Di

di.jpgLa imaginación y la memoria en las raíces más profundas de la personalidad del ser humano. A eso se reduce casi todo. Escribo y siento ésto después de pasar media vida observando a esos gigantes míticos habitantes del rincón de las leyendas, pilares absurdos pero imprescindibles sobre los que se asientan nuestras frágiles y disparatadas mentes. La semana pasada rindieron un homenaje y erigieron una estatua a Alfredo Di Stefano, un hombre que representa la imagen del equipo de mi barrio y las bélicas hazañas de las que yo disfrutaba una y otra vez al ser relatadas hasta la fatiga por mi padre. Sin embargo, no han alzado este monumento en la puerta del estadio de Chamartín, al estilo de Eusebio en el de La Luz, sino que los ruines capitalistas actuales dueños del Madrid la han situado en un descampado junto a uno de los ensanches inmobiliarios típicos de nuestra cruel actualidad bizarra. Qué sucios camaleones dueños de nada y presidentes ficticios de la nada, ensuciadores del espíritu de nuestra religión futbolística.

Cuentan que Emil Zatopek fue degradado a barrendero tras caer en desgracia ante el régimen comunista Checoslovaco, pero que, cuando salía a la calle armado con su cepillo a las frías calles de Praga, las gentes salían de sus casas y barrían la zona por donde debía pasar no dejándole ejercer su nuevo y obligado oficio. “La locomotora humana” se hizo icono legendario corriendo contra nadie y contra todos con la cabeza en difícil postura medio descoyuntada hacia atrás mirando al cielo. Durante la segunda gran guerra entrenaba alrededor de la mesa del comedor de su casa mientras los nazis campaban a sus anchas por Chequia. Por su parte, Di Stefano ha conseguido, como en su día Zatopek, el grado de leyenda viva. Es un hombre que ha alimentado el inconsciente colectivo con imágenes de fiereza en blanco y negro sobre el césped. Nunca pude verlo jugar en vivo y en directo, sólo en videos de partidos de su época, pero mi imaginación lo ha consagrado en ese pedestal que representan los antepasados, los dioses de religiones paganas adorados en las gradas del anfiteatro, los que loan las masas que piden sangre y sudor a gritos como ofrenda. Mi pérfida y estultícica mente se queda con esta serie de personajes de ensoñación por encima de los del día a día, esos héroes mucho más necesarios pero con los pies mucho más sucios del barro vital, esas gentes que se necesitan como el comer pero que, a diferencia de los mitos, desaparecen con el tiempo abducidos por sus sueños y sus pesadillas protagonizados por las cuadraturas sociales.

Pero era otros tiempos, una edad de oro en la que los deportistas compartían escenario, whisky y leyenda con las estrellas del arte y el cine, y todo ello sin pedir ninguno a cambio explicaciones trascendentes ni sentido metafísico a su actividad, representando la vida como azar y necesidad inexplicable, como supervivencia pura y como un vivir sin ambages ni idioteces. La glosa al gran Alfredo debería ser leída a los cuatro vientos por Max Von Sydow, ese enorme nórdico curtido en mil batallas de voz penetrante. Lo recuerdo en gélidos inolvidables papeles y en el hipnótico discurso inicial frente a las vías de tren de la “Europa” del ínclito Von trier. Esperemos que no en el futuro no hagan una película “Dogma” sobre las hazañas de La Saeta Rubia. Aunque, ya se sabe, todo es posible, y como dice el dicho, si algo no hace ni puta gracia entonces llámalo humor inteligente.

escafandra.jpgLa primera frase de este artículo viene además a colación de “La escafandra y la mariposa”, una bonita fábula sobre los pilares básicos que sostienen la existencia humana. Mi creencia en Julian Schnabel, idolatrado artista casi de videoclip amigo de Bardem y suegro del genial yonqui John Frusciante, era nula o casi nula. Siempre me había parecido un fatuo y un vacuo, un director sin alma al más puro estilo del peor Alan Parker. Sin embargo, en este caso no puedo más que recomendar la visualización de esta historia, cruda y dura en el fondo, pero bien aderezada por los planos y los colores típicos de su autor, que en ella consigue el equilibrio entre imagen y argumento sin caer en la sempiterna impresión de que su cine es una sucesión de anuncios de perfume caro. Rompo en este caso una lanza por el olor a Baron Dandy por encima del cursi Armani. En ocasiones sudar la camiseta sin desodorante en el sobaco da buenos resultados, y el señor Schnabel, aunque muy de refilón, ha conseguido aquí oler un poco a sobaco por una vez en su vida. Se agradece aunque sea viéndolo de refilón.

También nosotros, desprovistos de los fluidos vitales hurtados por las hordas del desodorante, por los desfiles de las pasarelas de moda y por los debates electorales que nos marcan un mundo mejor, recto limpio y puro a seguir, es aconsejable que salgamos a la calle y, al menos, peguemos unos berridos inconexos o movamos nuestras glándulas mamarias, también llamadas tetas, al viento, para desfogarnos. Tomemos ejemplo entonces de Jack y Meg White, hay que sacar el odio pafuera. Apóyate en la memoria, en los sueños, golpea y huye….

gachas@excite.com

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~ por Joputa en febrero 29, 2008.

3 comentarios to “Di”

  1. ¿el título se ha cortado o es así?

  2. coño, coñín con el futbol rabanero. Te voy a regalar un pijama made Olatz y aromas igueldianos para tus nuevas puesta de sol with the Schnabel family

  3. Me gusta tu blog y la música que pones, intentaré seguirte, aunque a veces de tanto leer los ojos me hacen chirivitas…

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