Mantras camino del fútbol

metropolitano

Hace veinte años Ancelotti le dobló las manos a Buyo con un cañonazo desde treinta metros y dormimos una noche negra, la de San Siro. Los esbirros de Berlusconi nos endosaron cinco chicharros en la frente como cinco soles. Era el Milan de los holandeses, ese que no nos dejaba pasar de medio campo ni a base del oficio de los atronadores huevos de Hugo Sánchez. Ahora, con la vuelta de nuestro amado presidente Floren, suena para ocupar el banquillo madridista el ínclito ex jugador italiano, que es como un hijo de otro tiempo. Se me antoja que el spaghetti no duraría dos semanas en las fauces de las fieras que habitan el Bernabéu. El martes pasado sufrimos otra de esas noches para recordar con amargura, la de Anfield y el jodío “niño” Torres. Los atléticos se reían en sus cubiles y nos martirizaban con sarcásticos sms, ese decadente medio de comunicación en los tiempos duros que corren. Sólo un día les duró la alegría, abandonados a su suerte y a las ideas de un entrenador salido también de la era del cromagnon futbolístico. Abel Resino, a pesar de esa cara de chaval durete, en su etapa como pelotero de segunda clase, se pasó casi una década llorando penas y echándole la culpa de las desgracias colchoneras al empedrado de oro de su mal vecino del norte. Qué tiempos aquellos cuando los dos equipos habitaban en mi barrio. Unos en Chamartín, los otros en El Metropolitano. Sólo había que bajar una de las cuestas de esta montaña que habito, hacia un lado o hacia el otro, para convertirse en fanático de cualquiera de los dos colores; la ladera interminable que conduce a la Castellana o el caminito de minivalles y minimontañas que serpentea hacia las orillas de la Ciudad Universitaria. En las curvas con aforo ilimitado de los fondos del Metropolitano chillaban muchos madridistas ocultos, mientras que en el gallinero recién construído de Chamartín vociferaban muchos truhanes vocingleros (los bocazas de la época) con el pijama a rayas rojiblancas bien tapado debajo de la ropa, lo que por otra parte venía muy bien a estos últimos para atenuar el cortante viento del este que barría en invierno esos vetustos graderíos. Era una afición única que se dispersó cuando Vicente Calderón trasladó a sus sufridas huestes a la cruel servidumbre de la zona sur de Madrid, a la tierra que cruza el putrefacto río Manzanares.

maite-zaldivar-008Las imágenes que nos quedan del estadio Metropolitano, que ni yo mismo llegué a conocer más que a través de relatos sobre antiguas leyendas, dibujan grises tardes de inexistente gloria perdidas en el infecto tiempo. Lo mismo ocurre con “La Pouppée”, antro donde tantos puteros se han encontrado y reencontrado, donde nuestro glorioso Julian conoció a Maite Zaldívar. El top-less de la “muñeca” me sorprendió la semana pasada con el cartel de “Se Alquila” colgado sobre su cierre. Ya comentábamos hace tiempo que este sui géneris bar de copas tenía unos horarios de apertura la mar de raros. El portero con bombín, al estilo del Ritz, que guardaba su puerta, cada vez hacía menos acto de aparición. Al pasar los viernes por sus cercanías siempre imaginábamos al gran caudillo Muñoz admirando los pechos de su Maitechu querida, durante aquellos primeros tiempos en los que ambos se ganaban el pan como buenamente podían. A buen seguro que ahora, entre las bambalinas vacías del local, se producirán fenómenos extraños: poltergeist que vacían las botellas de Whisky DYK Reserva 7 Años abandonadas, psicofonías con carcajadas de algún cliente borracho o de alguna barrista americanista subida de revoluciones, apariciones espectrales de señores con bigote y carnet de Falange o de ectoplasmas con las tetas al aire.

