Hijoputismo

Me sacaron una muela del juicio, pero el dentista de la S.S (parece nazi pero no, se trata de la Seguridad Social) no pudo extraer de mi encía todas las raíces. Después de la carnicería y de dejarme dormido medio cráneo, me envió para casa con un volante destinado a llevarme a la consulta de cirugía maxilofacial, para la cual, por obra y gracia de la masificada sanidad madrileña, no me dieron cita hasta tres meses más tarde. Aguanté los dolores como buenamente pude, me alimenté durante una semana invernal a base de gazpacho y me dopé a conciencia en los peores momentos. Finalmente, tras visitar a una atractiva odontóloga argentina, decidí que las raíces se quedarían en mi cuerpo hasta que les diese la gana. Ahora parece ser que tienen necesidad de buscar la luz, como Caroline en “Poltergeist”, y sus picos comienzan a verse sobresalir a través de mi carne, haciéndome a ratos ver las estrellas sin necesidad de telescopio. Ya se sabe el dicho de “todos andamos por la cuneta, pero algunos miramos las estrellas”, aunque creo que no es muy aplicable en este caso.

También arrastro hipersensibilidad en una muela. Un empaste defectuoso tiene la culpa. Me lo efectuaron, a un módico precio, los alumnos de la escuela de odontología Alfonso X el Sabio; qué ironía del destino semejante nombre. Dice otro dicho “jugar por necesidad, perder por obligación”, y en la casa del pobre suele ocurrir que lo barato sale caro. Mi ahora dentista de cabecera, una simpática señora colombiana, dice que, si quiero acabar con mis ocasionales escozores, tendré que hacerme una endodoncia, y que en un futuro, si tal cosa se rompiese, sería menester colocarme un perno implantado. No hago más que pensar qué tiempos tan felices eran los pasados, cuando David Bowie y Fredy Mercury lucían orgullosos piñatas imposibles de dientes mirando unos para Burgos y otros hacia Albacete. Esta moda de “arréglese el rostro por unos euros” apesta, no nos engañemos. La teta siliconada (perdón, el pecho, como se dice ahora), como ya he dicho en repetidas ocasiones, no me pone nada. Sólo sería partidario de unos millones de transplantes de cerebro, y parece ser que eso no será posible a corto plazo, que la ciencia es mucho más lenta de lo que nos hace creer Punset los domingos por la noche.

La era del postizo hace tiempo que llegó, la de las prótesis corporales, la de las pieles de inocente lobo para disimular a los bobos corderos, la de las cuentas bancarias más falsas que un duro de madera. Ya sabemos que los banqueros no van a salvar a la especie cuando el sol se apague, suponemos que no serán ellos los que encontrarán un planeta habitable lejos del pútrido sistema solar cuando nuestra estrella se convierta en gigante roja y nos derrita en la inercia de su inevitable agonía. Los habitantes del planeta banca me recuerdan el chiste del misionero y el león. El ministro de la cristiandad corría por la selva con el rey de la ídem corriendo detrás suyo con aviesas intenciones, ya que el gran felino aparentaba tener más hambre que el perro de un invidente. De repente, el clérigo se tropieza con la sotana, cae al suelo, y, al ver a Leoncio preparándose para abalanzarse, grita al cielo: “Dios mío, haz que este león se vuelva cristiano”. Pero el felino se pone de rodillas, junta las patas delanteras y, mirando hacia arriba, recita el estribillo: “señor, bendice estos alimentos que vamos a consumir”.

Es difícil, si no imposible, ocultar la aviesa personalidad, por mucho que uno se disfrace. No puedo dejar de sentir simpatía por el gran Julián Muñoz, que pronto podrá disfrutar del tercer grado penitenciario e irse a fornicar con su peluda tonadillera. El icono de la hispanidad y ex alcalde, en una de sus cotidianas visitas a los juzgados, lucía hace unas semanas en su muñeca, antes acostumbrada a los Cartier, a los Rólex, a los Tag-Heuer, un mísero Casio exacto al que yo llevaba antes de que decidiese dejar de portar medidores de tiempo en la muñeca. El cráneo grasiento y despeinado de Julián, su inconfundible color y aroma a talego que diría Serrat, no pueden hacerme olvidar que este ahora harapiento desecho pisará en breve la calle más contento que unas pascuas, que le recogerá el Mercedes de turno, que dirá a su chófer que ponga rumbo a Gibraltar a revisar las cuentas de sus sociedades, que llamará de camino por teléfono a su testaferro de las islas Caimán para comprobar como están sus activos, que hará una parada para desfogarse con alguna lumi de turno, y que, finalmente, llegará a la finca La Cantora hecho un galanzote de culebrón venezolano para cantarle a su gitana: “your eyes are as big as your bubbly toes”.

gachas@excite.com

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~ por Joputa en octubre 15, 2008.

2 comentarios to “Hijoputismo”

  1. Carolineeeeeeeee ve hacia la luz!!!!!!!!!!!!!!!!

  2. Ahora que alguien ha osado por fin, solo por dinero, tocar tu pútrida boca, sajar en un limpio corte longitudinal la parte más oculta de tus rosadas encías, y extraer de allí restos oseos sanguinolentos plagados de repugnantes bacterias, tu execrable halitosis debe de haber dado un salto de calidad hacia lo infrahumano, un viaje sideral en el hiperespacio de la náusea hasta convertir tus fauces en el pozo negro que el estercolero en el que se ha convertido tu cerebro se merece. Enhorabuena.

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