Última estación, Teherán

•Julio 1, 2009 • 3 comentarios

presidente_Ahmadineyad_OK_6

Me sonaba su cara. Él estaba entrando una moto en el taller de motos. Recuerdo cuando le di una paliza. Éramos sucios adolescentes. Le golpeé en la cabeza, le pateé el cuerpo, con la mano abierta y con el puño cerrado. Pedrito. Su padre me dijo que me iba a matar. Su padre parecía un poco retrasado. Pedrito. Sólo por llamarme hijo de puta durante un partido. Pedrito. Éramos del mismo tamaño, talla mierda. Yo los recuerdo a todos, pero yo no ocupo lugar en ninguna de sus neuronas. Me gusta esta memoria que el buen Dios me ha dado, me permite acordarme de lo ratas infectas que somos los seres humanos; dentro de la manada homo sapiens no existe ni la excepción que confirme la regla, cuando a cada uno nos llega el momento oportuno sale el cerdo bastardo que llevamos dentro, por mucho que nuestros miles de millones de madres fueran unas santas antes de concebirnos. Ahmadineyad es un hombre santo, está contribuyendo a que en el planeta existan unas cuantas bocas menos que alimentar, sólo hay que apretar un poco el gatillo. Que no nos vendan la moto de que Rafsanyaní es un abuelete entrañable, ese ayatollah no es ni mucho menos un adorable anciano chapado a la antigua al estilo Paco Martínez Soria en “La ciudad no es para mí”. En esa obra maestra ese mago del cine patrio llegaba a la estación de Atocha con un retrato de su fallecida santa bajo el brazo derecho y una jaula con gallinas bajo el izquierdo, ligero equipaje para defender unos valores ancestrales verdaderos ante sus nietos, hijos y demás parentela. Lo dicho, un puto genio.

estacionlasmatasAhora han construído un caparazón en la estación de Sol para que salgan de las entrañas de la tierra las masas de inmundicia humana. El tren, el tren, siempre quise viajar en él, pero no me fue necesario, yo vivo en el interior de la bestia, soy un infecto hematíe más que corre por sus putrefactas venas, nunca he necesitado medios de transporte de larga distancia como sí que lo hacían mis compañeros que purgaban existencia en lugares de baja estofa como Getafe, ese pueblo donde todo el mundo va en chándal, Brónxtoles, patria chica de la empanadilla revenida o esa entrañable por pueblerina hasta el hartazgo villa de Valdemoro. Miento, sí que cogía el tren. Lo tomaba en Chamartín cualquiera de esas tardes del verano del 89 en las que las calles ardían al sol de poniente y había tribus ocultas cerca del río. Hacía un calor de cojones en esos andenes poblados por aquel entonces de agresivos yonquis pedigüeños. El expreso de Las Matas circunnavegaba pueblos residenciales de alta gama en la zona norte de la urbe hasta llegar al destino Los Peñascales Station, en el que tú y yo nos encontrábamos fugazmente para follar como conejos al borde de la piscina del chalet vacío de tu vecino. Su hijo nos prestaba amablemente las llaves y nos contaba que el Porsche Carrera blanco que su padre atesoraba en el garaje se lo regalarían el día que se sacara el carnet de conducir. Qué difícil debe ser fornicar en el asiento de atrás de un coche más bien biplaza. Nunca me ha gustado mancillar la parte trasera de mis autos, soy pobre pero sibarita para el fornicio. Me ponía tu amiga la que venía a buscarme en moto al apeadero. Las amigas de mis amigas, siempre flotando en el aire. Tú les gustabas a mis amigos, quizás porque eras alta y muchos siguen a rajatabla el refrán de “caballo grande, ande o no ande”, o quizás porque tenías los ojos de un raro color amarillento. Me mentiste en la edad, te pusiste un año, y eso que yo parecía un crío a tu lado. Sospecho que ahora te lo quitas negando la fecha que reza en tu carnet de identidad. Carnets, carnets y más carnets. Hacíamos trompos en un SEAT Panda por las polvorientas calles de tu urbanización. Tu hermano no se hablaba con tus padres desde que se había enrolado en el Opus. Tu brother se hubiese escandalizado al imaginar nuestros encuentros. Tus progenitores sospecho que tampoco se decantaban en exceso por el lado izquierdo de la ideología, a juzgar por vuestra choza. Dejamos de vernos después del verano, pero tú me invitaste a tu veinte cumpleaños. Prometí acudir. Creo que todavía me esperas. No he vuelto a coger el expreso de Las Matas. Me acordé de tí el día que cambié las ruedas de mi coche por unas de oferta de marca desconocida en el Aurgi de la estación de Chamartín. Ahora pululan más policías por sus andenes que yonquis. Incluso algún integrante de las fuerzas del orden me observaba receloso posiblemente a causa de mi aspecto sospechoso y mi incipiente cojera típica de cualquier ser callejero maltratado por la vida, quién sabe si provocada por el pico o el caballo. Cuentan que ahora los cunderos se han hecho fuertes en la glorieta de Embajadores. Un viaje a La Rosilla, ida y vuelta, en SEAT Ibiza robado por diez boniatos o dos papelinas. También dicen en los periódicos que la estética quinqui nunca fue copiada por el mundo de la moda, y cuentan esto como si hubieran descubierto la pólvora. El Jaro robó en la tienda de mi padre cuando era un mozalbete, mucho antes de que Sabina le compusiera el “Pacto entre caballeros”. Nos hurtó la recaudación de un 17 de julio, justo antes de la fiesta nacional. Mi madre lloraba de rabia en la puerta de mi casa bajo un sol de justicia de los de antes que se reflejaba en los calvos descampados. La banda del Jaro se paseaba a toda velocidad con sus “locas” 1430 robadas por nuestras calles  adoquinadas. Su lugarteniente era el hijo de la leyenda blanca Becerril, un jugador del Real Madrid mítico por su heroicidad durante el mítico enfrentamiento con el Partizán en Belgrado, que disputó con un tobillo fracturado a causa de un resbalón sobre el terreno completamente helado; aquello fue una encerrona en toda regla preparada por esos humanos sucedáneos de bolchevique que habitaban en la patria del emperador Tito.

amparoTe parecías a Amparo Llanos, pero no llevabas ningún tatuaje, no creo que tu familia te hubiese autorizado a dibujarte sobre el cuerpo ni con calcamonías (calcomanías para los cursis). Qué sucia y qué guarra eres Amparo Llanos, nunca te perdonaremos haberte pasado al tecno-pop, si al menos hubieses abrazado el Porno-pop. Nuestro programa en la radio pirata se llamaba así, “Porno-pop”. Nos invitaban a fiestas a cambio de insultar a su inteligencia a través de las ondas. Un día cualquiera del 94 me llamó por teléfono un compañero de falcultad, le temblaba la voz, estaba como asustado. “Se ha muerto Kurt Cobain”, me dijo. Me lo imaginé con lágrimas en los ojos. También recuerdo que yo tenía resaca aquella mañana, como muchas mañanas por aquel entonces. Colgué el teléfono y me tumbé boca abajo para intentar disipar el mareo, no era conveniente quedarse dormido boca arriba y despertar pareciendo un volcán stromboliano en erupción. Me pone Amparo Llanos. Qué traidora que eres, Amparo Llanos, y la gorda de tu hermana es mucho peor que tú. Hace un calor de cojones en esta ciudad, ufff.

gachas@excite.com

Pan

•Junio 19, 2009 • 4 comentarios

tetuan

No me gustan las cicatrices. No ayudan a andar, ya lo dijo Aute. Escuecen y molestan con cada cambio de tiempo. Y mi pensamiento tampoco puede tomar asiento, aunque no estoy siempre de paso, para mi desgracia tengo las raíces más hundidas en esta tierra que los raigones de mi muela del juicio, que los muy cabrones se niegan a ser expulsados de mi cuerpo después de año y medio de su intento de extracción. Llevo marcado a fuego un costurón de diez centímetros que me ha crecido encima del tobillo. Siempre había pensado que mi cuerpo era poco vulnerable a las lesiones. Sin embargo, cuando me he puesto a contar percances durante este tiempo de apoltronamiento, me he dado cuenta de que mis piernas son más bien las de un ecce homo camino del Gólgota. En más de diez ocasiones he sufrido esguinces de tobillo, me rompí un ligamento de la rodilla y mi tendón rotuliano derecho atesora una inflamación crónica que me hace moverme como una niña tomando el té en cuanto piso diez minutos un campo futbolero. El mes pasado me dijo una simpática profesora que pensase que iba mucho más conmigo romperme el tendón de Aquiles que cualquier otra parte del cuerpo con un nombre más vulgar, que en el plano filosófico (no se puede ser más pedante que esta señora de apariencia joven pero viejoven de edad) sonaba mucho mejor que romperse la tibia y el peroné. Nos relataba la susodicha, en un receso de su ímpetu docente, que cuando era pequeña los niños la perseguían a pedradas por el patio del colegio porque les parecía raro que leyera en el recreo. A mí me han pegado pedradas, pero también, confieso, he lanzado alguna que otra que ha atinado sobre alguna cabeza. Ahora me ha tocado purgar mis pecados sufriendo el famoso “síndrome de la pedrada”, esa sensación irrepetible de que alguien te ha pegado un palo en el tobillo y que cuando te das la vuelta descubres que o eres tonto o el enemigo es invisible.

