
Me sonaba su cara. Él estaba entrando una moto en el taller de motos. Recuerdo cuando le di una paliza. Éramos sucios adolescentes. Le golpeé en la cabeza, le pateé el cuerpo, con la mano abierta y con el puño cerrado. Pedrito. Su padre me dijo que me iba a matar. Su padre parecía un poco retrasado. Pedrito. Sólo por llamarme hijo de puta durante un partido. Pedrito. Éramos del mismo tamaño, talla mierda. Yo los recuerdo a todos, pero yo no ocupo lugar en ninguna de sus neuronas. Me gusta esta memoria que el buen Dios me ha dado, me permite acordarme de lo ratas infectas que somos los seres humanos; dentro de la manada homo sapiens no existe ni la excepción que confirme la regla, cuando a cada uno nos llega el momento oportuno sale el cerdo bastardo que llevamos dentro, por mucho que nuestros miles de millones de madres fueran unas santas antes de concebirnos. Ahmadineyad es un hombre santo, está contribuyendo a que en el planeta existan unas cuantas bocas menos que alimentar, sólo hay que apretar un poco el gatillo. Que no nos vendan la moto de que Rafsanyaní es un abuelete entrañable, ese ayatollah no es ni mucho menos un adorable anciano chapado a la antigua al estilo Paco Martínez Soria en “La ciudad no es para mí”. En esa obra maestra ese mago del cine patrio llegaba a la estación de Atocha con un retrato de su fallecida santa bajo el brazo derecho y una jaula con gallinas bajo el izquierdo, ligero equipaje para defender unos valores ancestrales verdaderos ante sus nietos, hijos y demás parentela. Lo dicho, un puto genio.
Ahora han construído un caparazón en la estación de Sol para que salgan de las entrañas de la tierra las masas de inmundicia humana. El tren, el tren, siempre quise viajar en él, pero no me fue necesario, yo vivo en el interior de la bestia, soy un infecto hematíe más que corre por sus putrefactas venas, nunca he necesitado medios de transporte de larga distancia como sí que lo hacían mis compañeros que purgaban existencia en lugares de baja estofa como Getafe, ese pueblo donde todo el mundo va en chándal, Brónxtoles, patria chica de la empanadilla revenida o esa entrañable por pueblerina hasta el hartazgo villa de Valdemoro. Miento, sí que cogía el tren. Lo tomaba en Chamartín cualquiera de esas tardes del verano del 89 en las que las calles ardían al sol de poniente y había tribus ocultas cerca del río. Hacía un calor de cojones en esos andenes poblados por aquel entonces de agresivos yonquis pedigüeños. El expreso de Las Matas circunnavegaba pueblos residenciales de alta gama en la zona norte de la urbe hasta llegar al destino Los Peñascales Station, en el que tú y yo nos encontrábamos fugazmente para follar como conejos al borde de la piscina del chalet vacío de tu vecino. Su hijo nos prestaba amablemente las llaves y nos contaba que el Porsche Carrera blanco que su padre atesoraba en el garaje se lo regalarían el día que se sacara el carnet de conducir. Qué difícil debe ser fornicar en el asiento de atrás de un coche más bien biplaza. Nunca me ha gustado mancillar la parte trasera de mis autos, soy pobre pero sibarita para el fornicio. Me ponía tu amiga la que venía a buscarme en moto al apeadero. Las amigas de mis amigas, siempre flotando en el aire. Tú les gustabas a mis amigos, quizás porque eras alta y muchos siguen a rajatabla el refrán de “caballo grande, ande o no ande”, o quizás porque tenías los ojos de un raro color amarillento. Me mentiste en la edad, te pusiste un año, y eso que yo parecía un crío a tu lado. Sospecho que ahora te lo quitas negando la fecha que reza en tu carnet de identidad. Carnets, carnets y más carnets. Hacíamos trompos en un SEAT Panda por las polvorientas calles de tu urbanización. Tu hermano no se hablaba con tus padres desde que se había enrolado en el Opus. Tu brother se hubiese escandalizado al imaginar nuestros encuentros. Tus progenitores sospecho que tampoco se decantaban en exceso por el lado izquierdo de la ideología, a juzgar por vuestra choza. Dejamos de vernos después del verano, pero tú me invitaste a tu veinte cumpleaños. Prometí acudir. Creo que todavía me esperas. No he vuelto a coger el expreso de Las Matas. Me acordé de tí el día que cambié las ruedas de mi coche por unas de oferta de marca desconocida en el Aurgi de la estación de Chamartín. Ahora pululan más policías por sus andenes que yonquis. Incluso algún integrante de las fuerzas del orden me observaba receloso posiblemente a causa de mi aspecto sospechoso y mi incipiente cojera típica de cualquier ser callejero maltratado por la vida, quién sabe si provocada por el pico o el caballo. Cuentan que ahora los cunderos se han hecho fuertes en la glorieta de Embajadores. Un viaje a La Rosilla, ida y vuelta, en SEAT Ibiza robado por diez boniatos o dos papelinas. También dicen en los periódicos que la estética quinqui nunca fue copiada por el mundo de la moda, y cuentan esto como si hubieran descubierto la pólvora. El Jaro robó en la tienda de mi padre cuando era un mozalbete, mucho antes de que Sabina le compusiera el “Pacto entre caballeros”. Nos hurtó la recaudación de un 17 de julio, justo antes de la fiesta nacional. Mi madre lloraba de rabia en la puerta de mi casa bajo un sol de justicia de los de antes que se reflejaba en los calvos descampados. La banda del Jaro se paseaba a toda velocidad con sus “locas” 1430 robadas por nuestras calles adoquinadas. Su lugarteniente era el hijo de la leyenda blanca Becerril, un jugador del Real Madrid mítico por su heroicidad durante el mítico enfrentamiento con el Partizán en Belgrado, que disputó con un tobillo fracturado a causa de un resbalón sobre el terreno completamente helado; aquello fue una encerrona en toda regla preparada por esos humanos sucedáneos de bolchevique que habitaban en la patria del emperador Tito.
