El imperativo categórico

Estamos envueltos, inevitablemente, por una maraña tejida con días en la que los dirigentes del PP (¿Partido Popular?) se han olvidado por completo del imperativo categórico kantiano, y nos deleitan, golpe a golpe y verso a verso, con insufribles teorías y perorratas sobre quién puede ocupar mejor una poltrona. Y, mientras mayo marzéa, el Euribor se dispara al infinito en una deriva incesante hacia la perdición de los sufridos hogares del borrego proletario, cabeza de turco de una sociedad de consumo de corte capitalista Keynesiana (qué cabroncete era Keynes) que este pobre bobo no comprende en absoluto, pero a la que se somete sin rechistar. El proletario es servil y complaciente, lameculos por vocación. No se atreve a alzar la voz más que por envidia hacia sus congéneres de clase. Mi corresponsal en Sudáfrica puede corroborarlo. Cómo le dije el otro día, perro come perro, pero nunca morderá la mano del hombre que le raciona la comida.

No lloremos más. En la película de John Sayles “Honeydripper” el sheriff obliga a los negros a trabajar gratis en los campos de algodón, pero ellos no lloriquean en absoluto. Se dedican a tocar la guitarra, a tocar blues. Están jodidos pero contentos. Me gusta Danny Glover, que siempre da la impresión de poder soltarte una hostia y tumbarte si le apetece. Curioso tipo Sayles, capaz de producir pequeñas maravillas de final abierto como “Lone Star” o “Limbo” (no tanto las nada despreciables “Silver City” o “Hombres armados”), plagadas de personajes flotando inocentes entre lo bueno y lo malo. Cada uno busca su camino a tientas, como puede, y se comporta como un ángel o un gran hijo de puta según la corriente del viento del destino marque. “Don´t worry, be happy”, decía Bobby Mcferryn en su cancioncilla, pero a mí ese lema nunca me ha convencido. Me gusta más el “golpea y huye”, al menos esta actitud llena por unos minutos de adrenalina y satisfacción.

Confieso que he derramado alguna lagrimita estos días por la muerte de Sydney Pollack. Confieso también mi vicio inconfesable por algunas frases de Karen Blixen en su “Out of Africa”. Me conmueve cuando el ahora viejuno Redford dice eso de: “me has fastidiado el estar sólo”. Me meto incluso en la piel de la Streep cuando viaja en el avión con la musiquita del John Barry. Es imposible quedarse impasible ante esas imágenes y no transportarse uno mismo hacia el pellejo de Karen Blixen añorando los días duros de su existencia al mismo tiempos felices. Yo también echo de menos cuando mejoraba el tiempo a finales de mayo y salíamos a pelearnos a pedradas por los campos sin urbanizar. Siento nostalgia de ello como ella la sentía de bregar con sus “kikuyu”.

Nos estamos haciendo viejunos. Ayer comentaba al ver un trailer que pusieron antes de la película de Sydney Lumet “Antes que el diablo sepa que has muerto” (joder con el titulito), que Max Von Sydow lleva aparentando ser septuagenario desde que rodó “El exorcista” en 1973. Creo que tiene setenta y ocho años desde hace treinta, como Sara Montiel. Tres cuartas de lo mismo le ocurre a Christopher Plummer, que saldrá en la misma película “Aritmética emocional”, aun no estrenada en las españas. Por su parte, Lumet ha pasado ya de las ochenta primaveras, pero sigue en bastante buena forma. Si bien su citada película se muestra un tanto irregular y algo fría a ratos, también se hace entretenida y, a pesar del siempre sobreactuado gesto de Ethan Hawke, Philip Seymour Hoffman se sale. Esa voz ronca, al estilo de la de Nick Nolte o James Coburn, es impagable; rompieron el molde cuando sus padres los fabricaron con ese timbre inconfundible.

Mi padre cascó con la misma edad que lo ha hecho Pollack y por parecidos motivos cancerosos. Mi padre era pescadero. Se hubiese sentido satisfecho de que los pescadores salieran a la calle, como lo hicieron ayer, para regalar sardinas a los buitres viandantes madrileños. Aun mejor hubiese estado que se hubiesen armado con pescadillas congeladas a modo de porras, y que entrasen en el ministerio de agricultura a sangre y fuego, a cortar la cabeza de la ministra Espinosa (la de los trajes floreados). Aunque, si hay un verdadero símbolo que perdura del antiguo régimen, de la esclavitud más rancia, son los hipermercados. Encaminémonos al Carrefour con antorchas. El mundo está cada vez más anciano, y más bestia.

gachas@excite.com

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~ por Joputa en mayo 31, 2008.

2 comentarios to “El imperativo categórico”

  1. ültimamente tardas mucho en postear. Pero gracias por el genial video de Cat Stevens. Estas musicas me amenizan la jornada laboral.

  2. Siempre es bueno escuchar un poco a Stevens o a Yusuf, no sé cómo preferirá que lo llamen.

    Saudiños!

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