Rashida, Ludwig, Emilio y el fin del verano

Cuando circulábamos a aproximadamente ciento cincuenta kilómetros de Madrid los conductores comenzaron a circular como les salía de sus partes. Los camiones adelantaban en plena cuesta bloqueando el carril izquierdo y los todoterrenos de lujo nos superaban, ignorando los peligros del asfalto, a velocidades siderales. Empecé a llamar hijo de puta a todo bicho viviente y a conducir como si escapara de una estampida de ñús en las faldas del monte Mutia. Sin duda habíamos regresado a la capital de España, ya que sus pestilentes olores y costumbres se mascaban en el ambiente. La pesadilla volvía como cada final de agosto.

A la mañana siguiente, me desperté tras una noche de no pegar ojo e instintivamente puse la tele. Ya tenía el mono de caja tonta, después de casi un mes sin verla, y la conecté con tempranera ansiedad. En ese momento se desarrollaba el clásico e infumable debate político matinal, moderado por el hermano de lo que podríamos llamar un “amigo”(ya sabemos que Wittgenstein, en su segunda y lúcida etapa, desconfiaba de las definiciones de las palabras en su teoría de los juegos lingüísticos; decía que cada uno en cada momento y según sople el viento atribuimos un significado diferente a los palabros, y asín no hay quien se ponga de acuerdo, sobretodo ante expresiones mentirosas como “amor” o “amigo”). Pero mi estupor fue máximo al darme cuenta de que tal mozo-presentador se había cambiado de sexo, había engordado cuarenta kilos y se había permutado su nombre de pila para llamarse ahora María Teresa.

Todo es posible en el endogámico mundillo televisivo, y si el hermano de este presentador no conduce ya algún telediario o algún reality al uso es por la simple razón de que padece un leve síndrome de Tourette, que le impide fijar la vista en la cámara que le apunta al careto. Pero todo es posible en esa podrida Dinamarca, sobretodo viendo que lumbreras como Terelu han llegado a pasear su palmito por las pantallas. Hace unos días, en una playa de las Landas, me desternillaba leyendo “El porqué de las cosas”, del genial Quim Monzó, y el citado libro me hacía darme cuenta, por pura odiosa comparación, que padecer el citado síndrome no provoca por regla de tres que te vuelvas una persona inteligente. Unos escriben maravillas, y otros, también aquejados por semejantes males, editan piezas carroñeras en la tele. Vivir para ver.

Hoy, en vísperas de un crack bursátil mundial que nos va a dejar a todos con los calzoncillos (y las calzoncillas, como diría la ministra de igualdad) del revés, algunos piensan abrir sus informativos con las fotos paparazzi de los encuentros furtivos de Aznar con Rashida Dati. El río suena mucho, pero yo aun no puedo explicarme cómo ella, por muchos abdominales que él tenga y por muy trepa que sea la reina mora, puede arrimarse a la cebolleta de semejante adonis. El expresidente amante del vino antes de conducir ronda ya los sesenta, mientras que la bella bereber atraviesa, cual camella grácil, la cuarentena. El bombo que ella transporta puede ser un arma de destrucción masiva para las bases ideológicas del PP, donde las peras deben ir con las peras, las manzanas con las manzanas y los nabos no deben meterse más que en la hoya propia bendecida por la iglesia de Rouco.

Se termina, indefectiblemente, el estío; caen las primeras tormentas preotoñales, se inundan las M-30 de turno y las gentes gaseables salen a ensuciar Madrid durante la “noche en blanco” para demostrar, una vez más, que a esta ciudad le sobran tres millones de personas para llegar a ser un lugar agradable. Las masas borreguiles, cual crecida del Manzanares, adornan la Gran Vía con caras de estúpidos admiradores de arte. Mientras todo esto sucede, en una playa del norte, que podría ser la de L´Etretat, entre el rumor de las gaviotas, Rodríguez Menéndez se yanta una mariscada en compañía de Exuperancia Rapú. Ambos observan la puesta de sol con una sonrisa en los labios. Algunos dicen que él escapó a Paraguay, otros que a Transilvania. Emilio pasa una mano por el orondo pandero de la negrona, suspira y musita el latiguillo: “mañana será otro día, ángel mío”.

gachas@excite.com

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~ por Joputa en septiembre 15, 2008.

2 comentarios to “Rashida, Ludwig, Emilio y el fin del verano”

  1. coño por fin algo rico, rico, rico del norte: Aznar y Rashida? estoy perdida en las marismas de la ignorancia carroñera, lo siento. Qué fuerte, qué fuerte, quién tuviera el tomatito a mano… TE HAS COLGADO con los dos meses de abstinencia……

  2. Coño escribe pronto porque cada vez siento más hastío de vivir en esta mierda de terráqueo… dinero estatal para salvar a los tiburones financieros para que sigan estrangulándonos con intereses, comisiones, muerte a los usureros, una muerte dolorosa y lenta que sirva de ejemplo en la plaza pública

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