Te parecías a Amparo Llanos, pero no llevabas ningún tatuaje, no creo que tu familia te hubiese autorizado a dibujarte sobre el cuerpo ni con calcamonías (calcomanías para los cursis). Qué sucia y qué guarra eres Amparo Llanos, nunca te perdonaremos haberte pasado al tecno-pop, si al menos hubieses abrazado el Porno-pop. Nuestro programa en la radio pirata se llamaba así, “Porno-pop”. Nos invitaban a fiestas a cambio de insultar a su inteligencia a través de las ondas. Un día cualquiera del 94 me llamó por teléfono un compañero de falcultad, le temblaba la voz, estaba como asustado. “Se ha muerto Kurt Cobain”, me dijo. Me lo imaginé con lágrimas en los ojos. También recuerdo que yo tenía resaca aquella mañana, como muchas mañanas por aquel entonces. Colgué el teléfono y me tumbé boca abajo para intentar disipar el mareo, no era conveniente quedarse dormido boca arriba y despertar pareciendo un volcán stromboliano en erupción. Me pone Amparo Llanos. Qué traidora que eres, Amparo Llanos, y la gorda de tu hermana es mucho peor que tú. Hace un calor de cojones en esta ciudad, ufff.


Jugábamos al fútbol dando balonazos sobre una puerta de garaje de metal. El ruido de los golpes era ensordecedor; los vecinos salían iracundos a las ventanas, nos insultaban y amenazaban. Un yonki intentó una día quitarnos el balón, nos dijo: “poneros lejos, más lejos, más, que os tiro un penalti…”. Uno de nosotros, los niños cabrones del barrio, le respondió: “hijo de puta, ni pienses que te vas a llevar la bola….”. El tío llevaba una botella de batido Ryalcao de vainilla medio vacía en la mano, hizo ademán de romperla para amenazarnos, pero al golpearla contra el bordillo se cortó la zarpa, se hizo una raja en la mano. Se marchó andando lentamente hacia ninguna parte, sin el balón, como una niña después de caerse al suelo y llamar a mamá. Luego llegó el camión de reparto del pan. Pero no traía pan, sino que el conductor se follaba a la panadera del barrio entre pistola y chusco. Ella sacaba al perro a la puerta de la tienda y, mientras éste ladraba excitado por la dulce visita, ella gritaba a los cuatro vientos, para que se enterara todo el barrio: “¡mira quién viene!”. Con el tiempo dejaron de fornicar, y cuando ella se jubiló le telefoneaba todos los días, obsesionada con su macho. La mujer legítima del repartidor acabó llamando a la policía para que la Loli dejara de perpetrar semejante acoso telefónico. Nuestra vendedora de bollos murió de cáncer hace dos años, soñando con su amante que olía a harina. De pequeño yo le decía a mi madre que quería ser panadero, que para ese oficio no era necesario madrugar como lo hacía mi padre. El olor a pan es lo mejor de este infecto mundo.
El padre del Ramiro se había quedado parapléjico en un accidente de coche. Era tabú verle, nunca entrábamos a su casa, sólo escuchábamos desde el umbral de la puerta como balbuceaba, porque el hombre era incapaz de hablar bien. El Luis tenía cuatro hermanos. Su ropa apestaba, se la debían lavar muy poco. Le llamábamos el mofeta, o el pato, porque nadaba muy bien y decíamos que tenía membranas entre los dedos de los pies, como el pato Donald; además era muy torpe para cualquier tipo de deporte de equipo. Nos daba de hostias cuando le llamábamos por alguno de sus motes, pero aunque nos hacía bastante daño cuando nos cogía del cuello siempre volvíamos a reírnos de él. Tenía el coraje y la lealtad tan desarrollados como los pies, y llegó a calzar un cuarenta y cinco. El Vicente vivía con sus dos padres, pero ambos progenitores no tenían relación el uno con el otro, no fornicaban, ni se hablaban. El pater familias era un borracho impenitente que trabajaba de repartidor de chucherías y frutos secos por los bares; se rumoreaba que a la madre la había medido el lomo en más de una ocasión. Vicen era hiperactivo, le echaban todos los días de clase con pupitre y todo, porque se agarraba a la mesa con todas sus fuerzas y la maestra lo arrastraba con todo el equipo al pasillo. Volvía a casa dando volteretas laterales sobre la acera y simulando que bailaba con las farolas. Cuando perdíamos un partido él siempre sugería que jugásemos la revancha a hostias; el otro equipo no tenía más remedio que salir corriendo hasta sus casas, con él detrás amenazante. El Jose gustaba a todas las niñas, no sabíamos por qué, pero las gustaba. Decíamos que trabajaban de putas para él. Tenía un Spectrum 48K con el que jugábamos al Alien8. Formábamos pareja putativa en las máquinas de los bares y éramos absolutamente imbatibles hasta que murió ahogado sumergido en un ancho río que pasa por Toledo. El Marcos se había quedado huérfano de madre cuando era muy pequeño, lo que le había convertido en el niño mimado del barrio. Le compraban todas las colecciones de Madelman y de Geyperman, la de los esquimales en el polo, la del buzo con traje de falso neopreno, le teníamos tiña. Guardaba como oro en paño en una estantería de su casa un Scalextric enorme con muchísimos coches nuevecitos, todos metidos en sus cajitas, un balón Tango blanco brillante y una camiseta Adidas de la selección alemana del mundial 82. Le teníamos envidia cochina, pero por otra parte compasión. Algunos insinuaban que era un poco maricón, pero lo único confirmado a ciencia cierta es que tenía una zurda potente al estilo Rumenigge.