tetuan2Jugábamos al fútbol dando balonazos sobre una puerta de garaje de metal. El ruido de los golpes era ensordecedor; los vecinos salían iracundos a las ventanas, nos insultaban y amenazaban. Un yonki intentó una día quitarnos el balón, nos dijo: “poneros lejos, más lejos, más, que os tiro un penalti…”. Uno de nosotros, los niños cabrones del barrio, le respondió: “hijo de puta, ni pienses que te vas a llevar la bola….”. El tío llevaba una botella de batido Ryalcao de vainilla medio vacía en la mano, hizo ademán de romperla para amenazarnos, pero al golpearla contra el bordillo se cortó la zarpa, se  hizo una raja en la mano. Se marchó andando lentamente hacia ninguna parte, sin el balón, como una niña después de caerse al suelo y llamar a mamá. Luego llegó el camión de reparto del pan. Pero no traía pan, sino que el conductor se follaba a la panadera del barrio entre pistola y chusco. Ella sacaba al perro a la puerta de la tienda y, mientras éste ladraba excitado por la dulce visita, ella gritaba a los cuatro vientos, para que se enterara todo el barrio: “¡mira quién viene!”. Con el tiempo dejaron de fornicar, y cuando ella se jubiló le telefoneaba todos los días, obsesionada con su macho. La mujer legítima del repartidor acabó llamando a la policía para que la Loli dejara de perpetrar semejante acoso telefónico. Nuestra vendedora de bollos murió de cáncer hace dos años, soñando con su amante que olía a harina. De pequeño yo le decía a mi madre que quería ser panadero, que para ese oficio no era necesario madrugar como lo hacía mi padre. El olor a pan es lo mejor de este infecto mundo.

tetuan3El padre del Ramiro se había quedado parapléjico en un accidente de coche. Era tabú verle, nunca entrábamos a su casa, sólo escuchábamos desde el umbral de la puerta como balbuceaba, porque el hombre era incapaz de hablar bien. El Luis tenía cuatro hermanos. Su ropa apestaba, se la debían lavar muy poco. Le llamábamos el mofeta, o el pato, porque nadaba muy bien y decíamos que tenía membranas entre los dedos de los pies, como el pato Donald; además era muy torpe para cualquier tipo de deporte de equipo. Nos daba de hostias cuando le llamábamos por alguno de sus motes, pero aunque nos hacía bastante daño cuando nos cogía del cuello siempre volvíamos a reírnos de él. Tenía el coraje y la lealtad tan desarrollados como los pies, y llegó a calzar un cuarenta y cinco. El Vicente vivía con sus dos padres, pero ambos progenitores no tenían relación el uno con el otro, no fornicaban, ni se hablaban. El pater familias era un borracho impenitente que trabajaba de repartidor de chucherías y frutos secos por los bares; se rumoreaba que a la madre la había medido el lomo en más de una ocasión. Vicen era hiperactivo, le echaban todos los días de clase con pupitre y todo, porque se agarraba a la mesa con todas sus fuerzas y la maestra lo arrastraba con todo el equipo al pasillo. Volvía a casa dando volteretas laterales sobre la acera y simulando que bailaba con las farolas. Cuando perdíamos un partido él siempre sugería que jugásemos la revancha a hostias; el otro equipo no tenía más remedio que salir corriendo hasta sus casas, con él detrás amenazante. El Jose gustaba a todas las niñas, no sabíamos por qué, pero las gustaba. Decíamos que trabajaban de putas para él. Tenía un Spectrum 48K con el que jugábamos al Alien8. Formábamos pareja putativa en las máquinas de los bares y éramos absolutamente imbatibles hasta que murió ahogado sumergido en un ancho río que pasa por Toledo. El Marcos se había quedado huérfano de madre cuando era muy pequeño, lo que le había convertido en el niño mimado del barrio. Le compraban todas las colecciones de Madelman y de Geyperman, la de los esquimales en el polo, la del buzo con traje de falso neopreno, le teníamos tiña. Guardaba como oro en paño en una estantería de su casa un Scalextric enorme con muchísimos coches nuevecitos, todos metidos en sus cajitas, un balón Tango blanco brillante y una camiseta Adidas de la selección alemana del mundial 82. Le teníamos envidia cochina, pero por otra parte compasión. Algunos insinuaban que era un poco maricón, pero lo único confirmado a ciencia cierta es que tenía una zurda potente al estilo Rumenigge.

saguntoAquellos veranos olía a tierra seca, a las agujas de los pinos de la Dehesa de la Villa abrasadas por el sol. La arena de estos andurriales me huele tan bien como el pan recién hecho en el horno. Dicen que hay que dejar que la harina de las hogazas se enfríe para que la miga no te siente mal, que si te lo comes caliente provoca dolor de estómago; pero es imposible resistir la tentación. Cuando caen las primeras gotas de una tormenta de verano el ozono que el agua arrastra desde la troposfera huele cojonudamente. Las golondrinas vuelan a ras de suelo justo antes de la lluvia y chirrían espasmódicas al cazar los infectos insectos voladores de los que se alimentan; bocatto di Cardinalle. En agosto se marchaban cada uno a su pueblo. Yo no tenía pueblo. Nos íbamos a una sucia playa de levante. Allí soñaba con las dulces chicas fornicadoras francesas que hacían top-less a la orilla de la cloaca mediterranea. Años más tarde ví a este tipo de gachises en las películas de Rohmer. Ahora tengo que estirar el tendón cada vez que me levanto de la cama, y duele. Desde mi jergón os maldigo a todos, donde quiera que estéis.

<<Dios y el diablo son de aquí, pongamos que hablo de Madrid>>

gachas@excite.com

Esperando nada

•Mayo 12, 2009 • 1 comentario

Antonio_Vega_

Se ha muerto. Es cómo el final de una época. Hacía muchos años que agonizaba. Me contaban que hace mucho tiempo él pillaba coca en una de las casas bajas en las que había bussiness en mi barrio. Lucía esa mítica cara de cadáver andante, de zombi, como ninguno. Siempre cantaba con la mirada perdida, hacia el suelo o hacia ninguna parte. Es difícil encontrar algo interesante a lo que mirar desde el color de tu cristal. Fueron míticas sus espantadas de los escenarios, sus estratosféricos retrasos en los bolos del Clamores o el Galileo, y los rumores sobre su siempre próxima muerte. Enterró a casi todos los yonquis de su generación con su malísima salud de hierro. En realidad nadie sabía casi nada de él. Su existencia era toda especulaciones. Es difícil ponerme a mí sentimental, al menos de cara al público, pero reconozco que en más de una ocasión solté la lagrimita escuchando su “Chica de ayer”, su “Lucha de gigantes” o su “Háblame a los ojos”, esas canciones que no dicen nada o que cuentan todo lo que cada uno quiere oír. Habitábamos y compartíamos en la distancia el sucio planeta de los hombres extraños. Sospecho que él caminaba muy sólo, que le aterraba verse transparente ante el espejo, que se evadía siempre que podía corriendo hacia ese cielo infernal de los lúcidos, esa esfera que mata y consume las existencias de los conscientes,  de los que pueden adivinar que no hay nada dentro de nuestra nada. No me creo que no le tuviese miedo al tiempo que se va, no. Todavía no me explico cómo soportaba, con esas espaldas de palo, el peso de la Lespaul. La ciencia debería estudiar su enjuto esqueleto. Su primo es un ser detestable, pero es su primo. No pudimos ir a verlos a los conciertos de despedida de Nacha Pop en la pija sala Jácara, no había entradas, las habían comprado todas los niñitos del barrio de Salamanca. Pero él venía a ponerse ciego a nuestras calles. Podría haber pasado inadvertido sentado en cualquier banco junto a los típicos cadáveres andantes de los cuarenta añeros supervivientes de la guerra de la jeringuilla, conflicto que asoló nuestras aceras durante los años ochenta. Antoñito no podrá nunca descansar en paz, porque no se descansa cuando visitas el crematorio del cementerio de La Almudena, allí se acude a penar por nuestros últimos pecados. Nunca sabremos de qué trataban sus canciones. Muchos las cantaban a voz en grito en sus conciertos, como si fuesen himnos, pero pienso que ese era el último de sus destinos, no se encaminaban hacia la opereta grupal, no había sido creada su fina lija para la meliflua boca de los fanáticos teenagers.. Sólo puedo decir que, por alguna razón que se me escapa, se sentían. Y el que no las sintiera peor para él, o quizás mejor, nadie lo sabe. Hay muchos senderos que llevan a sentir las cosas, pero es difícil, quizás un don enviado desde otra dimensión desconocida, hacer algo en tu vida desde el fondo de tus tripas. Por mucho que corras, por mucho que lo intentes, que lo persigas, que no cejes antoniovegaen el intento, si no puedes hacerlo es que no puedes y no hay más vuelta de hoja. Los intestinos son así, son movidos por el azar, por la necesidad, llámalo x si quieres, hacen brotar de tus infectos adentros algo que no se puede explicar, esa voz interior que te acompaña, que te hace feliz o te transporta hacia una fosa abisal, que te dice, igual que al paranoico, cómo debes matar o que te maten. Las manos, lo dice Silvio, son las mismas para dar y para asesinar, a tus amigos o a tus enemigos, es difícil de controlar la corriente del supuesto instinto, aunque el humano haga mucho que abandonó la animalidad; pero en el fondo, ¿qué importa?, si todo son palabras inventadas para poner riendas al camino. En la lucha eterna e interna de los gigantes que habitan nuestros abismos siempre me imaginé cómo se vería a sí mismo al golpeárse sin querer contra una pared que le rompía los huesos. En la patria de los héroes no tenía cabida, porque allí no hay más que hazañas inventadas para estómagos complacientes, mentiras piadosas para no herir. Desconfía del vampiro, nena, decía, lárgate lejos antes de que vuelva para consumirte, márchate antes de que muera el sol, no te dejes llevar por mí porque vas a hacia ninguna parte, hacia ese lugar que, si te fijas bien, es siempre el final de todo. Es fácil revelar que la historia es a veces mentira y las otras, el resto, no es verdad. Y no había en él más que cantos de sirena, y luces que decían que todo se largaba para no volver, que no habría marcha atrás cada día que volviéramos a casa cuando cerraran los bares; que, a cada paso, las alas que nunca nos habían servido para levantar el vuelo se derretirían y se volverían pesados fardos de lastre. Entonces arrastraríamos nuestras taras hasta la cima de la montaña para que volviesen a caer al otro lado, cuesta abajo, por el afilado precipicio, cuando ya no nos quedaran fuerzas ni para descender a rescatarlas. Y mi cabeza sigue y sigue dando vueltas, persiguiéndote.

