Soldados de fortuna

En tiempos aun no tan remotos los hombres iban a la guerra tanto para defender la tierra como para integrarse culturalmente en un grupo; ese sentimiento les hacía sentirse seguros dentro de un útero social protector. Los aborregados pueblos de todo el orbe se enfrentaban a golpes en grandes llanuras, se daban palos unos a otros como a una estera, y los que conseguían mantenerse enteros regresaban a sus casas con el sabor de boca del deber cumplido ante los suyos. Los mortales siempre hemos sido la mar de raros a la hora de reafirmar nuestras personalidades, y sin tener a una manada al lado nos sentimos como estúpidos huérfanos. Creo que nos gusta en exceso regodearnos en nuestra infecta soledad al estilo Oliver Twist.

Con el paso de los años la guerra se fue envileciendo. A los humanos les fue suficiente con inventar el dinero para corromper hasta el más antiguo y noble arte, el de darse de hostias. Entonces surgió la figura de los soldados de fortuna, cafres a sueldo que reducían el círculo de lo social a su entorno más cercano, al círculo íntimo de la sangre y la familia; eran impúdicos personajes que habían dejado de rendir culto a la tierra para hacerlo al vil metal. Aquí nació en realidad la puta acumulación capitalista. De los Medici a los Botín no hay más que un suspiro, un cuesco de tiempo. Es sorprendente que estos individuos causaban y causan, no obstante, gran fascinación entre sus compañeros de especie; quizás eran envidiados por los habitantes de la masa al haber hecho realidad el deseo más puro del ser humano: la propia realización de sus deseos a costa de lo que se ponga por delante, con los medios por montera a la caza del fín. A Gatamelatta y a Coleone les erigieron estatuas a pesar de sus tropelías y traiciones, al Cid le compusieron un cantar, y otros menos conocidos tuvieron que conformarse con ejecutar el derecho de pernada sobre los machos o hembras que se les ponían en la punta de sus partes al cruzarse en su camino.

Ahora el reino de todos esos santones guerreros se encuentra situado en el fútbol. Fascinan las imágenes de hace unos días de Lucca Toni, Oliver Khan y “cara cortada” Ribery machacando al Getafe. Es duro enfrentarse a una banda de ateos y filibusteros, son gente dura de pelar, no creen en nada (que en realidad es creer en todo) y eso les hace fuertes Y admirándolos las tribus se apalancan en las gradas para dar salida a sus ansias de violencia, aunque sea de forma verbal. El balompié ha sustituido a la guerra como sentimiento por encima de lo carnal al adentrarse en las simas de lo puramente religioso. Habría que preguntarle a Ratzinger en qué delantero sueña con encarnarse mientras descansa sobre su catre durante las noches (si no sueña con eso entonces lo hará, a buen seguro, con monaguillos en pelotas), o si Berlusconi anhela oníricamente poseer la melena hippie de George Best.

La imagen de condotiero del cine la ofrece a la perfección Philip Seymour Hoffman. Este gordaco puede que no atraiga en exceso a las damas, pero su voz cazallera, sólo comparable a la del mejor Nick Nolte, y su gesto pasado de vueltas del destino llena la pantalla de algo más que grasa y colesterol. “La familia Savage” me ha maravillado por la forma de expresar cómo la vida arrastra inevitablemente hacia los rumbos que menos nos apetecen, por su forma de expresar el caos existencial en el que nos movemos por debajo de la apariencia y del autoconvencimiento de que todo va bien (superchachi) y que todo tiene sentido. A veces nos damos cuenta de que en el camino en el que verdaderamente nos sentimos seguros no es en el de nuestros mundos fabricados artificialmente por las peregrinas razones, sino que donde nos sentimos cómodos es en el que nos impone la realidad de los sentimientos y los paisajes añorados en el inconsciente, labrados en su mayoría a golpe del basto azadón de la infancia. No corrais, que es peor; es imposible huir de todo ello. Curiosa esta obra de Tamara Jenkins, con esas excepcionales imágenes frías de puentes, de ríos, de calles y de carreteras, y la vida de los personajes, como la de todos, flotando en el fuera de cámara, en la imaginación del que mira.

En las relaciones sociales soñamos y fabulamos con vivir veranos eternos, pero, lamentablemente, nos encontramos aislados por el abrigo y la distancia de años luz de gélido invierno. Decía Protágoras que el hombre es la medida de todas las cosas, y Gorgias añadía que nada existe, que si algo existiera sería incognoscible, y que si fuera cognoscible sería impronunciable. Oscar Wilde remataba la faena afirmando que se puede admitir la fuerza bruta, pero la razón bruta es insoportable. Un cóctel explosivo, condotieros y citas, pero la línea de separación es delgada para pasar de ser iconoclasta a iconoplasta. ¿Qué pensará Angus Young de todo esto? Me temo que sabemos de sobra la respuesta.

gachas@excite.com

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~ por Joputa en abril 21, 2008.

Una respuesta to “Soldados de fortuna”

  1. Lo del Geta ha sido un golpe bajo.

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