Aquellos veranos olía a tierra seca, a las agujas de los pinos de la Dehesa de la Villa abrasadas por el sol. La arena de estos andurriales me huele tan bien como el pan recién hecho en el horno. Dicen que hay que dejar que la harina de las hogazas se enfríe para que la miga no te siente mal, que si te lo comes caliente provoca dolor de estómago; pero es imposible resistir la tentación. Cuando caen las primeras gotas de una tormenta de verano el ozono que el agua arrastra desde la troposfera huele cojonudamente. Las golondrinas vuelan a ras de suelo justo antes de la lluvia y chirrían espasmódicas al cazar los infectos insectos voladores de los que se alimentan; bocatto di Cardinalle. En agosto se marchaban cada uno a su pueblo. Yo no tenía pueblo. Nos íbamos a una sucia playa de levante. Allí soñaba con las dulces chicas fornicadoras francesas que hacían top-less a la orilla de la cloaca mediterranea. Años más tarde ví a este tipo de gachises en las películas de Rohmer. Ahora tengo que estirar el tendón cada vez que me levanto de la cama, y duele. Desde mi jergón os maldigo a todos, donde quiera que estéis.
en el intento, si no puedes hacerlo es que no puedes y no hay más vuelta de hoja. Los intestinos son así, son movidos por el azar, por la necesidad, llámalo x si quieres, hacen brotar de tus infectos adentros algo que no se puede explicar, esa voz interior que te acompaña, que te hace feliz o te transporta hacia una fosa abisal, que te dice, igual que al paranoico, cómo debes matar o que te maten. Las manos, lo dice Silvio, son las mismas para dar y para asesinar, a tus amigos o a tus enemigos, es difícil de controlar la corriente del supuesto instinto, aunque el humano haga mucho que abandonó la animalidad; pero en el fondo, ¿qué importa?, si todo son palabras inventadas para poner riendas al camino. En la lucha eterna e interna de los gigantes que habitan nuestros abismos siempre me imaginé cómo se vería a sí mismo al golpeárse sin querer contra una pared que le rompía los huesos. En la patria de los héroes no tenía cabida, porque allí no hay más que hazañas inventadas para estómagos complacientes, mentiras piadosas para no herir. Desconfía del vampiro, nena, decía, lárgate lejos antes de que vuelva para consumirte, márchate antes de que muera el sol, no te dejes llevar por mí porque vas a hacia ninguna parte, hacia ese lugar que, si te fijas bien, es siempre el final de todo. Es fácil revelar que la historia es a veces mentira y las otras, el resto, no es verdad. Y no había en él más que cantos de sirena, y luces que decían que todo se largaba para no volver, que no habría marcha atrás cada día que volviéramos a casa cuando cerraran los bares; que, a cada paso, las alas que nunca nos habían servido para levantar el vuelo se derretirían y se volverían pesados fardos de lastre. Entonces arrastraríamos nuestras taras hasta la cima de la montaña para que volviesen a caer al otro lado, cuesta abajo, por el afilado precipicio, cuando ya no nos quedaran fuerzas ni para descender a rescatarlas. Y mi cabeza sigue y sigue dando vueltas, persiguiéndote.
que pueblan esta ciudad son como esa canción de la Velvet que me encanta y me enerva a partes iguales, “Sugar Ray”, sucia y gris, sentida y machacona, ronca acompañante para noches tristes, pero que escuchada largo rato, al estilo mantra tibetano, provoca el odio más nauseabundo hacia el género humano así como la más profunda de las depresiones. Las canciones de esa época compuestas por los ínclitos Reed y Cale son retazos podridos de animal de ciudad, son tripas a merced de los carroñeros. Los anfibios de urbe corren de un lado a otro boqueando, retorciendo sus branquias atrofiadas y comiéndose crudos los unos a los otros. Viajan desde sus casas a otras casas, desde esas porquerizas por inercia a otros lugares, en un movimiento caótico, absurdo e infinito, que dura años, hasta que en última instancia se arrastran hasta los tanatorios, que son como El Corte Inglés pero con ataúdes, con mucha gente, unos de cuerpo presente y otros menguante, unos guardando silencio y los otros hablando de fútbol u otras lindezas, unos haciendo que ríen, otros haciendo que lloran y los más sin saber qué carajo es lo que están haciendo allí. Sí, soy bastante oscuro, por dentro, y por fuera suelo llevar camisetas negras. Sí, engaño mucho a simple vista. Es cierto, la mayoría de vosotros no me gustáis un pelo. Cuestión de gustos, sobre ese cantar no hay nada escrito, en realidad no hay nada escrito sobre nada.