<<Abre mi puerta, quiero entrar y salir, y refrescarme antes de repetir>>

gachas@excite.com

Tánatos y civilización

•Mayo 7, 2009 • 3 comentarios

pakis

No, no soy la alegría de la huerta. Puede parecer lo contrario, pero no lo soy. Dicen que soy bastante oscuro por dentro si miras detrás de esta careta. A mí no me cabe duda de que eso es cierto. He entrenado mucho para lograr disimular el mayor de los desprecios con la mayor de las sonrisas Licor del Polo en la boca. Y no, definitivamente no, no soy nada optimista. Ayer me tumbé debajo de un plátano de sombra después de arrastrar mi yeso durante un interminable kilómetro, uno de esos kilómetros de cuestas arriba y cuestas abajo que contiene esta infecta ciudad de subes y bajas. Allí, aplastado, me puse a pensar en lo maravillosa que sería para mí esta urbe si cayese desde ese cielo azul con boina grisácea una bomba de neutrones y yo fuese el único superviviente, al estilo de la repugnante película setentera “The Omega man” protagonizada por mr. Heston. A lo lejos veía que, sobre la ventana de un ático construido sobre un caro solar del Paseo de la Dirección, colgaba un cartel de se vende. Otro de tantos. Las vistas desde semejante piso deben ser increíbles, con la sierra aun nevada en mayo al fondo; pero los ruidos del túnel de Marques de Viana y de las bachatas a todo trapo de los ecuatorianos, que pueblan el parque Rodríguez Sahagún los domingos por la tarde con iguales modales que los gaboni los aledaños del monte Mutia, es muy posible que hagan poco habitable semejante paraíso de ladrillo terrenal. Las gentesomegaman1 que pueblan esta ciudad son como esa canción de la Velvet que me encanta y me enerva a partes iguales, “Sugar Ray”, sucia y gris, sentida y machacona, ronca acompañante para noches tristes, pero que escuchada largo rato, al estilo mantra tibetano, provoca el odio más nauseabundo hacia el género humano así como la más profunda de las depresiones. Las canciones de esa época compuestas por los ínclitos Reed y Cale son retazos podridos de animal de ciudad, son tripas a merced de los carroñeros. Los anfibios de urbe corren de un lado a otro boqueando, retorciendo sus branquias atrofiadas y comiéndose crudos los unos a los otros. Viajan desde sus casas a otras casas, desde esas porquerizas por inercia a otros lugares, en un movimiento caótico, absurdo e infinito, que dura años, hasta que en última instancia se arrastran hasta los tanatorios, que son como El Corte Inglés pero con ataúdes, con mucha gente, unos de cuerpo presente y otros menguante, unos guardando silencio y los otros hablando de fútbol u otras lindezas, unos haciendo que ríen, otros haciendo que lloran y los más sin saber qué carajo es lo que están haciendo allí. Sí, soy bastante oscuro, por dentro, y por fuera suelo llevar camisetas negras. Sí, engaño mucho a simple vista. Es cierto, la mayoría de vosotros no me gustáis un pelo. Cuestión de gustos, sobre ese cantar no hay nada escrito, en realidad no hay nada escrito sobre nada.

dejame-entrar-02Hoy me he vuelto a tumbar bajo el mismo árbol. Algunas palomas torcaces han amenazado con cagarse encima de mí, y sus guanos son de un tamaño tal que podrían ahogar a cualquiera. Mi cuerpo y mis manos están doloridos a causa del noble arte de desgastar aceras con muletas. Si hay una cosa de la que te hace darte cuenta el no poder caminar es de lo sólo que en realidad estás en este planeta. Vienes del vacío sólo, caminas sólo, palmas sólo; es irremediable, ineludible, incuestionable. Existen multitud de momentos en esta asquerosa existencia en los que sólo te quedan tus huevos y tu tele. Durante esos interminables instantes hay que apretar los glúteos y tumbarse en posición fetal a admirar lo más absurdo dentro del absurdo. La vida pierde la poca credibilidad que parece poseer cuando te paras a mirarla a cámara lenta. Me ha gustado mucho cómo la niña vampiro Elli destripa a sus alimenticias víctimas en la genial, gélida e innegablemente sueca película “Déjame entrar”. Días después de haberla visionado van y me dicen que en el libro en el que se basa el film la adorable cría, a la que invoco cada noche para que venga a rescatarme, no es más que un niño capado hace doscientos años. Deberían haberse ahorrado esa trama gayer dentro de la fantástica historia, he sufrido una gran y heterosexual desilusión por su causa. Hablando del tema gaylor, he de añadir que la ballena Almodóvar ha perpetrado otro de los zurullos a los que nos tiene acostumbrados en los últimos dos lustros. Hay que ser muy ruin para ensuciar la carrera de Lluis Homar obligándolo a participar en semejante mamotreto, “Los abrazos rotos”.  Si cualquier otro director de eso llamado cine incluyera una enseñada de tetas gratuíta, cómo lo hace en este caso Pedrito con la insufrible Kira Miró, los críticos se le echarían al cuello de forma automática. Con este personaje pasado de rosca se defiende ya lo indefendible. En cuanto a infamia ronda ya el nivel de Teddy Bautista, pero su caso es mucho más grave, ya que hubo una época en la que Almodóvar atesoraba un enorme talento. El presidente de la SGAE siempre moldeó mierda. No haré demagogia sobre la asociación de chorizos que financia, en teoría, al gremio de creadores y autores. Lo que sí es cierto es que hay que ser muy hijo de puta para cobrar royalties en conciertos benéficos, pero hijo de puta con todas las letras; con perdón incluido, eso sí, para las putas, y un saludo a las de la Casa de Campo, que hace ya casi dos meses que no las veo.

teddyLa SGAE se labra a pulso el perfil de ser el demonio personificado, la bicha, el trono de Belcebú. Estoy seguro de que si en las Españas hubiese un levantamiento popular al estilo argentino, o de que si los talibanes consiguiesen sitiar y tomar el país, a quien primero se capturaría y colgaría cabeza abajo de alguna farola sería a Ramoncín. Los partisanos defensores del Emule lo agarrarían de las pelotas y lo conducirían a cualquier paredón al uso. Pronto prohibirán las descargas gratuítas los autores talibanes. Sus primos, los barbudos mulahs afganos, pronto conquistarán el caótico Pakistán, y poco más tarde se extenderán por el mundo. Nostradamus describía al Papa negro campando a sus anchas durante el Apocalipsis, y todo ello no es más que una metáfora de Obama con báculo corriendo por el patio de The white house con su nuevo perrito de aguas portugués. Hay que joderse, el perrito es acuático, pero dicen que no sabe nadar. Decía la canción de Lichis, creo que dedicada al planeta tierra:

<<Mi paisaje interior, contaminado
mi cabeza llena de pájaros enjaulados
las paredes de mi chabola aún guardan el recuerdo
de aquellas noches de invierno
follando como perros.
Por si te acuerdas de mí te he apuntado
en una barra de hielo
mi dirección y mis mejores deseos:
“¡Que te follen!”>>

Lo siento, no veo la salida de ninguno de los túneles. El fin del mundo nos da igual, caray, mujer. Mejor me follas como prefieras, al estilo Krahe o cómo te salga de ahí.

