Historias casi verdaderas (5): Halley

halley

Hacía muy poco que nos había salido pelo en los huevos, a algunos ni eso. En el año 1986 el cometa Halley hizo su periódica visita de rigor a la tierra. El sol de primavera comenzaba a lucir entre la contaminación de Madrid, y las margaritas empezaban a brotar en la Dehesa de la Villa, pero a nosotros éso nos la traía bastante floja. Nuestros padres creían que éramos chicos sanos, que nos gustaba ir de acampada a los bosques para respirar aire puro. Ninguno habíamos militado en los Boy Scouts, ni en la OJE, ni en ningún movimiento nacional socialista parecido; sentíamos un asco atávico visceral por todos ellos, por cualquier uniforme o símbolo de autoridad. Nos sentábamos en un banco en la calle y dejábamos pasar las horas hasta que se extinguían los días y los años. Parecía que pasaban despacio, muy despacio, que eran eternos, pero en realidad aquel espacio de tiempo, aquellos días interminables, no fueron más que una micra de tiempo perdido dentro de la inmensidad de la mierda cósmica.

Fuimos a la antigua estación de autobuses de Palos de la Frontera a sacar los billetes para tomar rumbo hacia la sierra de Gredos. Esperamos una larga cola de pié sobre aquellos sucios pasillos donde había que defenderse como uno podía de los yonquis pedigüeños y de los malotes de ciudad. Teníamos el dinero justo y había que protegerlo a toda costa de aquel ejército de zombis que por la noche dormían recostados sobre cartones y a los que el humo de los autocares protegía del frío. Finalmente, conseguimos sacar aquellos pasaportes hacia la bucólica naturaleza. Despues cogimos el Metro y todo quisqui se retiró a su casa a velar armas. Aquel viernes nos habían dado las vacaciones de semana santa y el sábado, a las nueve en punto de la mañana, nuestro pequeño y sucio ejército partiría camino de su peculiar guerra hacia el pueblo serrano de Piedralabes. Costó dormirse, daba miedo, escalofríos, sólo de pensar que ibas a pasar unos días en compañía de un grupo de personas jóvenes tan irresponsables y con tan temprana tendencia hacia las adicciones.

Me desperté tremprano y, a los cinco minutos, sonó el telefonillo con un largo y ensordecedor pitido. El Ramiro siempre llamaba así de fuerte. Este espécimen era  extremadamente delgado y más bajo que yo. Tenía un problema glandular: su cuerpo segregaba poca testosterona porque sus testículos no se habían desarrollado bien. Lo compensaba con una mala leche muy superior a la todo el resto de la humanidad junta. El escuadrón de la muerte venía a buscarme. Parecíamos la santa compaña camino de San Andrés de Teixido. Cogimos el metro en Estrecho, todos con cara de sueño y de mala hostia. En media hora llegamos a la estación y nos subimos al traqueteante autobús. El trayecto no fue largo, pero sí algo desagradable. Aquel troncomóvil olía a sobaco, a viejos asientos de sky y a los pedos que se tiraba sin rubor el Vicente. Nada más bajarnos en el pueblo, pusimos pasta entre todos y compramos tres cajas de litros de Mahou, que cargamos al hombro como si fuesen munición para una batalla, para resistir un largo asedio. Subimos por aquellos dos kilómetros de carretera empinada y llegamos a un enorme pinar donde plantamos las dos tiendas canadienses de cuatro plazas. En una dormiríamos los cinco que menos espacio ocupábamos. La cremallera de la puerta de aquel masificado habitáculo estaba rota por abajo, y al Ricardo iba a tocar planchar la oreja junto a aquella ventilación natural sufriendo las inclemencias del relente sobre los riñones. Pensábamos que el Ricar era gilipollas porque pasaba absolutamente de todo lo divino y lo humano, sólo sabía reír, beber y hacer posturas mariconas de Taekwondo, arte marcial de la que era un experto. A su lado dormía el muñeco, de cuya condición sexual siempre habíamos dudado. Era un niño pera al que se le había muerto la madre de pequeño y a quien su familia había criado entre algodones y cariñitos, como si se fuese a romper. Le compraban todos los juguetes que deseaba y la ropa de marca. Íbamos a su casa más por su enorme Scalextric que por su compañía. Se llevó al campo, para fardar, su camiseta Adidas de la selección alemana. El Vicente se la quitó, se limpió con ella los granos de su repugnante cara manchados de fabada, y se la pasó por su maloliente y gaseosa entrepierna para vejar el orgullo del mimado Muñeco.

