorazado, se encuentra camuflada la sinagoga. En sus alrededores me siento vigilado; huele a la pasma, a monte Sinaí y a barbudos de Al-qaeda. Me refugio en el almacén de libros, como un vulgar Lee Harvey Oswald. Dentro siento un agradable calorcito. Empiezo a darme cuenta de que los libros, como las personas, son cosas que te encuentras por la calle al azar, que no los eliges en absoluto. Un gilipollas amigo mío decía que él se relacionaba con quien le daba la gana, que había decidido unilateralmente que seleccionaría a dedo las compañías que rodarían con él por el infecto mundo. Con los libros tienes que aprender a convivir lo mejor que puedes, con resignación cristiana, dándote cuenta de que las definiciones que les pones en tu cabeza no son más que inventos para salvar tu cotidianeidad y tu vivir en la creencia. Costumbre y creencia son los pilares que aportan sentido a tu absurdo y al mío, nunca escaparás de ellos, te seguirán como fieles perros sabuesos aunque trates de olvidarlos y les pongas mordazas. Al final, siempre te los encontrarás esperando delante de tu puerta, no servirá de nada que los abandones muy lejos, volverán a tu casa y encontrarán tu rastro, tu camino. Tienen muy buen olfato, recorrerán miles de kilómetros, el mundo entero, para volver a verte, o se esconderán detrás de la nevera, esperando que pase el mal tiempo y la tormenta, saltando sobre ti de repente, para atizarte un susto de muerte. Mis huellas son fáciles de seguir por la cojera que produce mi incipiente reuma, y mi olor es inconfundible a causa de mi disgusto infantil ante la esponja y el jabón. Esta semana me compré el último invento que han sacado al mercadopara arañarle las últimas perras a la memoria de Charles Bukowski, dicen que con textos hasta ahora inéditos. Recuerdo como si fuera ayer aquellos días de zozobra en los que yo leí “La senda del perdedor” mientras restaurábamos la muralla de un castillo perdido del Prepirineo. Por las noches me tumbaba sobre la mesa de contrachapado que descansaba bajo el altar del antiguo hospital de peregrinos y gracias al alcohol en vena no me daban miedo los fantasmas que hacían crujir sus viejas vigas. Los vivos, incluido yo mismo, provocábamos mucho más terror que aquellas pobres almas del purgatorio productoras de poltergeist. Practicábamos la arqueología humana, vivíamos en medio de un reality show grupal-histórico, acostándonos una hora antes de que cantase el gallo para, poco más tarde, al alba y casi sin dormir, retorcernos entre dolores, resacas y taquicardias transportando carretillas llenas de piedras como Sísifos borrachos por aquella ladera. Fornicábamos y odiábamos al prójimo a partes iguales y aprendimos lo más útil que se puede aprender en este mundo: que nada sirve para nada, que el viento acaba desbaratando cualquier obra por fuerte que sea y que el infierno está muy cerca, demasiado, del cielo. Bajo la base de la torre del campanario descansaba un sillar esculpido que representaba la cara de mujer de cuyo pelo brotaban quién sabe si rayos o serpientes. Me arrodillé frente a él y me encomendé a que aquella preciosa hidra feral para que me protegiera, sobretodo de mí mismo; por desgracia, hasta la fecha, parece que no me ha hecho caso, no quiso escuchar una palabra de lo que le dije.