gachas@excite.com

Apoteosis marrana

•Abril 30, 2009 • 3 comentarios

cerdo-sociable

No sólo de cerdo vive el hombre, también muere por su causa. Me regocijo de gusto, el precio del jamón, del chorizo y de similares delicatessen derivadas del chón van a bajar a plomo en los mercados; los puercos se han unido para combatir la crisis, para fulminar los precios, para llenar los estómagos de todos nosotros, sus más fieles seguidores, los que amamos hasta sus andares marranos, de los que nos hacemos llamar ovolactopuercovegetarianos. Un panorama de psicosis colectiva, un paisaje plagado de mascarillas y profilaxis varias, nos persigue. El estado mexicano, uno de los más puercos del planeta tierra, sufre los efectos de la mutación vírica más poderosa desde que les visitaran Hernán Cortés y sus huestes; los exterminadores iban antiguamente montados en caballos, ahora cabalgan a lomos de enormes especimenes porcinos buscadores de trufa silvestre. Espero fervientemente, rezo a Satanás e incluso a San Rouco para que la paranoia porquera colectiva vacíe las atiborradas salas de espera de urgencias de los macro hospitales que últimamente me veo obligado a visitar.

triniUna de las demagogas más grandes que ha parido hembra en España, Trinidad Jiménez, ahora ministra de enfermedad, se despacha esta semana en una televisión cualquiera adulando al personal sanitario de este país, dorándoles la píldora mientras gritaba a los cuatro vientos las excelencias de sus funcionarios asalariados de sanatorio. Mis ganas de vomitar se hacen irrefrenables ante semejante trepa. Algunas personas, como ella, piensan que la única manera de sobrevivir en esta vida es repetir hasta el paroxismo a los que te circundan sólo lo que quieren oír; aunque el color del caballo blanco de Santiago sea fucsia no hay razón para reconocerlo si el fin lo justifica. Este tipo de especimenes, tan aparentemente felices y dicharacheros, tan maravillosos en su dicha interna, me hacen la existencia diaria insoportable. No comprendo sus sempiternas sonrisas, ni su cacareado a los cuatro vientos optimismo, ni sus fáciles recetas para los males humanos. Una vez me crucé en las fiestas del 2 de mayor con Trini, en su época de la chupa de cuero electoral. Ya llevaba atada al cuello su eterna cartelera Profidén. Los eternos sabios de su partido trataban de valerse de su supuesto sex-appeal para disputarle la alcaldía al cejas Gallardón. El coito con el electorado no fue posible. En el duelo de fachadas huecas el chico PePero la da cien mil vueltas, a ella se la ve demasiado el cartón.

coke-vs-pepsiEn la política se cumplen día a día las máximas de estupidez humanas probadas por los psicólogos malintencionados que idearon “el reto de Pepsi”. A principios de los ochenta del pasado siglo un grupo de listos truhanes sin escrúpulos a sueldo de Pepsico idearon una gran jugada de poker para intentar dar gato por liebre a sus rivales. Se inventaron un absurdo test ciego al que sometían en grandes almacenes a los sufridos consumidores con el objetivo de que estos eligieran el sabor que más les agradaba. Estos sabios del sabor a cola conocían de antemano el resultado de tal encuesta, puesto que la mayor parte de los estúpidos e inconscientes homo sapiens eligen siempre el sabor más dulce si no pueden ver lo que ingieren. Pero Coca-Cola tragó el cebo, y en el año 86 cambió el sabor de su producto por otro más dulce. El gigante de Atlanta había pasado a trabajar para su antagonista por mera imitación e inseguridad. Los consumidores, cómo no, egoístas y mitómanos, dieron la espalda al nuevo sabor de Coca-Cola con el argumento de que no era el de siempre y los geniales Maquiavelos de Pepsi ganaron una inesperada batalla en las cuotas de mercado. Zapatero está aceptando el reto de PePsi. A principios de este mes, antes del cambio de gobierno, me sorprendió ver, en un editorial del telediario de Cuatro, a Iñaki Gabilondo recomendar textualmente al presidente del crisis-gobierno que pidiera consejos al maravilloso ex presidente de gobierno Felipe González. El legado histórico del sátrapa sevillano ha llegado siempre a los sociatas amorosamente escondido, como dice la canción de Lichis, en un envenenado Cropán. No sólo de cinismo vive el hombre. Sospecho que Gónzalez, como ya lo hizo Largo Caballero en su día, saldría corriendo con el rabo entre las patas ante cualquier peligro, el enemigo a las puertas o la peste porcina, qué más da. Los Gabilondo ya han tocado pelo en el gobierno, han catado al fin el chocho del poder nacional. Dios a veces escribe sus textos con renglones aparentemente torcidos, pero algunos caminos siempre conducen a Roma.

ronaldo-gordoEl gobierno avanza como un boxeador sonado, lanzando ganchos de mentira al aire para capear el temporal, esperando una imposible resurrección. Ronaldo golea en el Corinthians, el Paquirrín brasileño no tiene miedo a la gripe del marrano, sus sufridas células biónicas ya están inmunizadas gracias a los inmensos bocadillos de panceta que engulló a la salida de los bares de copas de la capital del reino español. El señor Nazario de Lima había pensado ya en colgar las botas y dedicarse, bien caracterizado (pero sin necesidad de colocarse barriga falsa), a tocar versiones del genial “Talco y bronce” de Manzanita en versión samba por las calles de la ciudad del río de enero. Sólo le haría falta romperse la voz con cazalla de la buena para conseguir el éxito en semejante empresa, para cultivarse una voz ronca al estilo del orondo gitano o de la apura vasos Bonnie Raitt. Pero Ronaldo ha vuelto con esa rapidez suya de Ben Johnson y ese toque de bola tan fino como el del genio Bochini (obligatoria lectura de Enric González: http://www.elpais.com/articulo/deportes/finales/Bochini
/elpepidep/20090427elpepidep_18/Tes
).

ronnie1La semana que viene tendré que visitar una vez más a mi seria matasanos, una tipa seca y sin concesiones, sobria como un espartano, mujer viejoven que ejerce un oficio que requeriría más labia y empatía para no hacerte sentir como un número cuando te ves obligado a visitar sus templos. Aunque, por otra parte, la comprendo, e imagino lo desagradable que debe ser tratar durante toda tu jornada de trabajo con un rebaño de humanos posibles portadores de la pestilente gripe del pollo, de la polla o del marrano. Antes de cada visita al sanador el cuerpo descarga adrenalina y piensas por un instante que todos tus males tienen solución, que la muerte nunca llegará, que esas cosas les pasan siempre a otros, que saldrás corriendo por la puerta como un potro nuevo a olisquear las infectas flores de mayo. El efecto suele ser el contrario. La ciencia te vende soluciones que siempre van a fallar a largo plazo, en el fondo sus métodos son tan ilusorios y fatuos como los de los curas, los lamas o los rabinos. Ir al médico, en el fondo, es tan estúpido como tomar la primera comunión. Siempre va a acabar uno en el sucio y frío ataúd, por mucho que corras la parca va a estar siempre esperándote en Samarcanda. Al final sale uno de la consulta con cara de lelo, como la que se le quedó el otro día al monstruo Ronnie O´Sullivan cuando le fallaron las carambolas durante el mundial de snooker (abyecto y noble al mismo tiempo el arte del billar) y tuvo que huir con el rabo entre las patas a su casita. No hay nada como un traguito de realidad, a palo seco o sólo con unos cubitos de la nevera, reality on the rocks. Siempre tardas en darte cuenta de que las bebidas fuertes se degustan rascando en la garganta, no reptando como lija sobre el paladar. La muerte siempre viene y te susurra al oído aquello de “love me like a man…”. Me sigue poniendo Bonnie Raitt, aunque roce los sesenta. Todo llegará, es cuestión de tiempo.

gachas@excite.com

María de los Dolores

•Abril 22, 2009 • 2 comentarios

letretat2

Cuando era niño solía ser siempre el más pequeño y el más delgado en los equipos de balompié en que militaba. Mis piernas eran como palillos y mi cuerpo lo más parecido a un cristo de El Greco. En la calle jugaba con mis gafas puestas, unos pesados anteojos con carcasa de metal que un día sí y otro también aparecían rotos sobre mi cara, ya fuera a causa de certeros balonazos, caídas o de algún puñetazo. Tuve cuatro ojos hasta los trece años, el oftalmólogo me castigaba todos los otoños con una lente nueva y un “vuelva el año que viene”. A pesar de tanta dedicación mi ojo vago no aprendió a dar un palo al agua, pero mi vista, gracias a los años de infantil tortura, es aún fina como la de un sucio depredador de la llanura. A pesar de ser un gafitas tapón de alberca, cuando yo saltaba a un campo de fútbol los que me conocían, aunque fuera de vista u oídas, me tenían miedo. No atesoraba gran habilidad con el balón en los pies. No era muy rápido corriendo. Los pantalones cortos de deporte siempre me estaban muy anchos, parecía que vestía provocativas faldas pantalón con los huevos colganderos, lo que producía que fuera poseedor de una facha ridícula. Pero había descubierto precozmente que caerme al suelo no era tan doloroso como lo pintaban, que llorar cuando te despellejabas las rodillas era pura pose de crío, que la sangre era sólo un líquido rojo e infecto que todos llevamos dentro en mayor o menor cantidad. No sabíamos lo que era el tackling en mi barrio, y lo tuve que inventar yo mediante entradas asesinas a ras de suelo sobre cualquier tobillo o rodilla que se pusiera por medio. Los menos bravos me decían que estaba loco, que imaginara que alguien había dejado por casualidad algún cristal por el suelo, que me iba a desollar vivo cualquier tarde. Yo me reía, en mi inconsciencia, de su cobardía. Descubrí que poseía una capacidad, adquirida o innata, vaya usted a saber por qué, para aguantar los golpes y el frío. Tengo la piel bastante dura y es difícil hacerme cardenales. Puedo andar en mangas de camisa en diciembre sin tener que aguantar el tipo de macho de forma artificial. La inconsciencia duró, por suerte o por desgracia, pocos años. Empezó a darme miedo hacer daño a los de al lado y dejé, paulatinamente, de calentarles las piernas a golpes.

