Delicias turcas

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Me marché aquel verano a un campo de trabajo en un pueblo de Segovia. Para no pagar peaje en la A-6 decidí encaminarme al lugar subiendo el puerto de Navacerrada. En la bajada por las siete revueltas paré a echar un meo junto al pinar de Valsaín y me pillé el dedo índice de la mano derecha con la puerta de mi R-11. La uña tardó meses en volver a crecer sin el color morado del hematoma. Llegué al pueblo entrada la tarde. Había carteles pegados por las paredes de un concierto de “La polla Records” que iba a celebrarse en la aldea de al lado (de menos de cincuenta habitantes) unas semanas más tarde. La primera conversación que allí sostuve con una de las integrantes del grupo de trabajadores gratuitos fue sobre el gran número de guiris integrantes de la cuadrilla. Mi sorpresa fue mayúscula al darme cuenta de que estaba diciendo ésto a una turca que parecía de Albacete. Era una tía que jugaba al fútbol con los machos, que fumaba en pipa y que había atravesado toda la ancha Europa de los cien pueblos que vierten mierda al Mediterraneo desde Algeciras a Estambul para excavar en la meseta norte castellana una muralla visigoda. Aibige no era una fantasía sexual de nuestras calenturientas mentes, era real. No llevaba ningún pañuelo islámico y hablaba un perfecto castellano aderezado con tacos de boca de cloaca que emitía a los cuatro vientos con un ligerísimo acento del barrio de Galatasaray.

Pasaron los años. Naturalmente perdimos el contacto con la elementa de Constantinopla. La recordé al ver a Sibel Kekili volviendo majara al genial personaje Cahit Tomruk en “Contra la pared”. A mí me hubiese gustado estrellar mi vetusto Renault contra un muro en ofrenda a la diosa. A cambio lo estrellé contra la parte trasera de un Twingo, que chiquito pero matón destruyó la aleta derecha de mi buque insignia, un siniestro total para semejante vehículo de dieciséis años. Curioso tipo Fatih Akin. Salvaje turco criado en Alemania capaz de crear personajes al borde de la locura que viajan a toda velocidad destrozándose los tímpanos escuchando el “I feel you…”. No soy seguidor de Depeche Mode, pero esa canción sale por el vello de los brazos y por los poros. Había un camarero en un comedero de kebabs en Lavapiés que era el clón de David Gahan. Esos malditos turcos han convertido ese sucio barrio en un monográfico de la hamburguesa del Bósforo. Comida rápida tan repugnante en el fondo como un Bigmac. Ya no se puede comer ni un mísero tallín ni un plato de callos, todo está invadido por las delicias turcas. Pero Sibel es única, sólo mi machismo recalcitrante me impide colgar su foto en la pared.

Akin dirigió más tarde “Atravesando el puente”. Lo debe pasar mal, como todos nosotros los que no tenemos pueblo recóndito en el que refugiarnos, añorando unas raíces que en realidad no tiene, viendo como la sangre le llama y él no sabe dar respuesta a tal pulsión. Ayer escuché a una mente pensante de filosofía hablar del inconsciente colectivo de Karl Jüng, y decía ignorar a Gazzaniga. De todo hay en la viña del señor. Nos sentimos cercanos a las sombras del pasado de nuestros padres. Tuvimos deseos de asesinarlos, ahora los necesitamos. Poco a poco, pasamos a ocupar su sitio en la pirámide y sentimos el maldito vértigo, el vacío de la nada bajo los pies. Las músicas que se escuchan al otro lado del puente, entre las podridas Asia y Europa, marcan las transiciones de unas generaciones a otras; unas buscaron y después las otras buscan y buscarán por los mismos caminos desgastados.

mcartel.jpgEn medio de este marasmo de películas vitales con final abierto, el director turco creó, fusionando de nuevo salchichas con lokúm (recuerdo nuestros gritos para despertar a Aibige: “despierta, que se te quema el lokúm”), “Al otro lado”. Aun sonando a déjà vue por situaciones y olores repetidos de las dos anteriores películas, la obra del jenízaro hamburgués deja caer rastros de sus geniales personajes, vagabundos del mundo globalizado que intentan amoldar sus destinos a los constantes golpes demoledores que nos da el paso del tiempo. La frágil existencia humana, el corto espacio que nos toca a cada uno en la tierra, la fatalidad, la difícil proyección hacia el otro y hacia las personas cercanas siempre tan lejos y tan cerca, que flotan en lineas paralelas, el absurdo de la vida que nos arrastra a la orilla a esperar desenlaces quién sabe si esperados o no; son los temas recurrentes que pueblan la mente de este autor que se inspira en los extremos. Cuenta que en aquel Cahit quería expresar una mente salvaje y caótica como la de los primeros años de Nick Cave, el de la voz destructora.

Sigo pensando en Sibel cortándose las venas y en Cahit matando sin querer matar, en los puentes que se cruzan sólo una vez y en mi uña morada, que dolía del carajo. El verano pasado me aplasté la del dedo gordo del pié derecho con una valla y el morado avanza ya por la mitad. Ha quedado deformada como el caparazón de un molusco. Tarde o temprano desaparecerá la antiestética lesión. Cuando lleve chanclas parecerá que me pinto las uñas de los pies de negro y que se me acabó el quitaesmaltes prematuramente.

gachas@excite.com

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~ por Joputa en marzo 28, 2008.

3 comentarios to “Delicias turcas”

  1. Nos estamos explayando últimamente….

  2. Tengo que ver alguna de Fatih, no he visto “Contra la pared” aunque me suena mucho. Suerte con la “pezuña” y hunde el pie en la arena de la playa en verano.

    Saludos!

  3. Yo creo que no echar raíces en ningún sitio tiene sus ventajas, principalmente porque da más perspectiva, si bien es cierto que tiene un coste emocional, aunque quizás eso sea fruto más bien de literatos melancólicos y buenas películas de cine. Y es que somos nómadas.

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