El Ramiro, el Pato, el Muñeco, el Vicente, David “el loco”, el Trapo, David “el gordo”, el Ricardo y un servidor. Habíamos comprado latas de fabada Litoral y magro de cerdo Apis suficientes para alimentar al sexto ejército del general Paulus. Nuestros macutos iban llenos de ropa cutre, zapatillas, botas de militroncho y armas blancas. Yo lucía en mi cinturón un cuchillo de monte de mi padre de más de un palmo, y en el bolsillo un puñal mi abuelo con cachas rojas de los que llevan una hendidura en el filo para que entre aire en la herida de tu víctima. Pero la joya de la corona era el machete estilo Rambo que le habían regalado al Loco, afilado por las dos caras, que cortaba incluso el filo de un papel como si fuese chorizo. Al David le encantaba lanzarlo sobre cualquier tronco que se encontrase a su paso, tenía una gran habilidad clavándolo a distancia. Su hermano mayor, el Trapo, tenía fundado miedo de sus arrebatos violentos. Era más gracioso y simpático que su brother, también más débil, y no hacía más que recibir cada vez que había pelea fraticida. El Trapo era, además, un maestro jugando al fútbol, todo lo contrario que El Vicente, pero éste suplía su falta de habilidad deportiva con una fuerza y una elasticidad innatas, inversamente proporcionales a su escaso cerebro. El Vicente no se hablaba con su padre hacía años porque había caneado a su madre. Había mamado violencia. Nada más llegar al monte se hizo con una rama gorda de árbol que blandía ante nosotros amenazador. Más de uno se llevó aquellos días un gratuito palo en el lomo con aquella vara, aunque, muy en el fondo, era su forma de demostrar cariño. Nadie se atrevía a acercarse a él, porque, además, daba asco que nos pusiera la mano encima por el tremendo acné que le agujereaba la cara y que nunca acababa de supurarle. El médico le había ordenado no comer chocolate, ni azúcar, para evitar la tendencia de su piel a formar granos de pus. Pero bastaba que alguien le prohibiera algo para que él lo deseara con más fuerza. Todas las tardes se escapaba de casa y se compraba un cuerno y una palmera de chocolate, que devoraba desafiante, como un león su presa, ante nuestras hambrientas miradas, sin dejarnos catar ni un trozo. Su cara parecía un mapa en tres dimensiones de los Cárpatos, y su espalda tenía más cráteres sobre su superficie que la cara oculta de la luna.

El Ramiro se dejó, después de una de las borracheras, sus Yumas fuera de la tienda. Llovió a cántaros aquella madrugada y esas playeras de “marca”, las de los domingos, se le calaron. No consiguió que se secaran en toda la semana y, desde entonces, sólo pudo calzarse unas Boomerang rotas de su hermano, lo único que había traído de repuesto, que le estaban dos números grandes. La tarde del lunes de pascua salimos a recoger leña para hacer la enorme fogata que prendíamos todas las noches, y yo metí mi pié izquierdo en un lodazal junto al río. Mis J´hayber quedaron inservibles durante el resto de la expedición. Luis “el pato” tenía unos pies enormes, calzaba un cuarenta y cinco. Era una nulidad total y absoluta para practicar cualquier deporte; no tenía manos sino muñones, y especulábamos que entre los dedos de sus pies crecían membranas, porque nadaba más rápido que un salmón noruego. También le llamábamos “el mofeta”, porque su ropa olía siempre fatal. El Vicente decía también de él que era maricón. Nunca se cayeron bien, mutuamente. El Pato era tan buena gente que incluso daba asco el punto de cordura que aportaba al grupo, desentonaba entre tanto cafre carente de ética y sesera.