Hoy me he vuelto a tumbar bajo el mismo árbol. Algunas palomas torcaces han amenazado con cagarse encima de mí, y sus guanos son de un tamaño tal que podrían ahogar a cualquiera. Mi cuerpo y mis manos están doloridos a causa del noble arte de desgastar aceras con muletas. Si hay una cosa de la que te hace darte cuenta el no poder caminar es de lo sólo que en realidad estás en este planeta. Vienes del vacío sólo, caminas sólo, palmas sólo; es irremediable, ineludible, incuestionable. Existen multitud de momentos en esta asquerosa existencia en los que sólo te quedan tus huevos y tu tele. Durante esos interminables instantes hay que apretar los glúteos y tumbarse en posición fetal a admirar lo más absurdo dentro del absurdo. La vida pierde la poca credibilidad que parece poseer cuando te paras a mirarla a cámara lenta. Me ha gustado mucho cómo la niña vampiro Elli destripa a sus alimenticias víctimas en la genial, gélida e innegablemente sueca película “Déjame entrar”. Días después de haberla visionado van y me dicen que en el libro en el que se basa el film la adorable cría, a la que invoco cada noche para que venga a rescatarme, no es más que un niño capado hace doscientos años. Deberían haberse ahorrado esa trama gayer dentro de la fantástica historia, he sufrido una gran y heterosexual desilusión por su causa. Hablando del tema gaylor, he de añadir que la ballena Almodóvar ha perpetrado otro de los zurullos a los que nos tiene acostumbrados en los últimos dos lustros. Hay que ser muy ruin para ensuciar la carrera de Lluis Homar obligándolo a participar en semejante mamotreto, “Los abrazos rotos”. Si cualquier otro director de eso llamado cine incluyera una enseñada de tetas gratuíta, cómo lo hace en este caso Pedrito con la insufrible Kira Miró, los críticos se le echarían al cuello de forma automática. Con este personaje pasado de rosca se defiende ya lo indefendible. En cuanto a infamia ronda ya el nivel de Teddy Bautista, pero su caso es mucho más grave, ya que hubo una época en la que Almodóvar atesoraba un enorme talento. El presidente de la SGAE siempre moldeó mierda. No haré demagogia sobre la asociación de chorizos que financia, en teoría, al gremio de creadores y autores. Lo que sí es cierto es que hay que ser muy hijo de puta para cobrar royalties en conciertos benéficos, pero hijo de puta con todas las letras; con perdón incluido, eso sí, para las putas, y un saludo a las de la Casa de Campo, que hace ya casi dos meses que no las veo.
La SGAE se labra a pulso el perfil de ser el demonio personificado, la bicha, el trono de Belcebú. Estoy seguro de que si en las Españas hubiese un levantamiento popular al estilo argentino, o de que si los talibanes consiguiesen sitiar y tomar el país, a quien primero se capturaría y colgaría cabeza abajo de alguna farola sería a Ramoncín. Los partisanos defensores del Emule lo agarrarían de las pelotas y lo conducirían a cualquier paredón al uso. Pronto prohibirán las descargas gratuítas los autores talibanes. Sus primos, los barbudos mulahs afganos, pronto conquistarán el caótico Pakistán, y poco más tarde se extenderán por el mundo. Nostradamus describía al Papa negro campando a sus anchas durante el Apocalipsis, y todo ello no es más que una metáfora de Obama con báculo corriendo por el patio de The white house con su nuevo perrito de aguas portugués. Hay que joderse, el perrito es acuático, pero dicen que no sabe nadar. Decía la canción de Lichis, creo que dedicada al planeta tierra:
Una de las demagogas más grandes que ha parido hembra en España, Trinidad Jiménez, ahora ministra de enfermedad, se despacha esta semana en una televisión cualquiera adulando al personal sanitario de este país, dorándoles la píldora mientras gritaba a los cuatro vientos las excelencias de sus funcionarios asalariados de sanatorio. Mis ganas de vomitar se hacen irrefrenables ante semejante trepa. Algunas personas, como ella, piensan que la única manera de sobrevivir en esta vida es repetir hasta el paroxismo a los que te circundan sólo lo que quieren oír; aunque el color del caballo blanco de Santiago sea fucsia no hay razón para reconocerlo si el fin lo justifica. Este tipo de especimenes, tan aparentemente felices y dicharacheros, tan maravillosos en su dicha interna, me hacen la existencia diaria insoportable. No comprendo sus sempiternas sonrisas, ni su cacareado a los cuatro vientos optimismo, ni sus fáciles recetas para los males humanos. Una vez me crucé en las fiestas del 2 de mayor con Trini, en su época de la chupa de cuero electoral. Ya llevaba atada al cuello su eterna cartelera Profidén. Los eternos sabios de su partido trataban de valerse de su supuesto sex-appeal para disputarle la alcaldía al cejas Gallardón. El coito con el electorado no fue posible. En el duelo de fachadas huecas el chico PePero la da cien mil vueltas, a ella se la ve demasiado el cartón.