Una tarde de este agosto charlaba con monsieur Lavagne a cerca de las tesis doctorales (qué pedante suena la palabra “doctoral”) sobre templarios que él, francés prejubilado, devora con avidez. Me contaba que su apellido significa “pequeña charca en la que abreva el ganado”. También le gustan los conciertos de jazz. Este verano volveremos al Midi a ver tocar a Sonny Rollins, cueste lo que cueste. Rebuscaremos entre las cajas de discos de vinilo de los tenderetes del festival. El siempre aparentemente malhumorado Pierre ha prometido que alguien del pueblo me prestará una bicicleta. Podré recorrer los trece kilómetros que separan Marciac de Bassoues en veló, menos mal, algún placer tendrían que reportarme en esta vida mis maltrechas piernas de carpetano viejo. Vinilos y bicicletas, me gustan los vinilos y las bicicletas. La mujer de Gilbert me escribió desde Montpellier contándome que su querido marido se encontraba durante estos meses preinvernales explorando las viejas bibliotecas de El Aioun. Qué suerte tiene el “viejo” tuareg, que sueña con caravanas de camellos y exploradores con salacot, con aventureros que se pierden por Malí en busca del mítico Tombouctú.  Y pensar que la mayoría de vosotros no podríais señalar en el mapa esa ciudad soñada, a veces pienso que tengo mucha suerte de ser yo. De niño me aprendí las capitales del mundo de memoria, podía señalarlas todas sin esfuerzo. Cuando hace frío, cuando el invierno dura doce meses, guardo mi antiguo atlas debajo de la cama, saco un brazo bajo las mantas y me paseo por sus estampitas de paisajes marrones dibujados con arrugas; allí hay montes y ríos, y me escapo por las riberas del Obi o el Yenisei hasta llegar a Vladivostok. En mi “Atlas Aguilar” de principios de los setenta salían el Sahara Español y Guinea Ecuatorial como provincias de España; unas páginas antes se podía ver cómo Albacete y Murcia formaban una región juntas e inseparables, sin pedir su autodeterminación la una de la otra. En el año ´75 Hassan II de Marruecos organizó “La marcha verde” para apropiarse de los incipientes yacimientos de fosfatos de la costa saharaui. Los valientes legionarios españoles salieron corriendo como alma que lleva el diablo ante el ímpetu marroquí, imitando a Largo Caballero en el Madrid del 36. Ya sabéis la historieta, hace unos días el gobierno sociata español se puso de acuerdo con el de Marruecos para arrinconar de forma sibilina a Aminatu Haidar. El asunto no es de política, sino de dignidad y de sentimientos. De vergüenza, incluso ajena. Los ministros son de plastilina, de solidaridad sonrojante, de limosna condescendiente rozando lo éticamente blasfemo; hacen buenos a los malos y dan la impresión de ser más tontos incluso de lo que parecen. Hace seis años, la tarde de aquel 13 de marzo, salimos a la calle con los palos preparados, después de sentir también vergüenza ajena al veros como una masa de borregos durante la noche de los paraguas; marchabais gozosos en bloque detrás de aquella pancarta mentirosa que os creísteis. Los que se beneficiaron de aquello siguen hoy los pasos de la falacia, les vale con poner cara de bobos. Pero mucho más allá de la política está la tierra y la dignidad. En el mundo del hierro de madera queda ya muy poco más que tierra y dignidad, escondidas, casi extinguidas más allá de la política y de la infamia salvaje. El poder actúa siempre en forma de represión (reprime) o de ideología (engaña); no es un atributo, no es una propiedad, es polimorfo, múltiple, articulado, sibilino. Sus mecanismos se hacen invisibles, constituyen redes cotidianas, no nos dejan percibir lo intolerable encubriéndolo con lo jurídico. Nadie sale a la calle y grita que el rey está desnudo (qué bien quedaría Leire Pajín en ese cuento). Sois dóciles, somos dóciles, todos cuerpos útiles, y sólo siéndolo su sistema puede hacerse de carne y hueso, conseguir su eterna reencarnación. No echemos la culpa a la superestructura, somos nosotros mismos, los idiotas, los que ejercemos de idiotas. Detrás del sistema basado en la desigualdad que equilibra, detrás de nuestros roles de burócratas cotidianos, sólo quedan algunos rescoldos de sentimientos e instintos. No me regaléis una gorra, no me gustaría verme en el espejo invadiendo Polonia. En nuestro territorio común somos protagonistas de un enorme reality-show que escenifica maravillosamente el “Ensayo sobre la ceguera”. El gobierno español, finalmente, tras el regreso Haidar a su casa, declara en comunicado oficial: “honra al rey y alas autoridades de Marruecos, y pone una vez más de manifiesto su compromiso con la democracia y la consolidación del estado de derecho”.  Niños pelotas de opereta metidos a ministro y contando chistes malos, no te rías que es peor; política de garrafón.  Siempre hemos degustado licores a granel a precio de “gran reserva”, ahora no sabemos distinguirlos.

