Deflación

nagawa

Febrero de 2009, días antes del cataclismo deflacionario. No se sabe cuantas jornadas quedan para el holocausto monetario, pero se ve, se siente (como decían en el fondo Sur del Bernabéu: “se ve se siente, Juanito está presente”). El ministro de finanzas japonés, Soichi Nakagawa, acude a un acto del G-7 en Roma puesto hasta las cejas de sake. Se tambalea, no articula palabra y casi se duerme ante las preguntas sagaces de los llenapapeles de turno. El país nipón perdió durante el ejercicio pasado el doce por ciento de su producto interior bruto. La situación no llama a pillarse un pedo, sino a hacerse el hara-kiri directamente, sin pasar por la salida. Juguemos al Monopoly hasta el final. Hace un par de años, en nuestras reuniones de amigos, cuando se sacaba el tema de la bajada del precio de la vivienda en España, todos nos ufanábamos en proclamar que sería imposible que eso ocurriera, que como mucho se estancaría el mercado, pero que nunca, nunca bajaría. Cada uno soportaba la procesión interna, el reconcome de que estábamos mintiéndonos como bellacos para evitar pensar en el peor de nuestros mundos posibles, aquel en el que el sistema falla y todas nuestras estructuras vitales se van al carajo. No nos daba la gana creer aquello que era una verdad a voces, preferíamos pensar que nunca iba a tocarnos la china. Las cadenas de nuestras hipotecas forzaban a que nos impidiésemos observar la realidad sin filtros, para no cagarnos en los pantalones de miedo, como cuando evitamos pensar en la muerte para no bloquearnos. Deberían habernos obligado a visionar el documental “Historia del saqueo”, para que abriésemos los ojos y nos diésemos cuenta de que el K.O es posible, que por muchas exclusas o excusas que le pongamos el sufrimiento está ahí, a la vuelta de la esquina; que ni la ciencia ni el sistema son perfectos porque los humanos no lo son ni por asomo.

ronhowardA estas alturas de la película de nuestra vida hay que ser tonto, muy gilipollas, para no darse cuenta de que las ideas preconcebidas que tenemos a cerca de cualquier cosa no son más que inventos banales. Me temo que, en el futuro más próximo, viviremos tiempos de añoranza, echaremos de menos la fe ciega que proyectábamos sobre el progreso. Edificaremos nuestra existencia al estilo de Stephan Zweig en “El mundo de ayer”, aunque sin nazis persiguiéndonos; no obstante tendremos a los bancos y a los cobradores del frac pisándonos los talones. Yo atesoraba un pensamiento que creía claro y transparente, cierto e indudable: que Ron Howard era un patán dedicado a gastar mucho dinero en obras infumables. He tenido que envainármela y reconocer que detrás de esa calva, de ese rostro de estúpido, había algo más que cartón y serrín. Porque no se puede negar que, por fin, después de muchas mierdas, premiadas y sin premiar, “El desafío, Frost contra Nixon”, está rodada con las tripas (Frank Langella es un absoluto gigante). La semana pasada leía una entrevista a Nacho Mastretta en la que él afirmaba que había estado unos años equivocándose al componer esclavizado a las bastardas tecnologías actuales. No le ha quedado ni una pizca de amor por el Qbase. El insípido sabor del ordenador privaba a sus composiciones de los silencios, contrapuntos e imperfecciones que las entrañas de la música transportan. Son esos entresijos los que les faltan a obras tan aparentemente maravillosas y limpias, estéticamente hablando, como la última parida de David Fincher “El curioso caso de Benjamin Button”, que a primera vista parece deslumbrante, pero que, pasado un rato, no deja más que el poso de una estresante vacuidad con olor a anuncio de perfume regalable del día de los enamorados (qué malo que eres, Brad Pitt, cojones). Parece un tópico, pero no hay nada más cierto que en muchos momentos, como en estos de infecta crisis, puede funcionar el “hágaselo usted mismo” puramente Sexpistoliano, y que la técnica depurada no es garantía de nada si no está gobernada por el sucio sentir interno del autor; es el eterno debate artesano-artista. Algunos se pasan de vueltas con este conflicto, como Mickey Rourke, ahora atravesando la etapa de su enésima resurrección-reconstrucción con “El luchador”.

herreroTanto Howard como Rourke fueron expulsados en su día del paraíso por motivos alcohólicos y lisérgicos. Lo mismo que Luis Herrero ha sido echado a puntapiés del paraíso tropical venezolano de Chávez. El eurodiputado-“periodista” cree que sigue siendo un joven contestatario y rebelde, pero lo es al estilo del personaje que Ron Howard interpretaba en “American Graffiti”: acartonado y conformista conservante chico conservador. Difícilmente la sartén de Herrero puede decir al cazo Chávez “apártate, que me tiznas, so dictador”. No se puede cantar con huevos como Joey Ramone y pensar cómo Johny Ramone a la vez, ser un punk-rocker y mantener posturas cercanas al Ku-Klux-Klan, uno acaba dándose de hostias dentro de sí, o trabajando en la COPE.

Ay, las raíces interiores, profundas, cada cual con sus conflictos y sus miserias. Mark Knopfler se mantenía malamente con la poca plata que tenía, vivía al día, sin lujos ni estridencias, escaso de divismo. Tenía entonces sangre sin mezcla de horchata y no conocía los sonidos electrónicos ni por el forro. Su primer disco sonaba a fluidos corporales corriendo por las venas, el segundo olía al viento de las Bahamas. Más tarde, él y sus secuaces se perdieron navegando por la mierda, en el viaje de vuelta desde las islas hacia la metrópoli aborrecible. Sólo me consuelo pensando en que siempre nos quedará París y en esos ratos que, sólo tú y yo, sabemos. Frases hechas, pero es lo que hay por el momento, total deflación.

gachas@excite.com

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~ por Joputa en febrero 18, 2009.

2 comentarios to “Deflación”

  1. Jodó con el japo, que pedal, pero solbes va mucho más puesto que este tío, no le ponen agua en la taza precisamente para decir las cosas que dice.

  2. que le pasa a esto del supersuker, que le pica, pero me gusta aunque no entiendo. seguire a ver si me entero de algo de ustedes. argentina os saluda.

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