En la política se cumplen día a día las máximas de estupidez humanas probadas por los psicólogos malintencionados que idearon “el reto de Pepsi”. A principios de los ochenta del pasado siglo un grupo de listos truhanes sin escrúpulos a sueldo de Pepsico idearon una gran jugada de poker para intentar dar gato por liebre a sus rivales. Se inventaron un absurdo test ciego al que sometían en grandes almacenes a los sufridos consumidores con el objetivo de que estos eligieran el sabor que más les agradaba. Estos sabios del sabor a cola conocían de antemano el resultado de tal encuesta, puesto que la mayor parte de los estúpidos e inconscientes homo sapiens eligen siempre el sabor más dulce si no pueden ver lo que ingieren. Pero Coca-Cola tragó el cebo, y en el año 86 cambió el sabor de su producto por otro más dulce. El gigante de Atlanta había pasado a trabajar para su antagonista por mera imitación e inseguridad. Los consumidores, cómo no, egoístas y mitómanos, dieron la espalda al nuevo sabor de Coca-Cola con el argumento de que no era el de siempre y los geniales Maquiavelos de Pepsi ganaron una inesperada batalla en las cuotas de mercado. Zapatero está aceptando el reto de PePsi. A principios de este mes, antes del cambio de gobierno, me sorprendió ver, en un editorial del telediario de Cuatro, a Iñaki Gabilondo recomendar textualmente al presidente del crisis-gobierno que pidiera consejos al maravilloso ex presidente de gobierno Felipe González. El legado histórico del sátrapa sevillano ha llegado siempre a los sociatas amorosamente escondido, como dice la canción de Lichis, en un envenenado Cropán. No sólo de cinismo vive el hombre. Sospecho que Gónzalez, como ya lo hizo Largo Caballero en su día, saldría corriendo con el rabo entre las patas ante cualquier peligro, el enemigo a las puertas o la peste porcina, qué más da. Los Gabilondo ya han tocado pelo en el gobierno, han catado al fin el chocho del poder nacional. Dios a veces escribe sus textos con renglones aparentemente torcidos, pero algunos caminos siempre conducen a Roma.
El gobierno avanza como un boxeador sonado, lanzando ganchos de mentira al aire para capear el temporal, esperando una imposible resurrección. Ronaldo golea en el Corinthians, el Paquirrín brasileño no tiene miedo a la gripe del marrano, sus sufridas células biónicas ya están inmunizadas gracias a los inmensos bocadillos de panceta que engulló a la salida de los bares de copas de la capital del reino español. El señor Nazario de Lima había pensado ya en colgar las botas y dedicarse, bien caracterizado (pero sin necesidad de colocarse barriga falsa), a tocar versiones del genial “Talco y bronce” de Manzanita en versión samba por las calles de la ciudad del río de enero. Sólo le haría falta romperse la voz con cazalla de la buena para conseguir el éxito en semejante empresa, para cultivarse una voz ronca al estilo del orondo gitano o de la apura vasos Bonnie Raitt. Pero Ronaldo ha vuelto con esa rapidez suya de Ben Johnson y ese toque de bola tan fino como el del genio Bochini (obligatoria lectura de Enric González:
La semana que viene tendré que visitar una vez más a mi seria matasanos, una tipa seca y sin concesiones, sobria como un espartano, mujer viejoven que ejerce un oficio que requeriría más labia y empatía para no hacerte sentir como un número cuando te ves obligado a visitar sus templos. Aunque, por otra parte, la comprendo, e imagino lo desagradable que debe ser tratar durante toda tu jornada de trabajo con un rebaño de humanos posibles portadores de la pestilente gripe del pollo, de la polla o del marrano. Antes de cada visita al sanador el cuerpo descarga adrenalina y piensas por un instante que todos tus males tienen solución, que la muerte nunca llegará, que esas cosas les pasan siempre a otros, que saldrás corriendo por la puerta como un potro nuevo a olisquear las infectas flores de mayo. El efecto suele ser el contrario. La ciencia te vende soluciones que siempre van a fallar a largo plazo, en el fondo sus métodos son tan ilusorios y fatuos como los de los curas, los lamas o los rabinos. Ir al médico, en el fondo, es tan estúpido como tomar la primera comunión. Siempre va a acabar uno en el sucio y frío ataúd, por mucho que corras la parca va a estar siempre esperándote en Samarcanda. Al final sale uno de la consulta con cara de lelo, como la que se le quedó el otro día al monstruo Ronnie O´Sullivan cuando le fallaron las carambolas durante el mundial de snooker (abyecto y noble al mismo tiempo el arte del billar) y tuvo que huir con el rabo entre las patas a su casita. No hay nada como un traguito de realidad, a palo seco o sólo con unos cubitos de la nevera, reality on the rocks. Siempre tardas en darte cuenta de que las bebidas fuertes se degustan rascando en la garganta, no reptando como lija sobre el paladar. La muerte siempre viene y te susurra al oído aquello de “love me like a man…”. Me sigue poniendo Bonnie Raitt, aunque roce los sesenta. Todo llegará, es cuestión de tiempo.