Me gustaba  beber garrafón en los bares de los bajos de Aurrerá, nos acercábamos a “La trainera” a escuchar a la música infame de los Kortatu. Las suelas se quedaban pegadas en aquel suelo lleno de cerveza pisada. A nosotros nos gustaba el punk radical y a nuestro compadre, JM, Queen; diría yo que, como poco, había mucha distancia sociológica entre nosotros. JM era un gran tipo, peculiar, pero majete, lo descubrí con los años. Freddie Mercury inventó el guiño de bigote en el video del “I want to breack free”. Detestábamos a los Queen por teatreros y melifluos. Mi amigo JM los amaba. Aquella semana santa de un año cualquiera de finales de los ochenta todos aquellos salvajes de instituto durmieron en mi casa. JM se trajo dos cintas VHS para que las revisásemos entre cubata y cubata, entre porro y porro, una con sus videos musicales favoritos, la segunda con una inefable película porno, que decía con reverencia no sé quién le había grabado, ilustrada con una etiqueta pegada sobre su lomo que rezaba en grandes letras de rotulador: “Blade Runner”, sospecho que para despistar a su recto padre, un rancio sastre poco fan de la ciencia ficción. MJ se bebió toda mi botella de Ron Bacardí blanco mezclada con Kas limón y se lanzó en un coma etílico sacrílego a dormirla sobre mi santa cama. Despertó súbitamente. Yo había montado la escopeta de cartuchos de mi padre y le apuntaba a dos centímetros de su nariz aguileña. “Las carga el diablo, no te pases, hijo de puta…”, me dijo acojonado, balbuceando como si estuviera en un control de alcoholemia. Todos reían como hienas, integrados en la surrealista escena, como una banda de hashishin. Los vecinos pateaban sobre el techo quejándose del ruido que producían aquellos psicópatas adolescentes, mientras de la tele brotaban a todo volumen las pegadizas estrofas chillonas del “Bohemian Rapshody”. Con el paso de los años me he dado cuenta de lo grande que era Freddie, e incluso del  feeling que tiene con la guitarra el greñas Brian May, observo compulsivamente sus videos en el Youtube sin cansarme de sus caretos pasados de moda. Verles en acción me pone triste y alegre a partes iguales, lo mismo que me sucede recordando a la morenaza Jennifer Jones, que acaba de palmar hace un rato en todo su esplendor nonagenario. Parecía que quería cogerle la mano a Gregory Peck en la escena final de “Duelo al sol”, ese wertern atípico y anaranjado, pero yo creo que en realidad deseaba escupirle sobre la palma. Ella se disponía a lanzar un duro rapapolvo al chulo cowboy Lewt McCanles, pero no les dio tiempo ni a pegar un casquete, los frieron a tiros. Aquel desierto de cartón piedra en Technicolor era tan irreal como la vida misma. En invierno no hace calor, en verano no hace frío, mañana será otro día, pero ya no para Perla.

<<Todos te dicen te quiero
pero ninguno es sincero
es una inversion de capital.
Todos te dicen te quiero
y estas invitada al carnaval
solo por tu dinero.>>

gachas@excite.com

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~ por Joputa en diciembre 18, 2009.

3 comentarios to “Hierro de madera”

  1. Freddie es inimitable, no habrá un cantante como él, tenía razón tu amigo de la infancia, eran geniales, a pesar de esa tendencia a salir a cantar descamisado aunque hiciera cinco bajo cero.

  2. No se porque me quejo. Gilbert, Pierre, Marçiac, Bassoues, Sonny Rollins, jazz, Quees, Duelo al sol, Veloso y… sorprendentemente Sozinho. Hace tiempo, en un concierto de Caetano, una brasileña histérica nos dió la noche pidiéndole a gritos a cada segundo que cantara esta canción. Recuerdo a un pirado con coleta a punto de calzarle una leche a la energúmena. “¿Sozinho? ¡La madre que te parió!” Bueno, pensé que le habías cogido tirria a la canción. Ya veo que no.

    Pues eso, que no se de que me quejo. Me cuesta leer entre líneas. Y Estoy respondiendo mis correos pendientes en francés. Será un buen ejercicio para la enervante pausa navideña. Que suerte tiene Gilbert, ya me gustaría a mí.

  3. demasiado afrancesamiento hay en este blog, oh la la. ¿Qué significa guiño de bigote?

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