Por las noches hacíamos expediciones al pueblo. Frecuentábamos “La Bode”, un bar donde exponían una oferta irresistible: dos jarras de moscatel al precio de una. Consumíamos aquel líquido dulzón del demonio hasta que no podíamos más y retornábamos a la zona de acampada haciendo eses por la cuesta arriba. Una noche, David “el gordo” quedó en coma etílico sobre el cauce del río y durmió la mona sin chaqueta sobre las piedras de la orilla. Horas más tarde despertó empapado y congelado. Nadie había reparado en su falta. Tuvo fiebre durante los dos días siguientes, pero se curó mezclando aspirinas del botiquín que había traído el Pato con abundante cerveza. Nos acostábamos al alba, cuando la hoguera de cada noche se extinguía, y nos levantábamos cuando la tremenda resaca nos lo permitía, al mediodía. Aquella mañana de jueves santo el Ramiro, el Vicente y yo nos despertamos más pronto. Abrimos una lata de magro de cerdo y nos la desayunamos acompañada de una tableta de chocolate de emergencia que yo había escondido en un bolsillo oculto de mi macuto. A lo lejos vimos aparecer al padre del Muñeco y a su hermana mayor, que venían a hacernos una visita de cortesía para ver qué tal iban nuestros ejercicios espirituales campestres. Al ver nuestro poco aliñado aspecto, nuestros ojos colorados y nuestras caras amarillentas a causa de las repetidas intoxicaciones etílicas, quedaron impactados. Nos saludaron mirándonos como si fuéramos animales del zoo de la Casa de Campo, y preguntaron dónde estaba Marcos, “el Muñeco”. De repente, la cremallera de una de las tiendas se abrió y reptando a cuatro patas apareció el interfecto. Al escuchar la familiar voz de su hermana intentó ponerse en pié, pero su cabeza daba demasiadas vueltas; cayó al suelo con estruendo y de su boca, como un torrente, salió un líquido espeso mezcla de moscatel, cerveza y judías pintas. El Muñeco se excusó antes sus familiares diciendo que algo le había sentado mal en la cena. Le creyeron, como siempre. El Trapo, el Loco y el Gordo aun se retorcían bajo un coma inducido en el interior de su tienda cuando la visita se largó. El Vicente apagó un cigarro sobre el doble techo para que respiraran mejor.

Aquella noche llegó un montón de gente a acampar al pinar. Todos los viernes santos muchos jóvenes cachorros tenían por costumbre marcharse de sus chozas de la gran ciudad a la sierra de Gredos, para disfrutar de las drogas y el alcohol en un entorno natural . El Vicente conocía bien al tipo que plantaba siempre por aquellas fechas su campamento sobre una pequeña meseta a la izquierda del camino. En el macuto de aquel hombre se encontraba el nuevo objeto de deseo del Vicen, su recién descubierta pasión: el hachís culero marroquí. Habíamos puesto cada uno cuatrocientas pesetas para sufragar sabrosos blandos estupefacientes para todos. El Vicente fue el encargado, por iniciativa y mandato propios, de entrevistarse con el cutre deeler campestre. Le esperamos tres horas bebiendo cerveza caliente, y tardó más de la cuenta, demasiado. Se excusó diciéndo que le habían invitado a unos porros de propina por ser buen cliente. Regresó con los ojos inyectados en sangre, y hasta las espinillas le habían cambiado de color del rojo al amarillento. Cogió un litro de birra y se lo bebió de un trago. Después dijo que se iba a cagar. Era un gran cagón, lo hacía tres veces al día. No apareció hasta la mañana siguiente. Al calor de la lumbre deseábamos que el Vicente se muriera en la profundidad del bosque y que su cuerpo fuese devorado por las alimañas. Cuando volvió se había fumado todo nuestro presupuesto para drogas él sólo, con nocturnidad y alevosía. Casi no se tenía en pié, parecía alucinado, más de lo habitual. Comenzamos a odiarle todos al unísono. El Loco dijo que le iba a matar. Nos fuimos a dar un paseo por el monte a mascullar nuestra inquina. Incitamos al Loco a la venganza. El Ramiro decía que prendiésemos fuego a la tienda mientras el Vicen dormía dentro. El Loco era el único con suficientes músculos e idiocia para enfrentarse a aquella mole de sebo y estupidez.

