Génova in the night

zaplanaycamps.jpgEn Madrid nadie puede morir ahogado, nadie puede lanzar cadáveres al río a causa de su ínfima profundidad. Nuestro aprendiz de flumen puede acabar con la vida de cualquiera, pero por ingesta de líquido. En Madrid los arroyos pasan amarillos bajo puentes de autopistas recogiendo mierda de todos los cagaderos. Ellos lo han pensado, lo han deseado, tirar a Mariano Rajoy al fondo del riachuelo con cemento en los pies; pero al llegar al cieno del fondo la cabeza aun le sobresaldría, y el olor a orín no lo remataría, ya que está acostumbrado a soportar tan fétido hedor a diario. Dice el dicho, bien dicho, que el Manzanares no es el Danubio, pero tampoco el Sena ni el Támesis.

La alegría va por barrios. El Turia fue desviado hace muchos años hacia las afueras de Valencia para que no causara más estragos durante sus crecidas de aluvión. Y en estos tiempos de cambio climático no arrastra ya más que cuatro pedrolos, huérfano expoliado por los regadíos salvajes de los huertanos. En este lugar del glorioso levante español, como por arte de magia, como casual resultado serendipias de algún experimento para hallar un milagroso crecepelo, los peperos han encontrado a Francisco Camps como delfín calvo de don Mariano. Ya en su día, cual César en su regreso a Roma tras sus campañas around the Rubicón, los zaplanistas gritaban aterrados: ¡que viene el calvo! Y este hombre se encargó de asesinar, cual Bruto, al creador del universo especulador ladrillil de Terra Mítica. Ahora se rumorea que va a viajar a Madrid a cortar cabelleras, a exterminar zombis, como el viejo Zaplana, a cañonazos, y a fecundar vírgenes adolescentes como Esperanza Aguirre, para perpetuar la corrompida especie hispánica.

ciscar.jpgEn el PSOE también gusta mucho rememorar a George A. Romero. Buceando en sus listas podremos encontrar muertos vivientes hediendo ya más a podrido que la momia de Tutankhamon. Cuentan las malas lenguas que Pepe Blanco es un arqueólogo superior a Howard Carter, ya que ha conseguido encontrar embalsamados en los sótanos de Ferraz a individuos apolillados como Cipriá Ciscar, Alfonso Guerra, Juan Barranco, Txiki Benegas o Rafael Simancas. Para revitalizarlos nada mejor que apuntarlos a un sueldo vitalicio en las listas electorales.

En este mundo de la política, más complicado que programar un intestino delgado mediante lógicas Fuzzy, se prevén tiempos de asesinatos e intrigas palaciegas en busca del cáliz de estos cuatro años de poder por llegar. Algunos atravesarán el desierto, como Zaplana y Acebes, abandonados a su suerte a merced de las hordas salvajes, como burdos imitadores del extraviado Cabeza de Baca en busca de las siete imaginarias ciudades de oro. Otros se atizarán candela, como Aguirre y Camps, al estilo de la que en su día se daban Ginés de Sepúlveda y el siempre malhumorado Batolomé De Las Casas, defensor de la abolición de la esclavitud de los indios y partidario de sustituirla por la de los negros. Y los restantes, felices antagonistas desde la otra orilla, se dedicarán a capear temporales, a negar la realidad al de a pié, y a decir que todo marcha de maravilla mientras el mundo se hunde a sus plantas; a Solbes se le da muy bien lo de negar la mayor, es un gran jugador de poker descubierto, en Las Vegas sería el puto amo.

En el balcón de Génova volaban aquella noche los puñales. Algunos incluso intentaban poseer sexualmente a la mujer de Rajoy, que se abrazaba a su galán intentando evitar las largas zarpas que trataban de hurgar bajo sus faldas. El más pérfido, García Escudero, superviviente de mil batallas, escudero de los amos más dispares, intentaba empujar por la baranda, a ritmo del chin chin chin pum (vease, por alusiones, el rito de “patapalo” de Pata Negra) de los aplausos del público, al fallido candidato. Los peperos de la platea blandían banderas rojigualdas con el toro de Osborne cosido a toda prisa para tapar el pollo-escudo de toda la vida. Con rostros tristes exhalaban exabruptos e incluso eructos contra Zapatero y sus tropas del glam, torturadoras y azote de la moral que propiciarían así cuatro años más de dictadura del progre proletariado. También miraban a sus espaldas todo el rato debido a su atávico terror por Pedro Zerolo, por la relativa cercanía de Génova a Chueca (¡qué miedo, oyes, osea!).

Pero todo el fragor, poco a poco, se fue esfumando. Mariano cogió fuertemente de la mano a Elvira y la arrastró hasta su despacho. Despejó su mesa con un viril golpe de brazo, tendió sobre el duro lecho de roble a su mujer, la rasgó la ropa, se quitó las gafas y se puso a la tarea realmente trascendente de la existencia mundana, la de procrear. Comenzó, en un feroz prolegómeno, por un pecador cunilingüis; pero ella, tímida pero indignada, pronto le espetó: “Mariano, ponte las gafas, te estás comiendo la moqueta”. El duro macho gallego accedió a la petición, y al acabar los cinco minutos más excitantes de su vida se encendió un puro. Por el hilo musical de Génova sonaba Hendrix diciendo que el viento gritaba Mary. La nostalgia comenzó a aflorar.

gachas@excite.com

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~ por Joputa en marzo 14, 2008.

Una respuesta to “Génova in the night”

  1. y ese quién es, ¿Harpo Marx?

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