Anguille sous roche

Mi pobre automóvil arranca con cierta dificultad, está un poco viejo, como mis tobillos. No hace demasiado frío, a pesar de que es noviembre y de que el sol ha caído por detrás de las montañas demasiado pronto. Circulo por una calle de dos carriles, la avenida Complutense, paraíso de la generación Ni-Ni y del botellón del viernes por la noche. Un coche de policía me adelanta por la derecha pero, a unos metros de distancia, un autobús bloquea su trayectoria. Entonces yo acelero, me pongo a su altura, nos miramos, me sale una sonrisa cabrona,  freno para que caminemos exactamente en paralelo los de la gorrita y yo.  Cuando ellos llegan a la altura del autobús varado sobre su carril, encienden el intermitente de la izquierda, quieren salir del atolladero, pero yo aprovecho para frenar un poco más con el objetivo de que la fila que discurre detrás de mí se contraiga y deje a los servidores del bien parados, atrapados un ratito detrás del amable transporte público. No me gusta que nadie se cuele por la derecha. La existencia construye a la esencia, la precede. El ser humano pone un ladrillo tras otro, día a día, en su hijoputismo individual. El destino es una quimera, o una simple ensoñación, quién sabe.

Mi madre se marchó del pueblo hacia Madrid nada más acabar la guerra. Desde aquella colina alcarreña en que habitaban ahora se divisan a lo lejos, cuando la contaminación o la bruma lo permiten, las cuatro torres de La Castellana, los faros que marcan a los barcos dónde se encuentran los escollos de la ciudad dormida. Pero aquellos escasos cincuenta kilómetros de distancia eran entonces un mundo. En la urbe, primero vivieron en lúgubres habitaciones de huéspedes alquiladas en el barrio de Argüelles. Más tarde se trasladaron a un piso en la calle Galileo, donde sobrevivieron a los años del hambre y el estraperlo. La tuberculosis campaba a su antojo y la Penicilina se vendía a precio de caviar del Caspio. Mi abuelo, al que no tuve el gusto de conocer, purgó sus penas en diversas prisiones. Salió del trullo en 1946. Para entonces mi madre hacía ya muchos años que no iba a la escuela. Cuenta ella que, una mañana, durante el recreo, arrastró de los pelos por todo el patio a una niña que la había llamado paleta. La maestra castigó sus ímpetus justicieros pegándola con una regla de madera sobre la punta de las uñas de los dedos. Mi progenitora se indignó, cogió sus bártulos y nunca más volvió por el colegio. Aprendió a dibujar al revés las letras y los números, curioso auto didactismo, y luego me enseñó a mí a trazarlos de la misma supuestamente errónea manera. Siempre odié la caligrafía, me alegro cada vez que veo morir a ese estúpido arte bajo la dictadura del teclado. Me sacaban a la pizarra para ver cómo no se debía escribir. Hicieron de mí un maestro falsificador al tratar de amoldarme a su estilo, ahora domino ambos, del derecho y del revés. Conseguimos sacar dinero de la cuenta de mi tío muerto con mi firma. En el banco no detectaron nada, pero había un límite de dinero a retirar de seiscientos euros diarios. Propuse a mis ancestros supervivientes que esquilmásemos aquella guita poco a poco, sin que hacienda se enterase. Pero la edad trae el miedo, ellos no quisieron jugar ese juego, prefirieron no defraudar al erario público. No tienen miedo a las bombas, a esas se acostumbraron muy bien de chicos, pero sí a los  bancos. Mi madre ve en la tele por las mañanas la serie protagonizada por Chuck Norris, un brain training muy instructivo en los tiempos que corren; cuando el espectáculo de hostias termina, cambia de canal y se distrae con “La ruleta de la fortuna”.