Aquel verano, a los dieciséis, me vino a visitar por primera vez. Yo no la conocía. Bajamos a patear el balón hasta la Ciudad Universitaria. Cómo siempre, caí al suelo varias veces para amedrentar a mis contrarios. No le di mayor importancia a los cotidianos costalazos. Pero, al regresar a casa, se presentó de repente. Me dijo que estuviera tranquilo, que iba a pasarse unos días por mi vida, aunque siempre que la necesitase me acompañaría en este solitario viaje, que volvería de vez en cuando para joderme un poco. María de los Dolores se metió en mi existencia de sopetón, y me tuvo vagando por mi casa durante días como alma en pena, con la espalda torcida a lo Quasimodo, jurando y perjurando en varios idiomas que no conocía, con los pantalones caídos, y lloriqueando como una Magdalena que se despierta y no encuentra a Jesucristo a su vera en el catre. Mi amiga se había dado a conocer en forma de piedra en el riñón, con unos dolores que dicen son más agudos que los de un parto, constantes y sordos, como penas que dan frío y no te dejan parar quieto ni un minuto. El pedrusco debió haberse movido con alguna de mis sucias arremetidas sobre los ocasionales rivales. Tarde o temprano hubiera tenido que pasar, el destino es inexorable, está escrito con líneas indelebles e inamovibles. Tras un par de meses mi cruel visitante ser marchó con un portazo, sin casi despedirse, pero dejó una tarjeta de visita con un “hasta pronto…” grabado a mano sobre el reverso. Era una forma de expresar que siempre me querría.

Pasaron los años, los veranos, los finales de agosto daban la bienvenida a nuevos años, lustros y décadas. Mi mente siempre retenía el frío recuerdo de aquella visitante, que colgaba del gotelé de mi cuarto como una espada de Damocles mal pegada al techo con pegamento Supergén o Imedio cuando debería estarlo con Loctite de ferretería. Mi madre me había enseñado a pegar los cromos de fútbol en los álbumes con engrudo fabricado a base de agua y harina de almortas, pero aquella solución era tan barata como ineficaz para sostener los trozos de sueños sobre el papel. María de los Dolores volvía a habitar en mi puerca vida de vez en cuando, cuando menos lo esperaba, mediante pedradas renales sorpresivas o por golpes atizados a contrapelo. Cómo aquel día que aquel tipo me hinchó la espinilla, o cuando aquel otro torció para siempre mi nariz con su codo. Una noche, corriendo tras un balón dividido, mi extremidad derecha se retorció por la rodilla como el cuello de la niña de “El exorcista”. Pude observar varias constelaciones, galaxias, quasares, mientras regresaba a casa conduciendo, pisando el acelerador del coche con un pié mirando hacia Burgos y el otro hacia La Palma del Condado. Tras aquella fiesta con mi amiga nunca volví a ser el mismo, la cuesta ya ha sido siempre hacia abajo. Tomaba baños de agua casi hirviente para calmar el dolor, en una bañera que soñaba que era como la de Errol Flynn pero en la que apenas me cabían mis piernas dobladas.

La última visita de María, la de los Dolores, no por esperada dejó de ser sorprendente. Me hizo recordar la poca habilidad que yo poseía para subirme a los árboles. Aquel salto con el que me rompí de repente fue el fruto recogido de los excesos, de aquellos vuelos cuando era capaz de saltar sin carrerilla más de ochenta centímetros en vertical. ¿Quién no ha soñado alguna vez con volar? Yo casi nunca recuerdo mis dulces momentos oníricos bajo las mantas. Aquel chasquido seco me hizo pensar en las llanuras de Waterloo y de Flandes, en el K.O sufrido por Jack Jonhson a manos de Jess Willard aquella fatídica tarde en la que el rey invencible se apagó; en los tópicos típicos de aves Fénix volviendo a levantarse desde sus podridas cenizas y en que Piper Laurie, con su rostro de derrota inaceptable, sigue viviendo, aunque sea, en el IMDB. La noche es muy oscura y muy lejana cuando te hace una visita María de los Dolores; ella no es buena compañera de fatigas, y no tiene miramientos al pedirte que te vayas con ella a pasear en su loco autobús bajo la lluvia, donde la hierba amarilla crece a la altura de la rodilla.


<<Muhamad Alí nació para boxear, para el
ring, le encantaba y, como sucede con la gente que ama demasiado las cosas, éstas les destruyen. Creo que fue Oscar Wilde el que dijo: “destruyes aquello que amas y, viceversa, lo que amas te destruye a tí”. Volvió. Luchó en 22 combates; algunos fueron muy honrosos, otros fueron muy difíciles, otros comedias y farsas. Se castigó mucho en aquellos combates que siguieron al de África…>>


Sabes que no hay palabras
para describir lo que se piensa
ladridos de Wittgenstein
analgésicos
aporéticos
luces ahí al fondo
que hacen ver las estrellas.
Son bromas ligeras
y jeringuillas
de las que brota la verdad
de la verdad
mal encaradas
embravecidas por la realidad
desnuda de tu día
a día
por tu estúpida espalda
oxidada por el viento,
el agua y los años
perdidos y dados por
perdidos
buscados en la memoria
que siempre se declara
en huelga
a la japonesa.

gachas@excite.com

Madrid epidural

•Marzo 21, 2009 • 6 comentarios

lapazfe1

La anestesia epidural es uno de esos descubrimientos que deberían ser catalogados como asignatura obligatoria, como una nueva mili. Nadie debería privarse de experimentar el placer de no sentirse el cuerpo de cintura para abajo temporalmente y de que te hurguen la carne sin miedo ni vergüenza. Casi me duermo en aquella camilla de aquel quirófano de hospital público decorado en tonos pastel, en ese lugar de martirio dotado de hilo musical y poblado por alguna médico que, no nos engañemos, estaba bastante buena. Las drogas duras son una puta maravilla, manjar de dioses, aunque te las pinchen en medio de la columna vertebral. Parir debe estar chupado.

Las enfermeras siempre me han atraído, desde el principio de mis tiempos. En una ocasión un enorme alemán tuerto que decoraba su cuerpo con más de una decena de tatuajes, mientras trabajábamos ambos en algún lugar perdido de la meseta norte castellana, removió una piedra gorda de una muralla visigoda con tan mala suerte que la posó sobre mi tobillo. Mi ángel de la guarda apareció de repente y el pedrusco sólo me rozó la tibia sin partirla, pero dejándola maltrecha. Me trasladaron al campo base con mi sucia extremidad dolorida y allí me esperaba la consorte de uno de mis amigos, que nos visitaba aquella semana y que en la vida real ejercía de enfermera. Durante una semana ella me curó las heridas mientras yo deseaba su cuerpo entre silencio y Betadine. Hubo allí un no sé qué click que hubo que controlar por el bien de todos. Hay pocas cosas más erótico festivas que una moza restañándote las cicatrices abiertas. Las enfermeras de día son muy atrayentes, pero las que hacen visitas furtivas por la noche para atender a tu anciano compañero de cuarto provocan un curioso efecto sito entre la admiración y el “ay cordera, que te llevo pa la era”.

butaneroNo había forma de bajar la persiana, y mi primer vecino de catre se empeñaba en dejar un pelín abierto el ventanal para sofocar el calor hospitalario. La ventilación provocaba que respirásemos todo el hollín que flota sobre el nudo norte de Madrid y que escucháramos en todo momento el ruido del insoportable tráfico colindante con la sempiterna autopista de circunvalación. Yo no podía negarme, a pesar de mi tos y de las miasmas que últimamente segrego, a los deseos del de la cama de al lado, porque a una persona a la que le falta una pierna nunca se le debe regatear nada. Él era un tipo admirable, que a causa de su larga experiencia como paciente debería ser nombrado automáticamente ministro de sanidad cuando el PP vuelva al poder. Si Rajoy lo conociese no dudaría en reclutarlo, no creo que ni siquiera el yernísimo Güemes pudiera hacerle sombra como experto en organizaciones sanitarias rentables. Nunca discutí que fuera el portador del mando de la tele. Se pasó los días, hasta que le dieron de alta, dándome ánimos. Él sabía instintivamente que mi cara es claramente de póker, que voy de farol, barruntaba riendo por dentro que mi acojone era del tamaño del Chogori. Sospecho además  que, en algún momento, estuvo a punto de pedir que le pasara el pescado congelado que yo no consumía durante esas comidas carentes de sal. Nunca le niegues nada a un ex repartidor de Butano.

