María de los Dolores

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Cuando era niño solía ser siempre el más pequeño y el más delgado en los equipos de balompié en que militaba. Mis piernas eran como palillos y mi cuerpo lo más parecido a un cristo de El Greco. En la calle jugaba con mis gafas puestas, unos pesados anteojos con carcasa de metal que un día sí y otro también aparecían rotos sobre mi cara, ya fuera a causa de certeros balonazos, caídas o de algún puñetazo. Tuve cuatro ojos hasta los trece años, el oftalmólogo me castigaba todos los otoños con una lente nueva y un “vuelva el año que viene”. A pesar de tanta dedicación mi ojo vago no aprendió a dar un palo al agua, pero mi vista, gracias a los años de infantil tortura, es aún fina como la de un sucio depredador de la llanura. A pesar de ser un gafitas tapón de alberca, cuando yo saltaba a un campo de fútbol los que me conocían, aunque fuera de vista u oídas, me tenían miedo. No atesoraba gran habilidad con el balón en los pies. No era muy rápido corriendo. Los pantalones cortos de deporte siempre me estaban muy anchos, parecía que vestía provocativas faldas pantalón con los huevos colganderos, lo que producía que fuera poseedor de una facha ridícula. Pero había descubierto precozmente que caerme al suelo no era tan doloroso como lo pintaban, que llorar cuando te despellejabas las rodillas era pura pose de crío, que la sangre era sólo un líquido rojo e infecto que todos llevamos dentro en mayor o menor cantidad. No sabíamos lo que era el tackling en mi barrio, y lo tuve que inventar yo mediante entradas asesinas a ras de suelo sobre cualquier tobillo o rodilla que se pusiera por medio. Los menos bravos me decían que estaba loco, que imaginara que alguien había dejado por casualidad algún cristal por el suelo, que me iba a desollar vivo cualquier tarde. Yo me reía, en mi inconsciencia, de su cobardía. Descubrí que poseía una capacidad, adquirida o innata, vaya usted a saber por qué, para aguantar los golpes y el frío. Tengo la piel bastante dura y es difícil hacerme cardenales. Puedo andar en mangas de camisa en diciembre sin tener que aguantar el tipo de macho de forma artificial. La inconsciencia duró, por suerte o por desgracia, pocos años. Empezó a darme miedo hacer daño a los de al lado y dejé, paulatinamente, de calentarles las piernas a golpes.

Aquel verano, a los dieciséis, me vino a visitar por primera vez. Yo no la conocía. Bajamos a patear el balón hasta la Ciudad Universitaria. Cómo siempre, caí al suelo varias veces para amedrentar a mis contrarios. No le di mayor importancia a los cotidianos costalazos. Pero, al regresar a casa, se presentó de repente. Me dijo que estuviera tranquilo, que iba a pasarse unos días por mi vida, aunque siempre que la necesitase me acompañaría en este solitario viaje, que volvería de vez en cuando para joderme un poco. María de los Dolores se metió en mi existencia de sopetón, y me tuvo vagando por mi casa durante días como alma en pena, con la espalda torcida a lo Quasimodo, jurando y perjurando en varios idiomas que no conocía, con los pantalones caídos, y lloriqueando como una Magdalena que se despierta y no encuentra a Jesucristo a su vera en el catre. Mi amiga se había dado a conocer en forma de piedra en el riñón, con unos dolores que dicen son más agudos que los de un parto, constantes y sordos, como penas que dan frío y no te dejan parar quieto ni un minuto. El pedrusco debió haberse movido con alguna de mis sucias arremetidas sobre los ocasionales rivales. Tarde o temprano hubiera tenido que pasar, el destino es inexorable, está escrito con líneas indelebles e inamovibles. Tras un par de meses mi cruel visitante ser marchó con un portazo, sin casi despedirse, pero dejó una tarjeta de visita con un “hasta pronto…” grabado a mano sobre el reverso. Era una forma de expresar que siempre me querría.

