Ciudad de hojaldre

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Estamos soportando uno de los otoños más calurosos de la historia, aunque yo nunca tenga frío ni calor. Madrid es la ciudad peor asfaltada del mundo, su suelo está poblado de arrugas. El cemento que allana las calles lo elaboran mezclando arena con hojaldre, esa masa pastelera que siempre me ha empalagado. Mis huevos tamborilean sobre el sillín de la bicicleta soportando los eternos baches, buscando una inconsciente esterilidad por percusión muy útil para no sentirme obligado a repoblar el planeta. Un cubano me decía que La Habana era la ciudad de los socavones, que fácilmente podías caerte en las profundidades de uno de ellos debido a la escasa iluminación nocturna. La Habana, ciudad del esguince de tobillo. A mí me gustaba la penumbra de aquella ciudad, esa oscuridad que dejaba entrever un poco las estrellas, y también el peculiar olor a sucedáneos bastardos de la gasolina que rezumaba su aire envenenando lentamente a sus empobrecidos habitantes. Pero lo que no te mata te hace más fuerte, aunque yo odio las frases hechas. “No hay providencia prediscursiva que disponga las cosas a nuestro favor”, decía Michel Foucault. La providencia, la divina providencia que nos abandona. Pienso en el traicionado Ricardo Costa, ese nuevo Nosferatu pijo abandonado por su ejército de testaferros y cobardes, y en Werner Herzog dirigiendo una nueva versión de “Gaspar Hauser” protagonizada por Francisco Correa, el hombre que lleva los pelos como si hubiese metido los dedos en el enchufe cuando visita el juzgado. Somos cine dentro del cine, escenas de la eterna película humana, formamos parte del verdadero rostro del planeta siendo retazos de ese trozo flatulento de tierra llamado España.

Space_Station_VMi padre era de costumbres fijas, descartaba por sistema cualquier actividad que pudiera aburrirle o cansarle. Jugábamos al ajedrez los sábados después de comer y el que ganaba la partida elegía película en el cine. No tengo ni idea de dónde aprendió él a jugar; mi progenitor dejó de ir al colegio a los once años y no lo hacía tan mal sobre el tablero como para no haber conocido nunca qué carajo era un enroque. Yo tenía la ventaja de leer las partidas de los Arturito Pomar de turno que sacaban en las páginas de pasatiempos del Ya. Aquella tarde teníamos que disputarnos si acudiríamos a ver “Los dientes del diablo” o “2001, una odisea del espacio”. Estuve inspirado, lo batí con facilidad. A mí me atraía más Kubrick, a él esos esquimales fornicadores capitaneados por Anthony Quinn. Superé su sempiterna resistencia a no cumplir su santa voluntad y acudimos al cine Bulevar, en Alberto Aguilera. Estaba lleno hasta la bandera de culturetas resabiados vestidos con chaquetas de pana que observaban la pantalla patidifusos ataviados con enormes gafas de pasta sobre sus narices. Mi padre aguantó despierto hasta el tramo final de la película, ese de la escena de la lluvia de colorines que dura veinte minutos, esa parte para cuya elaboración de guión Sir Stanley necesitó ingerir altas dosis de alucinógenos. Mi progenitor roncaba como un cochino talaverano en su asiento. Yo le despertaba a codazos, pero él no sentía ningún pudor escandalizando con sus gorjeos a las masas esnob. Mi padre no era mi héroe y sospecho que él no quería serlo para nadie. Sólo me dejó en herencia el sentimiento de odiar a muerte las frases de loa repujadas en cartón barato, eso no parece mucho capital, pero hay que hacer mención en su honor que nunca pagó por su jaula al domador, como dirían los Vetusta Morla.

thom-yorkeTodos los grupos imitan ahora a Radiohead, pero nadie es como el lagarto Yorke, el rey que parte y reparte, receptor directo del legado freak otorgado desde las sucias manos Jim Morrisson, ese monstruo fatuo sagrado que descansa en las entrañas del cementerio pop Père Lachaise. El gigante enano Thom tiene un parpado caído. Lo olvidaba, también heredé de mi padre un hombro más alto que otro y la extraordinaria capacidad para desear huir a toda prisa de los grupos humanos, alergia a la masa creo que lo llaman. Soy un wiredo y un creep de los de verdad, qué expresiones más acertadas, señor Yorke. Todos los raros dialogamos desde las sombras mientras tú flotas como una pluma en un precioso mundo. A nosotros nos duele, pero nos apetece tener el control. Sabemos que un día vendrá la karma police y os detendrá a todos. A Vetusta Morla, a pesar de sus elaborados mantras, les pondrán los grilletes sobre sus angelicales manos, será fácil para las fuerzas del orden encontrarlos vagando por las calles de su Copenhague imaginario. Pillarán al cantante de este grupo compartiendo lujuriosa cama con el solista del fenecido cuarteto Skimo, a imagen y semejanza de lo que en su día les sucedió a Bowie y a morritos Jaeger cuando fueron sorprendidos practicando el noble arte de la sodomía. Mientras tanto yo sueño con Marlene tarareando Lili Marleen, y con Edith gritando loca al enterarse de la muerte de Marcel Cerdan. Aquella tarde cuando fornicamos en tu casa sonaba el “Fast car” de Tracy Chapman, pero yo, mientras tanto, pensaba en el “Marlene on the wall” de Suzanne Vega. En tu habitación no había luces pálidas, espejismos y ni olas de mar, más bien aquello era porno barato con planos en contrapicado. No perdíamos el tiempo, ni se nos venía remotamente a la cabeza que un jodido asteroide pasará cerca de la tierra en 2029. Esa roca celestial sobrevolará como una centella nuestras cabezas, emitiendo sonidos parecidos a los que salen del saxofón inconfundible de Dexter Gordon, y al alejarse dejará un paisaje teñido de electricidad sobre el cielo. Hay que matar el rato como uno buenamente puede esperando ese acontecimiento placentero y apocalíptico. Y un día de esos de asueto, paseando por los garitos del centro, me enteré que Marta Sánchez, la pianista buenorra que forma dúo con la también maciza Ángela Cervantes, no es la misma persona que la homónima pseudo cantante gritona de pechugas siliconadas. La tetuda de Olé Olé nunca se acercó a la calle Huertas para cantar en el Populart. Cuando paso por allí cualquier sábado por la noche veo que cada vez hay más puestos de sucios hippys, aunque ninguno expone nada comprable; sólo muestran sobre los tenderetes pulseritas de cuerda, carteruchas de imitación al cuero y horribles pendientes de latón que provocan alergia en las orejas. Sospecho que, para hacer caja, esos sucios deben ofrecer bajo cuerda en este mercado minorista madrileño sabrosas drogas que ocultan en sus alforjas. Oh estupefancientes, sois los imprescindibles compañeros en el viaje ciudadano, vías de escape del día a día, fumigadores de la sensación de eterno retorno.