No había forma de bajar la persiana, y mi primer vecino de catre se empeñaba en dejar un pelín abierto el ventanal para sofocar el calor hospitalario. La ventilación provocaba que respirásemos todo el hollín que flota sobre el nudo norte de Madrid y que escucháramos en todo momento el ruido del insoportable tráfico colindante con la sempiterna autopista de circunvalación. Yo no podía negarme, a pesar de mi tos y de las miasmas que últimamente segrego, a los deseos del de la cama de al lado, porque a una persona a la que le falta una pierna nunca se le debe regatear nada. Él era un tipo admirable, que a causa de su larga experiencia como paciente debería ser nombrado automáticamente ministro de sanidad cuando el PP vuelva al poder. Si Rajoy lo conociese no dudaría en reclutarlo, no creo que ni siquiera el yernísimo Güemes pudiera hacerle sombra como experto en organizaciones sanitarias rentables. Nunca discutí que fuera el portador del mando de la tele. Se pasó los días, hasta que le dieron de alta, dándome ánimos. Él sabía instintivamente que mi cara es claramente de póker, que voy de farol, barruntaba riendo por dentro que mi acojone era del tamaño del Chogori. Sospecho además que, en algún momento, estuvo a punto de pedir que le pasara el pescado congelado que yo no consumía durante esas comidas carentes de sal. Nunca le niegues nada a un ex repartidor de Butano.
Las tragedias cotidianas invaden todos los rincones de cualquier ciudad sanitaria que se precie. Pasé una noche soñando con que el espíritu ectoplásmico de mi padre bajaba, desde la planta catorce en la que cascó, a visitarme para ver algún partido de fútbol juntos en la tele. El butanero pronto se marchó y apareció a mi lado un hombre (con mayúsculas) de ochenta y ocho primaveras que llevaba cuatro días sin probar bocado esperando una operación de by-pass que regara sus sufridas piernas flebíticas. Fue difícil el diálogo con él hasta que decidieron administrarle un poco de nuestra sopa boba. LLevaba pegada las veinticuatro horas del día una máquina de irrigación que, con sus gorgoritos, hacía imaginar que nos hallábamos sentados sobre la rivera de algún caudaloso riachuelo leonés. El artilugio entonaba sus cánticos chill-out mientras nosotros, la extraña pareja viejoven, asistíamos al espectáculo del fluir de las luces del desbocado río que es el final de La Castellana. Cuando al atardecer el mar de farolas se encendía sobre esa calle autopista que parece el Ródano pasando por Arlés, su luz se colaba imparable por nuestra ventana como un torrente fantasmagórico que me hacía pensar en el Madrid nocturno de mi amigo Luigi Bocherini, en ese Madrid antiguo en el que sólo ardían cuatro candelas alrededor de la cornisa del Manzanares que ahora el episcopado de Rouco piensa dinamitar. Espagueti Bocherini, qué grande eras, qué grande eres. Comprendo perfectamente tu estado depresivo cuando, al enfilar el paseo de Extremadura volviendo desde tu casa de Arenas de San Pedro con tu piara de hijos viudo y arruinado, cuando retornabas hacia esta urbe insana, avariciosa y diletante, pensaste que aquel al que regresabas no era tu lugar en el mundo. Se te vino a la cabeza, como a mí ahora, que esos que dicen que la vida es maravillosa y que el dolor te hace sentir vivo no son más que una panda de gilipollas, o de stronzzos, como tú prefieras que se diga. Si hubieses nacido un par de siglos más tarde habrías conocido esta maldita ciudad gracias a alguna beca Erasmus, que te hubiese permitido viajar desde tu maravillosa Lucca natal, pero hubieses podido volver a tu terruño mediante algún vuelo barato de Ryanair sin tener que esperar tantos años para poder volver a ver la maravillosa plaza del anfiteatro romano. Luigi no hubiese formado parte de ninguna movida madrileña, de ninguna bandada borreguil plagada de envidiosos pseudo artistas, ni se hubiera prostituído poniendo música a ninguna película del Almodóvar decadente, coñazo, pretencioso y repetitivo de los últimos años.
