Kyoto me mata

Este es Franco, no mi padre, pero a ambos les gustaba la pesca.

Mi padre no era admirador de George W. Bush, pero tenía el mismo respeto por el Protocolo de Kyoto que el tejano. Mi señor padre puso sus granitos de arena para que el planeta se degradara. Para Bush el fin justifica los medios, y sus amigos del lobby industrial yankee son lo primero. Para mi padre lo era su nihilista estómago y su afán megalómano por la captura de animales vivos.

En los años setenta y ochenta contribuimos con gran convicción y empeño a esquilmar los ríos de la península Ibérica. Viajábamos por los cuatro confines saltándonos a la torera los límites de captura que ICONA daba en los permisos de pesca de sus cotos. Escondíamos a los pobres peces como si fueran un alijo de cocaína, incluso en el motor del coche o el hueco de la rueda de repuesto. Nuestro SIMCA Mil verde aceituna era como un B-52 cargado de agente naranja preparado para descargar veneno en los arroyos de Peguerinos o del Lozoya.

Como complemento, también nos encargamos de esquilmar al cangrejo autóctono en favor de la invasión del cangrejo americano. Mi progenitor utilizaba nuestras canastillas de bebé como escondrijo de los crustaceos cuando nos paraba la guardia civil. Así, mi hermana y yo heredamos cierta simpatía para con los cangrejos de río españoles, quizás influenciados por nuestro subconsciente infantil; ahora nos encanta andar hacia atrás. Sin embargo, tenemos cierta fobia innata a los señores con bigote que llevan pistola.

Mi padre era de la misma quinta que Ruiz Mateos, la del 31, niños de guerra y postguerra. Ahora podrían compartir celda. Uno por matar animales acuáticos a mansalva, el otro, por criar abejas aficionadas a construir sus celdillas con dinero más negro que la piel de Yayá Touré. Por mucho que el jerezano haya guindado a la hacienda pública quitarle las gafas de una hostia (una leche) a Boyer es un sueño que muchos hemos tenido desde críos, y motivo suficiente para ser indultado, e incluso de ponerle su nombre a una calle. Pegar al chivato empollón traidor de la clase le hubiese encantado a mi padre, aunque él nunca fue al colegio. Sospecho también que, como a mí, le importaba un huevo que el planeta se fuera a la mierda cubierto de sus propias heces. Pueblos del mundo, extinguíos.

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~ por Joputa en junio 27, 2007.

Una respuesta to “Kyoto me mata”

  1. Yo también pescaba con mi padre, pero en el ponzoñoso “río” Segura, que en aquellos días era río (con sus crecidas y todo) y hoy es el water de cualquier fábrica murciana: “total, pal agua que baja”. Aunque recuerdo que ya por los años 80 la fábrica de lejías del pueblo hacía sus excrementos en el río al menos una vez al mes y aparecían muertos todos los peces. Lo sé porque mi cole estaba junto al río.
    Con mi padre había días que pescábamos en el río y sacábamos pocas piezas, porque el barbo es bien listo. Otras en el pantano y ahí si que pescábamos más porque la carpoa es uno de los animales más tontos que he conocido (he llegado a pescar en una misma mañana la misma carpa que había soltado).
    Eso sí, nunca he comido peces que haya pescado porque a saber de qué están alimentados, con esas aguas…

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