boccheriniLas tragedias cotidianas invaden todos los rincones de cualquier ciudad sanitaria que se precie. Pasé una noche soñando con que el espíritu ectoplásmico de mi padre bajaba, desde la planta catorce en la que cascó, a visitarme para ver algún partido de fútbol juntos en la tele. El butanero pronto se marchó y apareció a mi lado un hombre (con mayúsculas) de ochenta y ocho primaveras que llevaba cuatro días sin probar bocado esperando una operación de by-pass que regara sus sufridas piernas flebíticas. Fue difícil el diálogo con él hasta que decidieron administrarle un poco de nuestra sopa boba.  LLevaba pegada las veinticuatro horas del día una máquina de irrigación que, con sus gorgoritos, hacía imaginar que nos hallábamos sentados sobre la rivera de algún caudaloso riachuelo leonés. El artilugio entonaba sus cánticos chill-out mientras nosotros, la extraña pareja viejoven, asistíamos al espectáculo del fluir de las luces del desbocado río que es el final de La Castellana. Cuando al atardecer el mar de farolas se encendía sobre esa calle autopista que parece el Ródano pasando por Arlés, su luz se colaba imparable por nuestra ventana como un torrente fantasmagórico que me hacía pensar en el Madrid nocturno de mi amigo Luigi Bocherini, en ese Madrid antiguo en el que sólo ardían cuatro candelas alrededor de la cornisa del Manzanares que ahora el episcopado de Rouco piensa dinamitar. Espagueti Bocherini, qué grande eras, qué grande eres. Comprendo perfectamente tu estado depresivo cuando, al enfilar el paseo de Extremadura volviendo desde tu casa de Arenas de San Pedro con tu piara de hijos viudo y arruinado, cuando retornabas hacia esta urbe insana, avariciosa y diletante, pensaste que aquel al que regresabas no era tu lugar en el mundo. Se te vino a la cabeza, como a mí ahora, que esos que dicen que la vida es maravillosa y que el dolor te hace sentir vivo no son más que una panda de gilipollas, o de stronzzos, como tú prefieras que se diga. Si hubieses nacido un par de siglos más tarde habrías conocido esta maldita ciudad gracias a alguna beca Erasmus, que te hubiese permitido viajar desde tu maravillosa Lucca natal, pero hubieses podido volver a tu terruño mediante algún vuelo barato de Ryanair sin tener que esperar tantos años para poder volver a ver la maravillosa plaza del anfiteatro romano. Luigi no hubiese formado parte de ninguna movida madrileña, de ninguna bandada borreguil plagada de envidiosos pseudo artistas, ni se hubiera prostituído poniendo música a ninguna película del Almodóvar decadente, coñazo, pretencioso y repetitivo de los últimos años.

loboEn la música del Madrid nocturno compuesta por el genio de la Toscana no resuenan ecos de Rock ni de Pop, no hay etiquetas. Quizás Luigi parecería un poco hippie con esa peluca a la moda que gastaba, un sucio hippie con mirada de perro como el que ha provocado el destrozo en mi tendón de aquiles. No hay nada mejor para sentir la tragedia humana que lo que transmiten los ojos de un perro, que hablan sin necesidad hablar. Casi siempre hay más conexión con esas miradas primitivas, surgidas no se sabe si del inconsciente colectivo de Jüng o de la sempiterna y gilipollesca fabulación humana, que con el zafio discurso elaborado con sinsentidos que tejemos para escabullirnos de la idea de la muerte, del paso del tiempo o de la soledad. Salí del hospital, me introduje con calzador en un escueto Peugeot 206 y, nada más llegar a casa, me pegué un costalazo al tropezar con el bidé mientras orinaba (meaba). Me quité el esparadrapo que ocultaba el pinchazo de la anestesia y, sobre su superficie, pude adivinar desagradables restos amarillentos de mi médula. Me duelen todos los huesos. Olisqueé mi cama como lo hace mi perra arrimando el hocico a mi sudoroso sobaco para sentirse segura y conseguí al fin dormir un rato al calor de la tele, que funciona a modo de hoguera en la cueva. Para relajarme, intenté provocar sueños en los que imagino que corro por un frío campo lleno de escarcha junto a una manada de lobos que me miran a la cara, con sus penetrantes ojos, como si perteneciese a su clán; me tumbo junto a ellos y me lamen las heridas. Huelo su rastro y me siento en casa, aunque hiele, aunque duela, y ya nada más importa porque puedo dejar la mente en blanco.


<<Tenía mucho frío. Esperó. Reinaba una calma absoluta. Podía ver en qué dirección iba el viento por el aliento que aparecía una y otra vez delante de él. Esperó un largo rato. Luego los vio venir. Trotando y serpenteando. Bailando. Hozando la nieve. Trotando y corriendo y alzándose de a dos en una danza estática y corriendo otra vez.
Eran siete y pasaron a poco más de cinco metros de donde se hallaba. Distinguió sus ojos almendrados a la luz de la luna. Oyó su respiración. Notó su eléctrica presencia en el aire. Los lobos se agruparon, se arrimaron y se lamieron los unos a los otros. Luego se detuvieron. Desencapotaron las orejas. Algunos alzaron una pata a la altura del pecho. Estaban mirándolo. Él no respiraba. Ellos no respiraban. Después giraron sobre sí mismos y siguieron trotando. Cuando llegó a casa Boyd estaba despierto, pero él no le dijo adónde había ido ni qué había visto. Nunca se lo contó a nadie.
>>

gachas@excite.com

Mantras camino del fútbol

•Marzo 12, 2009 • 4 comentarios

metropolitano

Hace veinte años Ancelotti le dobló las manos a Buyo con un cañonazo desde treinta metros y dormimos una noche negra, la de San Siro. Los esbirros de Berlusconi nos endosaron cinco chicharros en la frente como cinco soles. Era el Milan de los holandeses, ese que no nos dejaba pasar de medio campo ni a base del oficio de los atronadores huevos de Hugo Sánchez. Ahora, con la vuelta de nuestro amado presidente Floren, suena para ocupar el banquillo madridista el ínclito ex jugador italiano, que es como un hijo de otro tiempo. Se me antoja que el spaghetti no duraría dos semanas en las fauces de las fieras que habitan el Bernabéu. El martes pasado sufrimos otra de esas noches para recordar con amargura, la de Anfield y el jodío “niño” Torres. Los atléticos se reían en sus cubiles y nos martirizaban con sarcásticos sms, ese decadente medio de comunicación en los tiempos duros que corren. Sólo un día les duró la alegría, abandonados a su suerte y a las ideas de un entrenador salido también de la era del cromagnon futbolístico. Abel Resino, a pesar de esa cara de chaval durete, en su etapa como pelotero de segunda clase, se pasó casi una década llorando penas y echándole la culpa de las desgracias colchoneras al empedrado de oro de su mal vecino del norte. Qué tiempos aquellos cuando los dos equipos habitaban en mi barrio. Unos en Chamartín, los otros en El Metropolitano. Sólo había que bajar una de las cuestas de esta montaña que habito, hacia un lado o hacia el otro, para convertirse en fanático de cualquiera de los dos colores; la ladera interminable que conduce a la Castellana o el caminito de minivalles y minimontañas que serpentea hacia las orillas de la Ciudad Universitaria. En las curvas con aforo ilimitado de los fondos del Metropolitano chillaban muchos madridistas ocultos, mientras que en el gallinero recién construído de Chamartín vociferaban muchos truhanes vocingleros (los bocazas de la época) con el pijama a rayas rojiblancas bien tapado debajo de la ropa, lo que por otra parte venía muy bien a estos últimos para atenuar el cortante viento del este que barría en invierno esos vetustos graderíos. Era una afición única que se dispersó cuando Vicente Calderón trasladó a sus sufridas huestes a la cruel servidumbre de la zona sur de Madrid, a la tierra que cruza el putrefacto río Manzanares.

maite-zaldivar-008Las imágenes que nos quedan del estadio Metropolitano, que ni yo mismo llegué a conocer más que a través de relatos sobre antiguas leyendas, dibujan grises tardes de inexistente gloria perdidas en el infecto tiempo. Lo mismo ocurre con “La Pouppée”, antro donde tantos puteros se han encontrado y reencontrado, donde nuestro glorioso Julian conoció a Maite Zaldívar. El top-less de la “muñeca” me sorprendió la semana pasada con el cartel de “Se Alquila” colgado sobre su cierre. Ya comentábamos hace tiempo que este sui géneris bar de copas tenía unos horarios de apertura la mar de raros. El portero con bombín, al estilo del Ritz, que guardaba su puerta, cada vez hacía menos acto de aparición. Al pasar los viernes por sus cercanías siempre imaginábamos al gran caudillo Muñoz admirando los pechos de su Maitechu querida, durante aquellos primeros tiempos en los que ambos se ganaban el pan como buenamente podían. A buen seguro que ahora, entre las bambalinas vacías del local, se producirán fenómenos extraños: poltergeist que vacían las botellas de Whisky DYK Reserva 7 Años abandonadas, psicofonías con carcajadas de algún cliente borracho o de alguna barrista americanista subida de revoluciones, apariciones espectrales de señores con bigote y carnet de Falange o de ectoplasmas con las tetas al aire.