bermejoNo sería de extrañar que algunos decadentes clientes habituales hayan llorado a sus puertas la pérdida de este club social de postín. Es posible que el ex ministro Bermejo, que vivía hasta hace pocos días a escasas dos cuadras de distancia del bareto (en un piso reformado a golpe de talonario por el estado), hiciera alguna escapadita a pillar cacho al local. Tendría mucho éxito entre la muchachada de gachises gracias a su impactante sonrisa etrusca Profidén de chimpancé afortunado. Ni tampoco se descarta que Alan Kennedy, el mítico pelotero que le metió el gol al Madrid en la final de París del 81, hiciese una excursión por el antro puteril de Plaza de España durante la última visita de su Liverpool a Madrid. Cómo nos amargó la noche el señor Kennedy. Recuerdo aquel partido hipnotizado delante de la tele. Esperábamos ansiosos, los jóvenes y los viejos del barrio, que aquel Real Madrid de los García, de Camaho, del joven Agustín, de Del Bosque, de Stielike, de Juanito, Santillana y Cunningham, saltase al campo a redimir más de dos décadas de pobreza e ignominia. Un mal presagio se ciñó sobre nuestras gargantas y nuestros culos blancos desde el comienzo: una grúa tiró por accidente un tendido de cables y no llegó sonido directo del partido hasta bien entrada la segunda parte. El choque transcurrió gris, entre un aséptico silencio ambiental sólo aderezado por los sosos graznidos del comentarista que  toreaba el desaguisado  desde Prado del Rey. De repente, Alan Kennedy se encontró un balón y fusiló al eternamente apollardado Agustín, que tuvo que convivir, ya para siempre, con esa herida irrestañable. El cancerbero gallego se arrastró durante años por los banquillos, envejecido prematuramente, hasta casi su fin. Sólo era titular de tarde en tarde y en partidos amistosos. En uno de esos bolos, contra el Spartak de Moscú, nos colocamos en el fondo norte, despoblado de público, con el deseo de desquiciarle, por pura diversión. No paramos en los cuarenta y cinco minutos de aquella segunda mitad de decirle que estaba acabado, que era un anciano, y de preguntarle si tenía el lumbago inflamado. Nos regaló algunas miradas asesinas para el recuerdo, y debieron hacerle mella nuestras palabras, pues, inexplicablemente, montó en cólera a pocos minutos del final, comenzó a correr como un pollo sin cabeza a protestar hasta el centro del campo y el pobre árbitro no tuvo más remedio que expulsarlo.

alan_kennedy_celebra_liverpool_gano_champions_real_madrid_1981Años más tarde, cuando el espigado mancebo ya estaba retirado del balompié profesional, volví a encontrármelo. Entrenaba a un equipo de niños en un campo de tierra perdido del barrio de Peña Grande. Como resultado de un eterno bucle existencial temporal a merced de un retorcido déjà vu, un tipo que pasaba junto a la valla de alambre del recinto le espetó de repente: “Agustín, qué viejo estás”. Él le contestó con un ágil y chulesco grito: “sí, estoy viejo, pero forrado”. Agustín siguió con el mantra de voces dirigido hacia sus jóvenes pupilos, sin aparentemente atribuir ninguna importancia al incidente. La frecuencia, la cotidianeidad o el tiempo actúan como bálsamo protector, como Gelocatil atenuador de dolores eternos. En las noches mágicas del Bernabéu vikingo de finales de los ochenta siempre sonaba la misma canción mántrica, cuyo videoclip nos inyectaban a todo volumen para encaminar nuestras obtusas y borrachas mentes hacia aquellas remontadas imposibles de la “Quinta del buitre”. Era el “live y life” de los teutones Opus , horterada de estribillo regurgitable hasta la saciedad. Butraqueño parecía físicamente una bastarda copia engominada de Eddie Cochran cantando el “Summertime blues”. Ese sí que era un himno. No hay nada mejor en este mundo que ponerlo a todo trapo en la radio del coche, tronando junto al “Papa’s got a brand new bag” de Ottis Reding (su versión es infinitamente mejor que la de James Brown,  y mira que ésta es buena) y pisar el acelerador. Ni mantras budistas ni hostias.

gachas@excite.com

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~ por Joputa en marzo 12, 2009.

4 comentarios to “Mantras camino del fútbol”

  1. VAya, vaya, como ha escocido lo del Liverpool jejejejeje. Menudos madridistas jejejejej

  2. Dientes Bermejo, que es lo que les jode.

  3. Nos ponemos nostálgicos, ¿eh? Hugo Sánchez está en mis primeros recuerdos futbolísticos, un puto crack. Ya no quedan jugadores así. El honor el el terreno de juego suena a algo rancio, y no debiera ser así. Me gustan los jugadores como Iniesta, que actúan como personas normales… en el caso contrario tenemos a Etoo. El otro día me defraudó Casillas, haciendo teatro en el campo.

  4. Y, por cierto, ésa es una de mis canciones favoritas de Brown.

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