Sombras y niebla


Nunca comprendí los preceptos absolutos de la fe cristiana. Me repateaba ir a la catequesis, me resistí a hacer la primera comunión (mi hermana se compró ropa con el dinero que me regalaron) y cuando mi madre decidió que debería cursar el BUP en un colegio de curas, haciéndome así abandonar mi paradisíaco colegio nacional donde me codeaba con la flor y nata de la delincuencia juvenil, casi me da un pasmo. Desde el primer minuto y hasta el pitido final el antro católico me resultó sobremanera desagradable. El olor a orines que destilaba su patio de esquina a esquina sólo era repugnantemente comparable con su infecto interés por hacerme comprender que Dios existía pesara a quien pesase. Fui durante un lustro un extraterrestre perdido entre una maraña de jóvenes convencidos de que Jesucristo era un hombre muy bueno y de que hacerse pajas provoca cáncer en el nervio óptico.

La asignatura de religión, normalmente una “María”, era allí considerada néctar intelectual de dioses. Pero la estupidez argumental de la citada ciencia exacta era imposible de disimular. Sus premisas y conclusiones, en realidad, se resumen con tanta facilidad como el mecanismo de un pedo. A pesar de toda la exigencia lectiva, su materia era difícil de suspender. Pero yo me propuse rizar el rizo, escalando un Everest intelectual, conseguir sacar un cero patatero en un examen de tan magna disciplina.

A las preguntas formuladas por el examinador respondí con impresionantes latiguillos y frases rimbombantes como “Jesucristo era un hombre muy bueno…”, ó “Dios es el juez en la lucha de todos contra todos que es el mundo… Dos folios con semejantes exabruptos impedían, sin embargo, mi expulsión inmediata del colegio, ya que la ironía petulante y falsamente pelota resulta siempre un blindaje perfecto contra los tribunales inquisidores; lo importante es que el insulto ateo no quede implícito.

Mi objetivo se cumplió con creces. Días más tarde el cura encargado de impartir sabiduría me entregó, con cara de impotente asesino en serie, mi examen, trufado todo él con grandes interrogantes junto al texto y con un enorme cero rojo cuajando la parte superior del folio a modo de enorme orto. Me sentí inmediatamente henchido de placer. Por un rato el extraterrestre fue el rey del mambo. Por desgracia, un compañero de fatigas me rogó que le dejase mi ruin panfleto para plastificarlo y ponerle un marco que guardaba en su casa. Nunca volví a ver aquel ejemplar incunable.

Si bien mi cero fue una cima difícil de alcanzar, mi logro se ha visto empañado recientemente, superado de largo y no precisamente por una ascensión de Reinhold Messner al K2 (en solitario, en invierno y con un baltí agarrado a su escroto), sino por el mismísimo Woody Allen. El genio Neoyorkino ha conseguido un cero absoluto valorable así en todas las escalas posibles, desde la de Richter hasta la Kelvin. La semana pasada asistí incrédulo, ojiplático y boquiabierto a la proyección de “Vicky, Cristina, Barcelona”. Prefiero pensar que tan insufrible, petulante, falsa, aburrida y vacía película es sólo respuesta de la calenturienta mente de Konigsberg a un absurdo encargo alimenticio; al menos me consuela pensar que ese tipo capaz de ejecutar maravillas que deberían ser expuestas en los museos como “Poderosa afrodita” ó “Sombras y niebla” sólo atraviesa un largo letargo y que resucitará pronto, que si lleva ya unas cuantas películas más bien fallidas y ahora remata la serie con este esperpento es porque por regla de tres resucitará con alguna de sus genialidades antes de que lo visite su temida parca. Porca vida que todo lo pudre.

La ola de porquería que ha invadido a los estrenos de cine este verano ha sido de dimensiones bíblicas. Ayer mismo, después de leer algunas críticas positivas, acudí a ver el engendro del demonio llamado “Tropic thunder”. Hacía tiempo que me había prometido no visionar nada en lo que estuviera envuelto el gilipollas insufrible de Ben Stiler, pero caí en la tentación vilmente. De lo estrenado durante este estío sólo salvaría el “Caos calmo” de Moretti y, quizás por deformación amistosa, “Un verano en la Provenza” (no sé qué estúpido puso este título a la película titulada en realidad “El hijo del tendero”…). Me caen bien los ancianitos que habitan la campiña francesa, aunque a veces destilen mala leche (visítese Bassoues, pregúntese por monsieur Pierre).

Tengo que consolarme estos días de añoranza gabacha con el visionado compulsivo del programa televisivo “El juego de tu vida”. Un concursante escucha preguntas (de una presentadora que podría abrir una lata de anchoas con los dientes incisivos), previo test, supongo, sometido al detector de mentiras; mediante ese pútrido y exhibicionista cuestionario se pretenden conocer sus mierdas cotidianas; véase primero si es verdad que quiere más a su perro que a su madre; luego aderecemos la intervención inquiriéndole si ha deseado alguna vez la muerte a su padre, con su progenitor sentado enfrente, claro está. A otra concursanta lancémosle a bote pronto la cuestión de si ha fantaseado en practicar sexo con su hermana y de si se avergüenza de su pareja actual. Las respuestas catalogadas como veraces por el inquisidor son obvias, son tan fáciles de acertar como la de la existencia o no de Dios, aun admitiendo ante ese divino razonamiento que sin el pilar firme de la creencia cotidiana de que el sol saldrá por el horizonte la parálisis psicológica nos impediría levantarnos del catre. La vida es una tómbola, no precisamente de luz y de color, pero sí una estúpida tómbola. La conclusión es que al final no te toca el premio gordo, sino el peine de plástico, aunque te hayas quedado calvo. Siempre me he sentido feliz siendo un marciano. Para no ir a la catequesis me escondía debajo de una mesa camilla que había en mi casa. De eso se deduce que también era un poco iluso al pensar que no me iban a encontrar y a arrastrarme de una oreja.

gachas@excite.com

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~ por Joputa en septiembre 29, 2008.

2 comentarios to “Sombras y niebla”

  1. Ya era hora de que escribieras algo, menudo parón…

  2. marciano la presente te dirige al super reportaje sobre las intrigas palaciegas en UNDER-MEDIA. Aquí la marciana número dos estuvo presente en la elección parlamentaria del nuevo presidente sentada al lado de la cónsul norteamericana (con asistente de new orleans, uhmmm) un viva por la rígida separación rígida de los poderes ejecutivo y legislativo norteamericano.

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