bermejoNo sería de extrañar que algunos decadentes clientes habituales hayan llorado a sus puertas la pérdida de este club social de postín. Es posible que el ex ministro Bermejo, que vivía hasta hace pocos días a escasas dos cuadras de distancia del bareto (en un piso reformado a golpe de talonario por el estado), hiciera alguna escapadita a pillar cacho al local. Tendría mucho éxito entre la muchachada de gachises gracias a su impactante sonrisa etrusca Profidén de chimpancé afortunado. Ni tampoco se descarta que Alan Kennedy, el mítico pelotero que le metió el gol al Madrid en la final de París del 81, hiciese una excursión por el antro puteril de Plaza de España durante la última visita de su Liverpool a Madrid. Cómo nos amargó la noche el señor Kennedy. Recuerdo aquel partido hipnotizado delante de la tele. Esperábamos ansiosos, los jóvenes y los viejos del barrio, que aquel Real Madrid de los García, de Camaho, del joven Agustín, de Del Bosque, de Stielike, de Juanito, Santillana y Cunningham, saltase al campo a redimir más de dos décadas de pobreza e ignominia. Un mal presagio se ciñó sobre nuestras gargantas y nuestros culos blancos desde el comienzo: una grúa tiró por accidente un tendido de cables y no llegó sonido directo del partido hasta bien entrada la segunda parte. El choque transcurrió gris, entre un aséptico silencio ambiental sólo aderezado por los sosos graznidos del comentarista que  toreaba el desaguisado  desde Prado del Rey. De repente, Alan Kennedy se encontró un balón y fusiló al eternamente apollardado Agustín, que tuvo que convivir, ya para siempre, con esa herida irrestañable. El cancerbero gallego se arrastró durante años por los banquillos, envejecido prematuramente, hasta casi su fin. Sólo era titular de tarde en tarde y en partidos amistosos. En uno de esos bolos, contra el Spartak de Moscú, nos colocamos en el fondo norte, despoblado de público, con el deseo de desquiciarle, por pura diversión. No paramos en los cuarenta y cinco minutos de aquella segunda mitad de decirle que estaba acabado, que era un anciano, y de preguntarle si tenía el lumbago inflamado. Nos regaló algunas miradas asesinas para el recuerdo, y debieron hacerle mella nuestras palabras, pues, inexplicablemente, montó en cólera a pocos minutos del final, comenzó a correr como un pollo sin cabeza a protestar hasta el centro del campo y el pobre árbitro no tuvo más remedio que expulsarlo.

alan_kennedy_celebra_liverpool_gano_champions_real_madrid_1981Años más tarde, cuando el espigado mancebo ya estaba retirado del balompié profesional, volví a encontrármelo. Entrenaba a un equipo de niños en un campo de tierra perdido del barrio de Peña Grande. Como resultado de un eterno bucle existencial temporal a merced de un retorcido déjà vu, un tipo que pasaba junto a la valla de alambre del recinto le espetó de repente: “Agustín, qué viejo estás”. Él le contestó con un ágil y chulesco grito: “sí, estoy viejo, pero forrado”. Agustín siguió con el mantra de voces dirigido hacia sus jóvenes pupilos, sin aparentemente atribuir ninguna importancia al incidente. La frecuencia, la cotidianeidad o el tiempo actúan como bálsamo protector, como Gelocatil atenuador de dolores eternos. En las noches mágicas del Bernabéu vikingo de finales de los ochenta siempre sonaba la misma canción mántrica, cuyo videoclip nos inyectaban a todo volumen para encaminar nuestras obtusas y borrachas mentes hacia aquellas remontadas imposibles de la “Quinta del buitre”. Era el “live y life” de los teutones Opus , horterada de estribillo regurgitable hasta la saciedad. Butraqueño parecía físicamente una bastarda copia engominada de Eddie Cochran cantando el “Summertime blues”. Ese sí que era un himno. No hay nada mejor en este mundo que ponerlo a todo trapo en la radio del coche, tronando junto al “Papa’s got a brand new bag” de Ottis Reding (su versión es infinitamente mejor que la de James Brown,  y mira que ésta es buena) y pisar el acelerador. Ni mantras budistas ni hostias.

gachas@excite.com

Metro Prozac

•Febrero 23, 2009 • 3 comentarios

metro

¿Recuerdas cuando te decía que nosotros no pertenecíamos a la cultura del Prozac? No somos de esos tipos que van al psicólogo a contarle sus miserias, para bien o para mal. Crecimos en las barriadas aun rodeadas por campos yermos y ajados, fronterizos con la inmensa arena seca de la meseta. Yo no odiaba a mi padre como la hija de Mickey Rourke en “The wrestler”. Mi padre pasaba olímpicamente de jugar conmigo, pocas veces me limpió las rodillas desolladas. No nos daban puntos de sutura cuando nos caíamos; el momento en que parábamos de sangrar era señal de que nos habíamos curado. Mi progenitor contaba que el día de la final de la Eurocopa entre España y Rusia en el Bernabéu hacia un calor asfixiante; el estadio se pasaba con creces del aforo permitido y una humanidad descontrolada intentaba dar crédito a aquello que observaba, como en un extraño rito. El fútbol era la cienciología de la época, aunque los forofos no se comían la placenta de sus hijos. Yashin era un cuervo negro. Y yo ví a Arconada aquella tarde en que el puto Atleti le metió cinco goles, el año en que los del colchón a rayas ganaron la liga. Quería que me compraran una bandera de la Real Sociedad, pero nos había invitado al estadio enemigo J.R, el que luego se presentó a la presidencia contra el doctor Cabeza, y no era cuestión de hacerle tal feo. Ahora él trabaja todavía, superados los setenta tacos, en una panadería del barrio, dos calles más abajo de mi cueva.

gong_liEl domingo pasado subí esa cuesta, como tantas otras veces. Las siete en punto, tiempo suficiente para llegar hasta la Plaza de Benavente a la hora señalada. Las mismas siluetas de todos los días, el cartel rojo de “La Pampa” y la cúpula de castillo kafkiano amenazante de la iglesia del colegio de curas. En Alvarado sube a mi vagón de metro una ecuatoriana de caderas tan anchas como la ensenada de Guayaquil; dudo que pueda incrustarse sin calzador en el asiento. En Cuatro Caminos se incorpora una extraña pareja; él un chico aseadito patrio, ella una moza oriental de rompe y rasga. Hablan de ésta su primera cita sin aparente tensión sexual, pero es evidente que él desea taladrarla. Ella dice que está muy cansada, que le duele la espalda. El zagal quita tensión al asunto, miente insinuando que no deberían haber quedado ese día si ella estaba tan agotada, a lo que su compañera de domingo replica que no, que tenía ganas de ir al cine, pero que preferiría ir a ver la peliculita de “Benjamin Button..” a la de “El intercambio”, aunque añade que la semana siguiente elegirá ella. Él traga saliva gracias a la esperanzadora promesa de su Gong Li, e imagina cómo serán esos sabrosos polvos que posiblemente traerán lodos, aunque el fango de extremo oriente debe ser un fango diferente para meterla en caliente. Dos asientos se quedan vacíos. Ella reposa sus finas posaderas junto a mí y él se incrusta justo enfrente. Yo miro mi reflejo en el cristal, con mi mirada clavada en el vacío de la pared del túnel. En Madrid es costumbre tratar de hacer pensar a tu vecino que lo ignoras mirando al tendido; es una táctica agradable para con el prójimo, que evita sobresaltos.

carretasEl metro tarda veinte minutos en llegar a Sol. Luego camino por un pequeño tramo trufado de fauna variopinta y paso por delante del cajero automático que nunca funciona de Carretas. Tengo unos vales para los Ideal que caducan en ese preciso instante. La jefa, como siempre, llega tarde a la cita. La espero en la puerta del teatro de la acera contigua, con mi habitual cara de mala hostia de interpretación macerada con el tiempo, resultado de años de práctica ciudadana destinada a conseguir que nadie se acerque a molestarme. Dentro del cine huele a repugnantes palomitas, a Coca-Cola de polvos y se escuchan comentarios absurdos de gente demasiado trascendente. “La duda” es una película sin demasiados toboganes ni estridencias. Pasa a la historia en mi mente como si tal cosa, sin dejar demasiada huella. No obstante, su trama me suena a déjà vu. Algunos curillas no saben contener la tensión sexual hacia los tiernos infantes. Eso en mi pueblo se llama pederastia. Yo asistí a un odioso colegio donde se protegía a los asotanados pedófilos practicantes sin ningún pudor. Ninguno me metió mano. Quizás tuve suerte de llegar muy crecidito al lugar, con unas manos ya rápidas y curtidas, y unos pies que podían patear sus huevos hasta colgarlos de la veleta del campanario. Si se les permitiese hacerse pajas sin remordimiento esos problemas de incontinencia sexual no se producirían tan a menudo. Ellos me enseñaron el noble arte del odio visceral. Vivir bajo cualquier yugo te afianza en oscuros caminos vitales. Ellos decían que yo era un tipo raro. Nunca fui a confesarme a sus cuchitriles. No me dan ninguna lástima cuando mueren de viejos. Me enteré espiando por Facebook que había muerto don Aniceto; algunos lamentaban su pérdida y destacaban su afable carácter. Yo pensé para mis adentros: “qué bien muerto está el hijo de puta”. La pena es que no había ninguna Meryl Streep en el colegio, nunca las hay en esas cochiqueras, sólo en las películas. De ese modo evitan erecciones heterosexuales infantiles. Me marcho del cine sin pena ni gloria. Muy pronto se borrará el recuerdo de esta absurda tarde.