Joachim Patinir pintaba escenas absurdas, congeladas, de una luminosidad azul extraterrestre. Las adornaba con imágenes de santos, de ánimas del purgatorio o de Carontes al uso que cruzaban por el fondo de la escena como pilotos de platillos volantes disparando sus rayos láser desintegradores. Nosotros queríamos viajar hacia el final del camino, hacia lo que no se ve ni se adivina a causa de la curvatura de La Tierra. Partíamos con muy poco en los bolsillos, con latas de fabada y de albóndigas sin marca, con garrafas de agua rellenadas en la fuente de la Dehesa de la Villa. Soñábamos con poner rumbo hacia la última de las playas, hacia la más olvidada, desierta y lúgubre que nuestros pies alcanzaran. Nos proponíamos subir a montes deshabitados y transitar por pueblos no pisados más que por el cateto homo sapiens anticuus. Aspirábamos a volver a nuestros más infectos y puros orígenes. Necesito un mantra de los Travelling Wilburys y unos litros de cerveza Alhambra para recordar todo aquello. Roy Orbison, Tom Petty, George Harrison, Jeff Lynne, Bod Dylan, cada uno de ellos vino de ninguna parte y se marcharon, o se marcharán, como el polvo que me hace estornudar cuando sopla la maldita brisa, hacia la nada. Hay pocas cosas mejores que escuchar a Roy aullando desde lo profundo de sus tripas en el “End of the Line”. Nosotros contábamos con la fuerza del viento en las velas, achuchándonos rabioso, y escondíamos huesos jóvenes y enteros. La suerte estaba de nuestra parte. En el radiocasete apretaban los Red Hot de después de su reencuentro, manchados con heridas por todo el cuerpo. Habían hecho trizas sus guitarras y las repararon con cinta aislante. Para nosotros nada era mejor que comprar vino barato de Valdepeñas y deglutir barras de chorizo comidas a bocados sin necesidad de partirlas con un cuchillo. Nuestro serial televisivo se emitió durante miles de capítulos, ahora aparcados en un cajón, que revisionamos de vez en cuando para sobrevivir al caos de los días inexplicables, al miedo al qué vendrá. Nos vemos de vez en cuando y recordamos lo grandes que nos parecían los paisajes. A medida que nuestro arco de visión se va separando del punto de partida todo nos parece más pequeño y absurdo.

granevasionRPDMadrid fue finalmente vencida en la carrera olímpica por otra ciudad encabezada por un presidente llamado Luis Ignacio, un nombre más propio de un actor de culebrones que para aplicarlo a un rimbombante mandatario. Lula lloriqueó después de derrotar a la ciudad permanentemente herida, a la urbe que nunca nadie recuerda que pisa. Gaspar de Lemos no navegó por el Manzanares aquel día de año nuevo de 1502, el aprendiz de río no era su río de enero. Repito que ha hecho mucho calor durante este estío, una temperatura que ha llegado a trastornarme. ¿O no es la temperatura lo que me perturba? Posiblemente no. Me gustaría escapar de esta prisión como el general Giraud de Konigstein, pero no tengo tanto porte ni bigote aristocrático. Yo quiero saltar por encima de las alambradas como Virgil Hilt, pero siempre acaban atrapándome. Esta noche ha bajado la temperatura y he tenido que taparme con una sábana. Enseguida llegará el día de todos los santos, retrasarán una hora la hora, y será otro invierno más. Odio que anochezca tan pronto.

“En el barracón del cuartel,
junto a la entrada, una farola encontré.
Y si aún permanece en pie
entonces nos volveremos a ver,
bajo esa vieja farola, estaremos
como estuvimos una vez, Lili Marleen…”


gachas@excite.com

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~ por Joputa en octubre 19, 2009.

5 comentarios to “Ciudad de hojaldre”

  1. a mi tom Yorke me parece un poco julayna.

  2. No está mal el tirori tirori de Vetusta Morla, no hay que meterse con ellos, en directo son muy buenos y el disco no estaba nadda mal.

  3. Cuantas rayas te metes… jódete, viva el Milan.

  4. ¿No os pasa a vosotros que os da un pinchazo en el pecho de autocomplacencia cuando, de la retahila de personajes, mayormente artistas, que menciona Supersucker reconocéis a alguno y decís para vosotros mismos “ah, sí, ‘fulano'”?

    A mí sí.

  5. Tu padre estaría orgulloso de esas líneas.

    Claro que te gusta Radiohead… hehehe.

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