Pasaron los años, los veranos, los finales de agosto daban la bienvenida a nuevos años, lustros y décadas. Mi mente siempre retenía el frío recuerdo de aquella visitante, que colgaba del gotelé de mi cuarto como una espada de Damocles mal pegada al techo con pegamento Supergén o Imedio cuando debería estarlo con Loctite de ferretería. Mi madre me había enseñado a pegar los cromos de fútbol en los álbumes con engrudo fabricado a base de agua y harina de almortas, pero aquella solución era tan barata como ineficaz para sostener los trozos de sueños sobre el papel. María de los Dolores volvía a habitar en mi puerca vida de vez en cuando, cuando menos lo esperaba, mediante pedradas renales sorpresivas o por golpes atizados a contrapelo. Cómo aquel día que aquel tipo me hinchó la espinilla, o cuando aquel otro torció para siempre mi nariz con su codo. Una noche, corriendo tras un balón dividido, mi extremidad derecha se retorció por la rodilla como el cuello de la niña de “El exorcista”. Pude observar varias constelaciones, galaxias, quasares, mientras regresaba a casa conduciendo, pisando el acelerador del coche con un pié mirando hacia Burgos y el otro hacia La Palma del Condado. Tras aquella fiesta con mi amiga nunca volví a ser el mismo, la cuesta ya ha sido siempre hacia abajo. Tomaba baños de agua casi hirviente para calmar el dolor, en una bañera que soñaba que era como la de Errol Flynn pero en la que apenas me cabían mis piernas dobladas.

La última visita de María, la de los Dolores, no por esperada dejó de ser sorprendente. Me hizo recordar la poca habilidad que yo poseía para subirme a los árboles. Aquel salto con el que me rompí de repente fue el fruto recogido de los excesos, de aquellos vuelos cuando era capaz de saltar sin carrerilla más de ochenta centímetros en vertical. ¿Quién no ha soñado alguna vez con volar? Yo casi nunca recuerdo mis dulces momentos oníricos bajo las mantas. Aquel chasquido seco me hizo pensar en las llanuras de Waterloo y de Flandes, en el K.O sufrido por Jack Jonhson a manos de Jess Willard aquella fatídica tarde en la que el rey invencible se apagó; en los tópicos típicos de aves Fénix volviendo a levantarse desde sus podridas cenizas y en que Piper Laurie, con su rostro de derrota inaceptable, sigue viviendo, aunque sea, en el IMDB. La noche es muy oscura y muy lejana cuando te hace una visita María de los Dolores; ella no es buena compañera de fatigas, y no tiene miramientos al pedirte que te vayas con ella a pasear en su loco autobús bajo la lluvia, donde la hierba amarilla crece a la altura de la rodilla.


<<Muhamad Alí nació para boxear, para el
ring, le encantaba y, como sucede con la gente que ama demasiado las cosas, éstas les destruyen. Creo que fue Oscar Wilde el que dijo: “destruyes aquello que amas y, viceversa, lo que amas te destruye a tí”. Volvió. Luchó en 22 combates; algunos fueron muy honrosos, otros fueron muy difíciles, otros comedias y farsas. Se castigó mucho en aquellos combates que siguieron al de África…>>


Sabes que no hay palabras
para describir lo que se piensa
ladridos de Wittgenstein
analgésicos
aporéticos
luces ahí al fondo
que hacen ver las estrellas.
Son bromas ligeras
y jeringuillas
de las que brota la verdad
de la verdad
mal encaradas
embravecidas por la realidad
desnuda de tu día
a día
por tu estúpida espalda
oxidada por el viento,
el agua y los años
perdidos y dados por
perdidos
buscados en la memoria
que siempre se declara
en huelga
a la japonesa.

gachas@excite.com

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~ por Joputa en abril 22, 2009.

2 comentarios to “María de los Dolores”

  1. feliz regreso, aunque duela un poquitin

  2. Pues sí que debe doler todo eso, yo tengo antecedentes familiares de piedras en el riñón y timblo de pensarlo. A ver si nos prodigamos mas en el blog.

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