La inútil resistencia de los patagones

patagon

Cuando en Madrid hace una temperatura ambiente de menos de cinco grados centígrados y salgo a montar en bicicleta sucede que, durante un rato al principio de la cabalgada, los dedos de las manos se me quedan insensibles, congelados (suelo llevar guantes cortos porque los largos me resultan incómodos). Sin embargo, las putas de la Casa de Campo siguen ahí, impasibles, con sus ligueros y sus mínimos tangas. Resulta maravilloso ver como, a pesar de las gélidas temperaturas que nos está regalando este invierno, las que algunos cursis llaman meretrices son capaces de sacarse las tetas al cortante pairo del viento del este. Una de ellas, ya de largo cincuentona, hace el gesto de auto-stop con el pulgar cuando paso a su vera. Cuenta la leyenda no urbana que los Patagones campaban por su país en taparrabos antes de la colonización española. Su cuerpo era insensible a ese frío de cojones (ellos los llevaban colganderos) que hace por aquellas latitudes. De repente, un día aparecieron por el horizonte los bienintencionados misioneros españoles. Esta cuadrilla de curas y frailes quedó instantáneamente hepatada por semejante espectáculo de desnudismo demoníaco. Era algo, aunque terriblemente erótico, intolerable. La suerte estaba echada. En pocos años el clero hispano impuso entre los patagones la utilización de la vestimenta de lana, que los liberaría del frío reinante, e impulsó una feroz campaña en favor de la higiene corporal de los “indios”, acostumbrados hasta entonces a no lavarse, y a los que la mugre protegía la piel a modo de un escudo antimisiles. El cono sur sudamericano, en pocos lustros, dejó de apestar a curtida sobaquera. Las axilas de los indígenas ya no resultaban tan hediondas, pero no sólo por la limpieza reinante, sino también porque las enfermedades europeas diezmaron a los patagones hasta casi extinguirlos. Privados de su natural suciedad cutánea y ataviados con prendas de lana empapadas por las frecuentes lluvias del lugar, los aborígenes de esa maravillosa (pero hedionda) tierra no tardaron en hacer mutis por el foro y casi desaparecer.

deng1De los patagones ya sólo queda el nombre de un banco y poco más. En sus ropajes deberían haber insertado la advertencia que dice, como es obligatorio hacer constancia en las capas de Supermán que se venden en las tiendas de disfraces de Yankeelandia, “no vale para volar”. A Deng Xiao Ping se le ocurrió un día afirmar aquello de “qué importa que el gato sea blanco o negro, lo importante es que cace ratones”, y le costó unos años relegado al trullo y al ostracismo. Qué majete que era Mao con quien le tosía un poco. Las teorías del avance tecnológico lineal deberían revisarse, y algunos de sus defensores ser agarrados mediante ganchos por sus partes pudendas. Hace unos días, el diario digital de “El Mundo” fue rediseñado. Su nueva imagen se declara más limpia, más blanca, portadora de una letra más grisácea, de tono más elegante y chic; es más bonito, más neoclásico, más…. Se nota que su nuevo diseñador no lo lee, ya que su novedoso aspecto dificulta su función; quema mis retinas y me hace más penoso (ese periódico ya lo es de por sí, sin los cambios) encontrar de un simple vistazo la inmundicia que su producto emana. Dios da agua a quien no tiene sed y ojos al que no quiere ver.