prozacEn la estación de Tirso de Molina suele siempre haber algún yonki en el andén. De chicos nos daban miedo, ahora son muertos vivientes. Pero en esta ciudad hay que mantenerse siempre con un ojo abierto en la nuca. El convoy que tomo avanza lento hasta Sol. Se para. Se abren las puertas. Por un vericueto del destino entra la misma pareja que me acompañó en el viaje de ida. Se sientan exactamente en la misma posición, uno enfrente del otro. La tierna lemmonhead lleva entre las manos un cartón con gominolas que le ofrece a su chaval occidental, pero al lampiño mozo no le gusta el dulce, debe ser un chico sano. Charlan sobre lo cansado que será el lunes en el trabajo, qué mierda de trabajo. A este paso no habrá sexo. El tipo se va a bajar en Cuatro Caminos, y relata a su objeto de deseo oriental que tendrá que caminar diez minutos hasta llegar al portal de su casa. Ni se besan ni se tocan antes de que él salga por la puerta, un escueto “hablamos” remata la faena. Ella sigue sentada a mi lado. Mi reflejo, allí clavado mirando a la nada, se parece a Altobelli en su etapa final en el Inter, cuando era suplente y calentaba banquillo con cara de mala hostia en el Bernabéu, cuando el Madrid los vapuleaba y él no podía hacer nada; la cámara de televisión se recreaba en su efigie de corsario pendenciero derrotado. Me levanto haciendo el típico equilibrio de surfista del metro. Abro la puerta. Me bajo. Recuerde no introducir el pie entre coche y andén. Peligro, estación en curva. ¿Dónde está la curva? No veo la curva, ni a la niña de la curva. A las doce pondrán el programa de Iker Jiménez. La calle está casi desierta. Da gusto caminar a la fresca nocturna. Nunca tengo frío, es una ventaja. Subo, bajo, subo, vuelvo a entrar en mi cueva, me tumbo en mi cama de faquir. Tardaré en dormirme. Mañana será otro día. Creo que me afeitaré. Amanecerá, habrá un cielo verde peppermint bajo un sol azul eléctrico, y seguirán pasando las horas como segundos, como si nada ocurriese, cada año más rápido. Y tú nunca tomarás Prozac y continuarás huyendo de las locas que se cruzan por tu vida. Un vinito en vez de Tranquimazín quizás.

gachas@excite.com

Deflación

•Febrero 18, 2009 • 2 comentarios

nagawa

Febrero de 2009, días antes del cataclismo deflacionario. No se sabe cuantas jornadas quedan para el holocausto monetario, pero se ve, se siente (como decían en el fondo Sur del Bernabéu: “se ve se siente, Juanito está presente”). El ministro de finanzas japonés, Soichi Nakagawa, acude a un acto del G-7 en Roma puesto hasta las cejas de sake. Se tambalea, no articula palabra y casi se duerme ante las preguntas sagaces de los llenapapeles de turno. El país nipón perdió durante el ejercicio pasado el doce por ciento de su producto interior bruto. La situación no llama a pillarse un pedo, sino a hacerse el hara-kiri directamente, sin pasar por la salida. Juguemos al Monopoly hasta el final. Hace un par de años, en nuestras reuniones de amigos, cuando se sacaba el tema de la bajada del precio de la vivienda en España, todos nos ufanábamos en proclamar que sería imposible que eso ocurriera, que como mucho se estancaría el mercado, pero que nunca, nunca bajaría. Cada uno soportaba la procesión interna, el reconcome de que estábamos mintiéndonos como bellacos para evitar pensar en el peor de nuestros mundos posibles, aquel en el que el sistema falla y todas nuestras estructuras vitales se van al carajo. No nos daba la gana creer aquello que era una verdad a voces, preferíamos pensar que nunca iba a tocarnos la china. Las cadenas de nuestras hipotecas forzaban a que nos impidiésemos observar la realidad sin filtros, para no cagarnos en los pantalones de miedo, como cuando evitamos pensar en la muerte para no bloquearnos. Deberían habernos obligado a visionar el documental “Historia del saqueo”, para que abriésemos los ojos y nos diésemos cuenta de que el K.O es posible, que por muchas exclusas o excusas que le pongamos el sufrimiento está ahí, a la vuelta de la esquina; que ni la ciencia ni el sistema son perfectos porque los humanos no lo son ni por asomo.

ronhowardA estas alturas de la película de nuestra vida hay que ser tonto, muy gilipollas, para no darse cuenta de que las ideas preconcebidas que tenemos a cerca de cualquier cosa no son más que inventos banales. Me temo que, en el futuro más próximo, viviremos tiempos de añoranza, echaremos de menos la fe ciega que proyectábamos sobre el progreso. Edificaremos nuestra existencia al estilo de Stephan Zweig en “El mundo de ayer”, aunque sin nazis persiguiéndonos; no obstante tendremos a los bancos y a los cobradores del frac pisándonos los talones. Yo atesoraba un pensamiento que creía claro y transparente, cierto e indudable: que Ron Howard era un patán dedicado a gastar mucho dinero en obras infumables. He tenido que envainármela y reconocer que detrás de esa calva, de ese rostro de estúpido, había algo más que cartón y serrín. Porque no se puede negar que, por fin, después de muchas mierdas, premiadas y sin premiar, “El desafío, Frost contra Nixon”, está rodada con las tripas (Frank Langella es un absoluto gigante). La semana pasada leía una entrevista a Nacho Mastretta en la que él afirmaba que había estado unos años equivocándose al componer esclavizado a las bastardas tecnologías actuales. No le ha quedado ni una pizca de amor por el Qbase. El insípido sabor del ordenador privaba a sus composiciones de los silencios, contrapuntos e imperfecciones que las entrañas de la música transportan. Son esos entresijos los que les faltan a obras tan aparentemente maravillosas y limpias, estéticamente hablando, como la última parida de David Fincher “El curioso caso de Benjamin Button”, que a primera vista parece deslumbrante, pero que, pasado un rato, no deja más que el poso de una estresante vacuidad con olor a anuncio de perfume regalable del día de los enamorados (qué malo que eres, Brad Pitt, cojones). Parece un tópico, pero no hay nada más cierto que en muchos momentos, como en estos de infecta crisis, puede funcionar el “hágaselo usted mismo” puramente Sexpistoliano, y que la técnica depurada no es garantía de nada si no está gobernada por el sucio sentir interno del autor; es el eterno debate artesano-artista. Algunos se pasan de vueltas con este conflicto, como Mickey Rourke, ahora atravesando la etapa de su enésima resurrección-reconstrucción con “El luchador”.

herreroTanto Howard como Rourke fueron expulsados en su día del paraíso por motivos alcohólicos y lisérgicos. Lo mismo que Luis Herrero ha sido echado a puntapiés del paraíso tropical venezolano de Chávez. El eurodiputado-“periodista” cree que sigue siendo un joven contestatario y rebelde, pero lo es al estilo del personaje que Ron Howard interpretaba en “American Graffiti”: acartonado y conformista conservante chico conservador. Difícilmente la sartén de Herrero puede decir al cazo Chávez “apártate, que me tiznas, so dictador”. No se puede cantar con huevos como Joey Ramone y pensar cómo Johny Ramone a la vez, ser un punk-rocker y mantener posturas cercanas al Ku-Klux-Klan, uno acaba dándose de hostias dentro de sí, o trabajando en la COPE.

Ay, las raíces interiores, profundas, cada cual con sus conflictos y sus miserias. Mark Knopfler se mantenía malamente con la poca plata que tenía, vivía al día, sin lujos ni estridencias, escaso de divismo. Tenía entonces sangre sin mezcla de horchata y no conocía los sonidos electrónicos ni por el forro. Su primer disco sonaba a fluidos corporales corriendo por las venas, el segundo olía al viento de las Bahamas. Más tarde, él y sus secuaces se perdieron navegando por la mierda, en el viaje de vuelta desde las islas hacia la metrópoli aborrecible. Sólo me consuelo pensando en que siempre nos quedará París y en esos ratos que, sólo tú y yo, sabemos. Frases hechas, pero es lo que hay por el momento, total deflación.

gachas@excite.com