Durante un partido del mundial de fútbol de 1986, Maradona dijo al veterano mago Bochini, su ídolo de la infancia, cuando éste saltó al campo: “bienvenido, maestro”. Bochini solamente jugó tres escasos minutos durante aquel campeonato, pero de ese modo pudo saborear el honor de ganar la copa del mundo con Argentina. Sin embargo, el fino pasador porteño, leyenda de Independiente de Avellaneda, declaró días más tarde a los medios de comunicación que no se sentía campeón, que con esa escasa participación no era suficiente para formar parte de la historia.Dieguito el grande, el pelusa, barrilete cósmico, sintiéndose ofendido por tal gesto de su antiguo héroe, le contestó: “no se habrá sentido campeón, pero para cobrar acudió el primero”. En todas partes hay gato encerrado rondándole por las tripas a los humanos, o anguila bajo la roca, como dirían los franceses. Una anguila muy gorda corre bajo la roca del PP. Cobo llamó por teléfono a Gallardón y le declaró entre lágrimas, emulando a El Cordobés: “o esta tarde triunfo o llevarás luto por mí”. No se sabe si copió la lapidaria frase del mítico matador del salto de la rana o si lo hizo del infecto libro de Dominic Lapierre, pero el caso es que sacó la espada y la clavó en todo lo alto del lomo de Esperanza, hasta la bola. Dentro de ocho años, o de doce, cuando quede al fin un hueco vacante y surja la oportunidad de ser la primera hembra española presidenta, la señora Aguirre ya no tendrá edad de merecer en la arena de las vanidades políticas, será una tierna jubilada más dedicada a hacer calceta que a soltar discursos electorales absurdos, aunque la senectud se lleva mejor en el interior de un palacete, todo hay que decirlo. “¿Arde París?”, preguntó también vía telefónica Hitler al general Von Choltitz para asegurarse de que éste cumplía sus órdenes de prender fuego los Campos Eliseos al estilo de la Roma de Nerón. El Manzanares no es el Sena. Algo huele a podrido estos días en el poblachón manchego. Cuando los políticos madrileños hablan, su lenguaje se entiende menos que el de Zack de la Rocha entonando el “Bulls on parade”. Algo sucede cuando los bancos cierran sus sucursales. Hanna Arendt decía: “los procesos invisibles invaden las cosas”. El mes pasado echaron el cierre en La Caixa de enfrente de mi casa. No sentí pena. Sólo los chinos se atreven a abrir negocios ruinosos. A los viejos cañís nos quedan escasos rincones, quizás pronto solamente tendremos los bocadillos de voladores y tortilla en el Tiananmen de la Plaza Mayor o las bambas de nata de La Mallorquina. Incluso cerraron el mes pasado el Begin de Begin, echaremos de menos sus caipiriñas de garrafón.

En otoño, Madrid se ve invadido por un cortante viento del oeste que se cuela sibilino bajando por el valle que forma la cuesta de Las Perdices, entre el cerro de Garabitas y el monte del Pardo. Cuando anochece, desde el cerro de Los Locos se divisan relucientes las llameantes luces de freno de miles de coches, máquinas infernales que trepan a contraviento por esa pendiente que une la urbe con esos pueblos, ahora ciudades pijas dormitorio, habitados por las clases altas de la región. El aire es frío y seco en las colinas del foro, lo que obliga a abrigarse hasta las orejas incluso a los gays que hacen cruising correteando entre pinos y encinas en la Casa de Campo. Una chica escuálida entra en mi clase y se sienta en un banco al lado mío, se frota las manos para combatir el incipiente frío matinal que yo nunca siento. La miro de reojo mientras saca un bocadillo y lo deglute como si nada más ocurriese en el mundo, ronchando blasfema la corteza del pan durante el acto litúrgico de la enseñanza, como si ella fuese el último habitante de la tierra y los demás sólo sordas sombras. A continuación, bebe de una pequeña botella de Solán de Cabras como una vaca en el abrevadero, emitiendo un grosero sonido gutural con la garganta. El miembro docente del grupo, la voz cantante, un auténtico y genuino doble de Carlos Latre, habla y se apasiona contando la vida y milagros del genio Foucault, gesticulando y viviendo cada segundo de ese sueño que vive en su relato. Cada día entiendo más la distancia generacional, ese color en los cristales que aplica el tiempo a cada lente, comprendo a los espejos del callejón del gato que reflejan a cada uno en su edad. Me siento teletransportado entre ellos, botando como una piedra lisa lanzada sobre el agua que no deja rastro por donde pasa, como si no formara parte de lo que vivo. Me imagino pegando saltos hasta el techo, enzarpado hasta las cejas, dentro de la película “After” (sois muy grandes, Alberto Rodríguez y Santiago Amadeo). Me integro mejor en la oscuridad que pinta Marc Recha en su “Petit indi”, o entre el desconcierto vital de los personajes de la eterna película de Ventura Pons, mucho más que atravesando vuestra realidad cotidiana, vuestras costumbres, vuestros valores y vuestros fines.

