¡Hay que joderse!

Soy un tío raro. Por las mañanas leo, como todo hijo de vecino, las páginas de deportes del periódico (Enric González, donde quiera que estés, eres mi héroe), pero luego me enfrasco en las páginas de economía. Cuando gana el Madrid alguna liga o similares estúpidas competiciones me invade una irracional satisfacción, lo mismo que cuando leo que quiebra algún banco o que las bolsas se hunden en la mierda. En el colmo de mi rareza me paso las horas muertas viendo el Canal de Historia tumbado en mi catre, pero también me solazo observando programas del corazón de todo pelaje y me carcajeo viendo pelearse como hienas a los concursantes de Gran Hermano.

Sí, yo era fan de Aquí Hay Tomate. En el fondo, dicho programa se parecía un montón a la clase de metafísica a la que he asistido esta tarde-noche; en ambos casos se trataba de explicar cómo el género humano se complica la vida todos los días con gilipolleces. A veces me pregunto si alguien me observa en el aula y piensa quién será ese tipo greñudo demodé y viejuno que hace como que atiende, pero que tiene siempre un sudoku a medio rellenar bajo el folio de apuntes. Cuenta la leyenda que Siddartha Gautama, alias Buda, se sentó bajo un árbol bodhi durante siete años a meditar, a buscar en el silencio y la paz más absolutos el porqué de las cosas, de la existencia humana, animal y mineral; a ratos pensaba en enormes platos de pollo al curry, pero la trascendencia de su brutal tarea le hacía abandonar, rápidamente tan fútiles deseos. Una tarde un padre y su hijo se acercaron al río que corría junto al árbol del señor Gautama y se pusieron a pescar. El padre aleccionó al hijo diciéndole: “si tensas demasiado el sedal se rompe, y si lo dejas flojo nunca pescarás”. De repente, al escuchar estas palabras, Buda se levató de un salto, dio un respingo y gritó a los cuatro vientos: “¿qué coño he estado haciendo estos siete años, joder?”.

No había, evidentemente, respuesta alguna para el exabrupto del citado patriarca religioso. Ni Richard Gere sabría desentrañar tal enigma. Al menos el genial Siddartha se dio cuenta a tiempo, y esos años no los tiró del todo al retrete, ya que pudo descansar del insoportable ruido de sus semejantes. Una noche de este verano, llevado por mi insufrible sueño ligero y mi oído asquerosamente hiperdesarrollado, escuché un ruido casi inapreciable tras el tabique de mi tienda de campaña. Me asomé con sigilo y comprobé que era producido por un simpático gato entretenido en hurgar en la bolsa de mi basura. Los gatos son tan ladrones como los brockers, lo tengo muy comprobado, pero son personajes mucho más agradables. Esta semana mi fino conducto auditivo provocó que me despertase a las tres de la mañana en la oscuridad de mi habitación ante los gritos de mis vecinos, que discutían porque ella le había recriminado que le hubiesen expulsado de una discoteca al pillarle metiéndose un tirito en el retrete. No le regañaba por la rayuela consumida, sino porque a ver ahora donde iban a ir a bailar regaeton. Llevo años buscando un árbol bodhi bajo el que retirarme, pero el suelo está tan caro por culpa de los especuladores que ya ni hacerse eremita es posible. “The way that you wonder is the way that you choose”, decía la canción que suena en la película de Sidney Pollack (que en gloria esté) “Jeremiah Johnson”; y una mierda, diría yo.

El reciente premio Nóbel Le Clézio dice: “escribir es escuchar el ruido del mundo”. Y en la academia sueca comentan que la literatura norteamericana es suburbial y secundaria respecto a la europea. Dios santo. Con estas frases pedantes se explica que a Europa le sobren los motivos para pudrirse. Las profecías eran ciertas, Nostradamus nunca falla: sonarán las trompetas del Apocalipsis, las bolsas se hundirán y las gentes no querrán comprar pisos a los promotores del cotarro ni aunque les prometan una churrupaílla. Hasta las prostitutas de la Casa de Campo están notando la crisis existencial del liberalismo, su eyaculatoria recaudación se está resintiendo. Creíamos en el capitalismo, pero se nos muere en los brazos, pierde el aliento por momentos. Si veis que cierran un Carrefour salid corriendo hacia las iglesias a rogar a Dios por nuestra salvación. Puede que ya no haya remedio para lo nuestro. Pero, ¿todos se han rendido?: no. Un banco, poblado por irreductibles banqueros resiste ahora y siempre a la crisis invasora, con un líder mágico que les hace invencibles, Botín, capaz de multiplicar los dividendos de sus directivos en época de crisis, e incluso de convencer al PSOE para que le conceda una subvención. “No, no está todo perdido”, grita eufórico el gran jefe Emilio, “siempre nos quedará el amor”, mientras se enciende un puro con un billete de quinientos euros.

gachas@excite.com

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~ por Joputa en octubre 10, 2008.

Una respuesta to “¡Hay que joderse!”

  1. Aleluya, Aleluya, Aleluya, Aleluya, aouuuu (sonido gutural arethiano) !el hijo puta ha vuelto¡ veo la luz, he visto la luz, no no no (sonido gutural arethiano) nos abandones hijoputa

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