El Vicente y el Loco eran los más fuertes de la cuadrilla. Parecían, aparentemente, amigos, pero se tenían tiña en el fondo, como todos los humanos los unos a los otros. Regresamos al campamento. El majara del grupo despertó al Vicen de su sueño de gloria y hachís zarandeando la tienda de campaña. El Vicente se levantó atontado y, en cuanto asomó la jeta, nuestro querido Loco se abalanzó sobre él llamándole de hijo de puta para arriba y asegurando que lo iba a rajar. Rodaron por el suelo agarrados como dos cerdos salvajes en pleno apareamiento. Los mirábamos alucinados y expectantes, queríamos ver sangre. Los habitantes de las tiendas aledañas no daban crédito a lo que estaban viendo, pero ni se atrevían a acercarse ante aquel duelo de titanes. Tras atizarle una hostia en plena cara, por fin el David consiguió inmovilizar al Vicen en el suelo. De repente, agarró el machete de Rambo que llevaba al cinto, lo sacó de su funda y alzo su mano armada para tomar impulso. Cuando fue a lanzar la cuchillada sobre la cara del Vicente contuvimos la respiración por un instante. El agredido cerró los ojos esperando la muerte, pero el cuchillo se hundió en la tierra varios centímetros en vez de en su rostro. A continuación, el Loco lo desenclavó, lo volvió a alzar y, cuando esperábamos otro ataque feroz, lo lanzó contra unos matorrales con todas sus fuerzas. Entonces se levantó de encima de su presa y se largó corriendo monte arriba espetando tremendos alaridos. “Mi hermano es gilipollas”, dijo el Trapo. “Y un maricón”, añadió el Ramiro.

Aquella noche subí junto al Trapo, al Ramiro, al Luis y a David “el gordo”, a un montículo sin árboles desde el que se divisaba todo el valle. El Trapo llevaba unos prismáticos legados por su difunto padre. Hacía una noche sin nubes y la luna se encontraba en cuarto menguante. Nos tumbamos en el suelo y fuimos pasándonos los prismáticos unos a otros apuntando hacia donde se encontraba el cometa. Se veía en el firmamento como una pulga con una pequeña cola blanca. El Halley era mucho ruido y pocas nueces, no nos explicábamos cómo semejante mierda de cometa había podido inspirar a tantos artistas y profetas del Apocalipsis; todos los fanáticos de la astronomía y la astrología se podían ir a tomar por el culo. Hacía frío esa noche en aquel monte perdido. David “el gordo” se había bebido los cuatro últimos litros que nos quedaban y dormía semiinconsciente al calor de su incipiente alcoholismo. El Ramiro propuso que le dejásemos allí abandonado a ver si se moría de puta una vez de una pulmonía. El Ramiro tenía los huevos pequeños, pero muy mala follá. Ese domingo, como cada año, Dios resucitó de entre los muertos, o al menos eso cuentan. Y el lunes por la mañana regresamos todos, sanos y salvos, a nuestros domicilios. Ayer, desde mi ventana, pude ver al Trapo, a David “el loco” y a David “el gordo” tomando cañas en el bar de enfrente. El cometa Halley volverá a cruzarse con la Tierra en el año 2061.

<<El tiempo es decidido,
no suena su campana,
se acrecienta, camina
por dentro de nosotros,
aparece
como un agua profunda
en la mirada
y junto a las castañas
quemadas de tus ojos
una brizna, la huella
de un minúsculo rio,
una estrellita seca
ascendiendo a tu boca.>>

gachas@excite.com

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~ por Joputa en octubre 8, 2009.

3 comentarios to “Historias casi verdaderas (5): Halley”

  1. Grupo Salvaje de niños, el señor de las moscas madrileño…

  2. ¿Pero los “malotes de la ciudad” no erais vosotros?

  3. ¿Cuando sale el libro con las historias? si vale menos de diez euros lo compro.

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