El crepúsculo callejero de los ídolos

Siempre he odiado a la selección española de casi todos los deportes. Hasta donde alcanza mi memoria recuerdo mi sempiterno deseo de que la selección rojigualda perdiera los partidos que disputaba. Nunca le he tenido el más mínimo cariño a este rebaño nacionalista. Tampoco es que yo pueda dar respuesta a quien me pregunte por esta fobia infantil, simplemente es así, existe ese sentimiento intrínseco de rechazo en mi subconsciente freudiano, y quién sabe si no es una de esas ideas innatas que, según defendía el espadachín Descartes, habitan en nuestro intelecto desde antes del nacimiento.

Durante mi niñez se fraguó un odio a igual escala hacia la religión y la patria. Me escondía debajo de la cama para no tener que asistir a la insufrible catequesis, a la que mi madre me obligó a ir durante aquellos locos y católicos años setenta. Pero, a pesar de mi férrea oposición, la hostia la tuve que tomar de todos modos. Existen imágenes impagables de mi familia vestida de gala, con pantalones de campanaza y solapas de fantasía incluidas, pero la pena es que a la celebración no asistieron ni niñas en minifalda ni tocaron canciones de los Rolling (a pesar de que esta última frase suena pestilentemente a Ismael Serrano, tranquilos, también le odio a él).

A lo largo de mi pubertad y mi adolescencia el vicio por denostar el españolismo se fue acentuando hasta hacerme pasar en algunos momentos por situaciones embarazosas y peligrosas para mi integridad física. Recuerdo como en los cuartos de final del mundial 86 de baloncesto ricé el rizo de la peligrosidad asistiendo a un encuentro entre España y Canadá con una bandera del Atlético de Madrid convenientemente tuneada mediante una hoja de arce de cartón pegada en el centro y, mientras el resto del pabellón coreaba el himno español, un amigo y yo tocábamos nuestras trompetas de chirigota al unísono para sorpresa de Manolo el del bombo, que pasaba por allí  y se sorprendido desagradablemente ante nuestra poco patriótica actitud . Toda una machada (tampoco piensen mal en este caso, no soy del Atlético ni por asomo de banderita).

Los lastres del pasado, acuñados en el útero social o el materno, nos acompañan y persiguen como polla al culo inevitablemente durante toda nuestra vida. Ahora que se anuncia a bombo y platillo la Eurocopa de fútbol ese sentimiento cabrón vuelve a invadirme. Pero Luis Aragonés me cae bien. Un hermano suyo habita en mi sufrido barrio. De hecho, todos los hombres de más de sesenta que viven por estas latitudes se parecen increíblemente al tipo éste de Hortaleza. Son los típicos personajes de posguerra, de pelo sucio y canoso, con cara de pendencieros y amantes del desayuno a base de Cazalla. Mi padre me contaba que asistió a aquel mítico partido en Chamartín en el que el gol de Marcelino derrotó a la pérfida Unión Soviética. No cabía un alfiler en aquel coliseo del Franquismo; las masas asistieron a la victoriosa hazaña de la reserva espiritual de occidente con caras de bobo y sudando todos al unísono como piojos encosturados. Hasta Lev Yachín sintió piedad al ver a aquellas cien mil personas vestidas de gris, esa juventud que fumaba Celtas y bebía vino peleón en las costrosas tabernas (por otra parte lugares mucho más salubres que franquicias infectas actuales como “Gambrinus” o “Cañas y tapas”).

Hace algunos años que casi me volví ateo respecto a la religión del fútbol. Durante más de tres décadas asistí a los fervores del estadio madridista, al nacimiento y caída de ídolos de barro vestidos de blanco. Sin embargo, a pesar de mi alejamiento y sin explicación razonable posible, sigo sintiéndome miembro de esa tribu. Mamé el fútbol de la calle, lo respiré a pleno pulmón aunque al entrar el nuevo siglo dejé de jugarlo. También dejé de asistir a las jornadas gloriosas del estadio, a esas tardes y noches de pipas, alcohol y violencia verbal (bastante graciosa, por cierto). Es muy difícil verme nervioso compitiendo o viendo competir. Los mitos y la ontología se me caen de las manos y se hacen añicos en el suelo con gran facilidad. Para mí es mucho más provechoso mantenerme siempre agnóstico en torno a cualquier asunto gobernado por el género humano. Escéptico puede ser la palabra. Fui muy precoz en dejar de creer en los reyes magos, en el panoli de Papá Noel, en príncipes y princesas; ni siquiera estoy seguro de que un día me asome al balcón y no pueda ver la rojez de la estrella polar, que se vislumbra todas las noches no nubladas desde mi ventana. El día menos pensado construyen una casa más alta delante de la mía y me tapan su vista, las empresas ladrilleras son así. Por esa peregrina razón sueño con que esta crisis se las lleve por delante, a la tumba más fría. La lluvia dura que está cayendo puede que los arrastre a todos por el sumidero. Pero que no se lleve el fútbol, uno de los manjares podridos que nos quedan a algunos para degustar. A otros les apetecen porquerías como las anchoas o la mojama. Pero el que no haya pisado alguna vez una mierda, que tire la primera piedra.

gachas@excite.com

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~ por Joputa en junio 5, 2008.

2 comentarios to “El crepúsculo callejero de los ídolos”

  1. […] mystico Escribio un articulo buenisimo hoyAqui hay un pedazo del articuloAhora que se anuncia a bombo y platillo la Eurocopa de fútbol ese sentimiento cabrón vuelve a invadirme. Pero Luis Aragonés me cae bien. Un hermano suyo habita en mi sufrido barrio. De hecho, todos los hombres de más de sesenta que … Lea el resto de este fabuloso articulo here Posted in Uncategorized Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post. Post a comment or leave a trackback: Trackback URL. […]

  2. Siempre despotricando. No sé que te ha hecho Ismael Serrano, pobre hombre…

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