Babel

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Iñárritu termina su película dedicándola a sus dos hijos diciendo sobre ellos: “…las luces más brillantes en la noche más oscura”. Unamuno ya escribió hace tiempo sobre esa noche permanente, que no eterna, en la que vivimos, mejor dicho, en la que sobrevivimos. En la cueva más profunda de cada uno existen esas luciérnagas, inexplicables e irracionales, como faros en el desierto durante una noche sin luna. No hay respuestas a ninguna pregunta, no nos engañemos. Todas las interrogantes, las incógnitas, las despejamos con una dosis de imaginación desbordada y absurda, con proyecciones locas que nos ayudan a vivir hasta la siguiente escena vital.

Las burbujas de cristal que nos rodean no dejan ver el sol. La caverna platónica es inversa, imagino que ya os habréis dado perfecta cuenta de ello. Hay algo allá afuera, pero es imposible verlo a ciencia cierta. Sólo se vislumbra un pedazito entre las sombras producidas por nosotros mismos. Ni diez mil watios de potencia lumínica pueden con semejante negritud absoluta, ni diez mil soles brillando a la vez previos a su extinción. Y nunca, nunca, podremos llegar a ver ahí fuera, por mucho esfuerzo que pongamos. Fuera de las mantas, del caparazón, sólo hay instantes, muy pequeños, de lucidez, en los que se ve algún camino en medio de esa estepa, de ese mar infinito de rocas y arena que jamás podremos abarcar.

Nunca me quedo a leer los títulos de crédito. Perdí la supuesta buena educación cinéfila escuchando a Carlos Pumares en su inolvidable “Polvo de estrellas”. Mi cabezón molesta cuando me levanto en medio del reparto de nombres que nadie lee. Me gusta joder un poco a los que se hacen los interesantes, aunque creo que siempre ha habido algo de ese incontrolable y fétido esnobismo en mí. Pero hay algo de especial en Babel. Esa música vacía me ata al sillón, en este último visionado a la cama, hasta su final. Esos espacios amplios y desolados, urbanos o de la naturaleza más salvaje, más que paisajes son interiores, entrañas, tripas. Algo me lleva a proyectarme hacia ellos. El chico pequeño marroquí recuerda ese pequeño instante en el que abría los brazos al viento con su hermano al lado; un momento que no se repetirá y que se perderá, decía Rutger teñido de rubio platino, como lágrimas en la lluvia.

Sí, ya sé que dicen que el Santaolalla ha plagiado su música de la de Johny Guitar. Da lo mismo. Al fin y al cabo ambos filmes producen un efecto similar en mí. Me invitan a coger mi cortacésped y a recorrer largas llanuras en busca de mi hermano, con el único fin de tumbarnos sobre el frío suelo a mirar las estrellas, como hacíamos en tiempos remotos, cuando no teníamos nada más. En el fondo seguimos poseyendo lo mismo, sólo la memoria, el recuerdo. Es la única cadena que nos ata a la realidad asesinada poco a poco por el maldito tiempo.

En este post no hay letras de canciones, sólo hay música desnuda. Me apetece salir al campo a no escuchar nada, pero ya llega el general invierno impidiéndolo; y cada día hay que irse más lejos para oír el necesario y reconfortante silencio. La gasolina está carísima, a ver si inventan de una puta vez otro combustible más asequible para los que quieren huir.

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~ por Joputa en noviembre 21, 2007.

2 comentarios to “Babel”

  1. Fíjate Summers, me he dado cuenta de una cosa. La película es como un bucle. Cuando termina puedes dejar el BsPlayer puesto para que vuelva al principio, continuando sin fin. Es una película fondo, porque no tiene respuestas.

  2. El niño moro era un voyeur…

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