En la música del Madrid nocturno compuesta por el genio de la Toscana no resuenan ecos de Rock ni de Pop, no hay etiquetas. Quizás Luigi parecería un poco hippie con esa peluca a la moda que gastaba, un sucio hippie con mirada de perro como el que ha provocado el destrozo en mi tendón de aquiles. No hay nada mejor para sentir la tragedia humana que lo que transmiten los ojos de un perro, que hablan sin necesidad hablar. Casi siempre hay más conexión con esas miradas primitivas, surgidas no se sabe si del inconsciente colectivo de Jüng o de la sempiterna y gilipollesca fabulación humana, que con el zafio discurso elaborado con sinsentidos que tejemos para escabullirnos de la idea de la muerte, del paso del tiempo o de la soledad. Salí del hospital, me introduje con calzador en un escueto Peugeot 206 y, nada más llegar a casa, me pegué un costalazo al tropezar con el bidé mientras orinaba (meaba). Me quité el esparadrapo que ocultaba el pinchazo de la anestesia y, sobre su superficie, pude adivinar desagradables restos amarillentos de mi médula. Me duelen todos los huesos. Olisqueé mi cama como lo hace mi perra arrimando el hocico a mi sudoroso sobaco para sentirse segura y conseguí al fin dormir un rato al calor de la tele, que funciona a modo de hoguera en la cueva. Para relajarme, intenté provocar sueños en los que imagino que corro por un frío campo lleno de escarcha junto a una manada de lobos que me miran a la cara, con sus penetrantes ojos, como si perteneciese a su clán; me tumbo junto a ellos y me lamen las heridas. Huelo su rastro y me siento en casa, aunque hiele, aunque duela,
Las imágenes que nos quedan del estadio Metropolitano, que ni yo mismo llegué a conocer más que a través de relatos sobre antiguas leyendas, dibujan grises tardes de inexistente gloria perdidas en el infecto tiempo. Lo mismo ocurre con “La Pouppée”, antro donde tantos puteros se han encontrado y reencontrado, donde nuestro glorioso Julian conoció a Maite Zaldívar. El top-less de la “muñeca” me sorprendió la semana pasada con el cartel de “Se Alquila” colgado sobre su cierre. Ya comentábamos hace tiempo que este sui géneris
No sería de extrañar que algunos decadentes clientes habituales hayan llorado a sus puertas la pérdida de este club social de postín. Es posible que el ex ministro Bermejo, que vivía hasta hace pocos días a escasas dos cuadras de distancia del bareto (en un piso reformado a golpe de talonario por el estado), hiciera alguna escapadita a pillar cacho al local. Tendría mucho éxito entre la muchachada de gachises gracias a su impactante sonrisa etrusca Profidén de chimpancé afortunado. Ni tampoco se descarta que Alan Kennedy, el mítico pelotero que le metió el gol al Madrid en la final de París del 81, hiciese una excursión por el antro puteril de Plaza de España durante la última visita de su Liverpool a Madrid. Cómo nos amargó la noche el señor Kennedy. Recuerdo aquel partido hipnotizado delante de la tele. Esperábamos ansiosos, los jóvenes y los viejos del barrio, que aquel Real Madrid de los García, de Camaho, del joven Agustín, de Del Bosque, de Stielike, de Juanito, Santillana y Cunningham, saltase al campo a redimir más de dos décadas de pobreza e ignominia. Un mal presagio se ciñó sobre nuestras gargantas y nuestros culos blancos desde el comienzo: una grúa tiró por accidente un tendido de cables y no llegó sonido directo del partido hasta bien entrada la segunda parte. El choque transcurrió gris, entre un aséptico silencio ambiental sólo aderezado por los sosos graznidos del comentarista que toreaba el desaguisado desde Prado del Rey. De repente, Alan Kennedy se encontró un
Años más tarde, cuando el espigado mancebo ya estaba retirado del balompié profesional, volví a encontrármelo. Entrenaba a un equipo de niños en un campo de tierra perdido del barrio de Peña Grande. Como resultado de un eterno bucle existencial temporal a merced de un retorcido 
El domingo pasado subí esa cuesta, como tantas otras veces. Las siete en punto, tiempo suficiente para llegar hasta la Plaza de Benavente a la hora señalada. Las mismas siluetas de todos los días, el cartel rojo de “La Pampa” y la cúpula de castillo kafkiano amenazante de la iglesia del colegio de curas. En Alvarado sube a mi vagón de metro una ecuatoriana de caderas tan anchas como la ensenada de Guayaquil; dudo que pueda incrustarse sin calzador en el asiento. En Cuatro Caminos se incorpora una extraña pareja; él un chico aseadito patrio, ella una moza oriental de rompe y rasga. Hablan de ésta su primera cita sin aparente tensión sexual, pero es evidente que él desea taladrarla. Ella dice que está muy cansada, que le duele la espalda. El zagal quita tensión al asunto, miente insinuando que no deberían haber quedado ese día si ella estaba tan agotada, a lo que su compañera de domingo replica que no, que tenía ganas de ir al cine, pero que preferiría ir a ver la peliculita de “Benjamin Button..” a la de “El intercambio”, aunque añade que la semana siguiente elegirá ella. Él traga saliva gracias a la esperanzadora promesa de su Gong Li, e imagina cómo serán esos sabrosos polvos que posiblemente traerán lodos, aunque el fango de extremo oriente debe ser un fango diferente para meterla en caliente. Dos asientos se quedan vacíos. Ella reposa sus finas posaderas junto a mí y él se incrusta justo enfrente. Yo miro mi reflejo en el cristal, con mi mirada clavada en el vacío de la pared del túnel. En Madrid es costumbre tratar de hacer pensar a tu vecino que lo ignoras mirando al tendido; es una táctica agradable para con el prójimo, que evita sobresaltos.