Entre prostitutas y bicicletas pasa la tarde. En un camino me encuentro con el cadáver de una cotorra argentina de pecho gris. No, no es una broma, ni un doble sentido; ese difunto pájaro formaba parte de una especie de papagayo que, tras la fuga de algunos de sus hermanos de sus jaulas o al ser abandonados por parte de algunos de sus estúpidos dueños, se ha instalado en los grises madriles de principios de este controvertido siglo XXI. Estos bichos verdes campan en bandadas por los parques de mi sucia urbe desde hace ya más de un lustro. Construyen enormes nidos en las copas de los árboles que los empleados de limpieza de Gallardón se dedican de tarde en tarde a destruir o a fumigar, y ellos protestan ufanos graznando al ver desde a los peligrosos humanos que como yo pasan bajo sus macrourbanizaciones hechas de ramitas. Es sorprendente como estos grajos tropicales se han adaptado al antro mesetario. Sospecho que la inevitable selección natural está haciendo mella en las polladas de las loras. Al menos me gustaría que esta evolución Darwinista no forzase el cambio de color de su plumaje, que el jodido mimetismo no los convierta en pajarracos agresivos negruzcos, como lo son las urracas, ancestrales carroñeras moradoras de estas tierras, a las que ahora las cotorras hacen ahora la competencia. Resulta, cuando menos curioso, que en la zona más llena de mugre, en la ribera del Manzanares junto a la maloliente depuradora de Puerta de Hierro, se puedan ver estos días aves de todo pelaje.

david-bowieY mientras regreso a casa por la infecta orilla del río, y miro como degluten inmundicias las negruzcas ánades y las picudas cigüeñas sin miedo a tragarse la mierda, me cruzo, en uno de esos parajes sólo habitados por la fauna ciclista, con un calé montado en una vetusta bicicleta Wheeler. Me intriga saber de dónde habrá sacado el zagal de la ciénaga una reliquia con semejante clase, un rombo de metal con dos ruedas como el que antaño lucía mi vecino del piso arriba por esos caminos de Dios. Muchos se preguntaban, cuando éramos chicos, cómo dejaban a mi compañero de tabique subirse en una bici después de haber perdido la visión de un ojo mientras jugaba con su primo a correazos, cómo sus padres no salvaguardaban a toda costa el único faro que le quedaba. Me gustaban el color grisáceo con el que había quedado teñido su cristalino y su pupila para siempre dilatada, que le había convertido en el auténtico doble de David Bowie. Mientras el mozo convalecía en el hospital de La Paz, mientras lloraba sus penas en la cama, mi madre quiso convertirle en tuerto feliz por un rato. Mi progenitora empaquetó mis tebeos de la colección OLÉ de Mortadelo y Filemón, esas joyas que mi padre me compraba los domingos por la mañana que yo atesoraba como oro en paño, y los llevó, no sé si con nocturnidad pero sí con alevosía, a la orilla del lecho del niño doliente. Hubiese sido inútil resistirme. Juré venganza eterna contra ella. Aun la tengo por aquí cerca. Ayer nos pegamos un par de gritos. Somos como dos gotas de agua en medio del puto mar de tiempo y  espacio. Me gustaba David Bowie. Creció en una época en que no existían los implantes en la dentadura, y no le importaba lucir toda la piñata torcida. Esa canción, “Queen bitch”, ese día estuvo dedicada a mi madre.

gachas@excite.com

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~ por Joputa en enero 23, 2009.

4 comentarios to “La inútil resistencia de los patagones”

  1. Flipo con las citas, eso no lo pudo escriir el borracho, imposible.

  2. En mi pueblo hay patagones de estos. Oye, y la Wheeler no puede ser tan antigua, no hace tanto que las fabrican creo yo.

  3. andas engullendo redbull? el súbito ritmo de tus engendros anuncia algo grande?, ten cuidado el nivel de tu productividad está alcanzando la línea verde de apto para el sistema, estás abandonando la senda de los hippies?, porque entonces tendré que dejar de calzar mis botas de tacón de aguja made in italy

  4. Más bien fue al revés, los españoles adopataron la costumbre de los indios de lavarse, en contra de la creencia popular.

    ¿Y cómo que te gustaBA Bowie? ¿Qué pasó?

    En Galicia, un buen número de aguerridos hombres -entre los que me incluyo- practicamos el deporte de andar todo el año en camiseta. Y es que, ya lo decía mi abuela, cunado más te abrigas más frío tienes.

    Un placer leerte.

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