A pesar de todo, doy gracias a Dios por darme dedos para tocar en la oscuridad de mi cubil “My Funny Valentine”. Algunas canciones sólo pueden entonarse por la noche en la profundidad de nuestras cuevas, cuando el silencio abriga como una manta zamorana, cuando los tubos de escape no gritan y los camiones de reparto dejan de rugir para alimentar a la ciudad hambrienta. En el reino de la oscuridad Madrid está desnuda y todo suena mucho mejor. En un lugar de la Ciudad de los Angeles el marido de Sánchez se acuesta a las diez, como un monje, y no la deja ver “Gran Hermano” ni “Granjero busca esposa” (mis dos delicatessen catódicas favoritas). Este moderno eremita se ha negado a instalar un televisor frente al catre de su cuarto, él prefiere relajarse escuchando musiquita y leyendo Dios sabe qué cosas. Ni en los interrogatorios más siniestros Sánchez ha conseguido sacarle información alguna a cerca de sus ligues del pasado, es un hombre muy discreto. Ella ve los realitys a escondidas. Se despierta de repente, recostada sobre el sillón con la tele encendida, a las tantas de la madrugada, cuando todo ha terminado y sólo ponen Teletienda en un bucle hipnótico infinito. Quita la tele y  se acuesta silenciosamente al lado de su hombre. A los tres segundos de ponerse en posición horizontal planchando la oreja (uno, dos, tres…acción…) su garganta ya emite rugidos ensordecedores, gruñidos parecidos a los de la leona Elsa en “Nacida libre”. Vivir, roncar, tal vez soñar. Mañana será otro día y, si amanecemos, ya veremos lo que haremos. Born free, as free as the wind blowwwww…

<A Sánchez “corazón de león”, la que nunca llega al último párrafo…>




gachas@excite.com

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~ por Joputa en noviembre 23, 2009.

5 comentarios to “Anguille sous roche”

  1. Te escribo para mandarte mil gracias, me has devuelto a my funny Valantine que me había olvidado. Vira tu mirada al lado izquierdo para recibir mi caluroso beso que lleva tiempo esperando ser capturado por tu rosada carnaza…

  2. Esa historia de Bochini la contaron el otro día en Fiebre Maldini. Maradona no dice tres frases seguidas sin inventarse un clásico. Lo malo es que se ha echado un yerno patán jeje.

  3. La casa de campo siempre sale en todas estas historias, cuanta querencia por la casa de campo, que tendrá la casa de campo que te atrae tanto…….

  4. He de reconocer mi afiliacion a Granjero Busca Esposa. Mira tu. Me ha enganchao…

  5. Tengo unas cuantas anécdotas similares a la de tu madre. Lo curioso es que hoy en día hay como una reivindicación del paletismo, o al menos es mi caso. No sé que tiene noviembre que nos pone melancólicos.

    No conocía esta canción, muy acorde con mi estado de ánimo actual. Me encantó.

    Un abrazo desde la distancia.

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