El metro tarda veinte minutos en llegar a Sol. Luego camino por un pequeño tramo trufado de fauna variopinta y paso por delante del cajero automático que nunca funciona de Carretas. Tengo unos vales para los Ideal que caducan en ese preciso instante. La jefa, como siempre, llega tarde a la cita. La espero en la puerta del teatro de la acera contigua, con mi habitual cara de mala hostia de interpretación macerada con el tiempo, resultado de años de práctica ciudadana destinada a conseguir que nadie se acerque a molestarme. Dentro del cine huele a repugnantes palomitas, a Coca-Cola de polvos y se escuchan comentarios absurdos de gente demasiado trascendente. “La duda” es una película sin demasiados toboganes ni estridencias. Pasa a la historia en mi mente como si tal cosa, sin dejar demasiada huella. No obstante, su trama me suena a déjà vu. Algunos curillas no saben contener la tensión sexual hacia los tiernos infantes. Eso en mi pueblo se llama pederastia. Yo asistí a un odioso colegio donde se protegía a los asotanados pedófilos practicantes sin ningún pudor. Ninguno me metió mano. Quizás tuve suerte de llegar muy crecidito al lugar, con unas manos ya rápidas y curtidas, y unos pies que podían patear sus huevos hasta colgarlos de la veleta del campanario. Si se les permitiese hacerse pajas sin remordimiento esos problemas de incontinencia sexual no se producirían tan a menudo. Ellos me enseñaron el noble arte del odio visceral. Vivir bajo cualquier yugo te afianza en oscuros caminos vitales. Ellos decían que yo era un tipo raro. Nunca fui a confesarme a sus cuchitriles. No me dan ninguna lástima cuando mueren de viejos. Me enteré espiando por Facebook que había muerto don Aniceto; algunos lamentaban su pérdida y destacaban su afable carácter. Yo pensé para mis adentros: “qué bien muerto está el hijo de puta”. La pena es que no había ninguna Meryl Streep en el colegio, nunca las hay en esas cochiqueras, sólo en las películas. De ese modo evitan erecciones heterosexuales infantiles. Me marcho del cine sin pena ni gloria. Muy pronto se borrará el recuerdo de esta absurda tarde.
En la estación de Tirso de Molina suele siempre haber algún yonki en el andén. De chicos nos daban miedo, ahora son muertos vivientes. Pero en esta ciudad hay que mantenerse siempre con un ojo abierto en la nuca. El convoy que tomo avanza lento hasta Sol. Se para. Se abren las puertas. Por un vericueto del destino entra la misma pareja que me acompañó en el viaje de ida. Se sientan exactamente en la misma posición, uno enfrente del otro. La tierna lemmonhead lleva entre las manos un cartón con gominolas que le ofrece a su chaval occidental, pero al lampiño mozo no le gusta el dulce, debe ser un chico sano. Charlan sobre lo cansado que será el lunes en el trabajo, qué mierda de trabajo. A este paso no habrá sexo. El tipo se va a bajar en Cuatro Caminos, y relata a su objeto de deseo oriental que tendrá que caminar diez minutos hasta llegar al portal de su casa. Ni se besan ni se tocan antes de que él salga por la puerta, un escueto “hablamos” remata la faena. Ella sigue sentada a mi lado. Mi reflejo, allí clavado mirando a la nada, se parece a Altobelli en su etapa final en el Inter, cuando era suplente y calentaba banquillo con cara de mala hostia en el Bernabéu, cuando el Madrid los vapuleaba y él no podía hacer nada; la cámara de televisión se recreaba en su efigie de corsario pendenciero derrotado. Me levanto haciendo el típico equilibrio de surfista del metro. Abro la puerta. Me bajo. Recuerde no introducir el pie entre coche y andén. Peligro, estación en curva. ¿Dónde está la curva? No veo la curva, ni a la niña de la curva. A las doce pondrán el programa de Iker Jiménez. La calle está casi desierta. Da gusto caminar a la fresca nocturna. Nunca tengo frío, es una ventaja. Subo, bajo, subo, vuelvo a entrar en mi cueva, me tumbo en mi cama de faquir. Tardaré en dormirme. Mañana será otro día. Creo que me afeitaré. Amanecerá, habrá un cielo verde peppermint bajo un sol azul eléctrico, y seguirán pasando las horas como segundos, como si nada ocurriese, cada año más rápido. Y tú nunca tomarás Prozac y continuarás huyendo de las locas que se cruzan por tu vida. Un vinito en vez de Tranquimazín quizás.
A estas alturas de la película de nuestra vida hay que ser tonto, muy gilipollas, para no darse cuenta de que las ideas preconcebidas que tenemos a cerca de cualquier cosa no son más que inventos banales. Me temo que, en el futuro más próximo, viviremos tiempos de añoranza, echaremos de menos la fe ciega que proyectábamos sobre el progreso. Edificaremos nuestra existencia al estilo de Stephan Zweig en “El mundo de ayer”, aunque sin nazis persiguiéndonos; no obstante tendremos a los bancos y a los cobradores del frac pisándonos los talones. Yo atesoraba un pensamiento que creía claro y transparente, cierto e indudable: que Ron Howard era un patán dedicado a gastar mucho dinero en obras infumables. He tenido que envainármela y reconocer que detrás de esa calva, de ese rostro de estúpido, había algo más que cartón y serrín. Porque no se puede negar que, por fin, después de muchas mierdas, premiadas y sin premiar,
Tanto Howard como Rourke fueron expulsados en su día del paraíso por motivos alcohólicos y lisérgicos. Lo mismo que Luis Herrero ha sido echado a puntapiés del paraíso tropical venezolano de Chávez. El eurodiputado-“periodista” cree que sigue siendo un joven contestatario y rebelde, pero lo es al estilo del personaje que Ron Howard interpretaba en “American Graffiti”: acartonado y conformista conservante chico conservador. Difícilmente la sartén de Herrero puede decir al cazo Chávez “apártate, que me tiznas, so dictador”. No se puede cantar con huevos como Joey Ramone y pensar cómo Johny Ramone a la vez, ser un punk-rocker y mantener posturas cercanas al Ku-Klux-Klan, uno acaba dándose de hostias dentro de sí, o trabajando en la COPE.