He estado unas semanas viviendo en Dinamarca, justo entre el mar Báltico y el Manzanares.Ya es mitad de junio y disfrutamos con asiduidad de una temperatura ideal de quince grados centígrados. El Madrid, de tan actual latitud polar, se ha convertido en un sucedáneo de Copenhague u Odense. No hay manera de meter en el cajón los calcetines de felpa ni las bragas de esparto con cuello alto. Los centros de estética (peluquerías para los no iniciados) van a quebrar de inmediato, porque las hembras no pueden lucir tanga en la piscina y ya no es necesario hacerse las ingles brasileñas. Las mocitas madrileñas llevan, por el efecto del frío estival, tanto vello en axilas y entrepiernas como las antiguas atletas de Alemania del Este. Mis vecinas cada día se parecen más a Heidi Krieger.
La gente asalta los supermercados vaciando sus vitrinas como si fuésemos a vivir un holocausto nuclear inminente. Los borregos se agolpan haciendo filas interminables en las gasolineras, casi ya secas de derivados del oro negro, por si al día siguiente no pueden salir a lucir sus vehículos turbo diesel, o sus Golf GTIlipollas. Los ancianos viven en un acelerado síndrome de Diógenes, acumulando viandas en sus alacenas por si sus nietos se mueren de hambre, y en los telediarios la gente maldice a los camioneros porque por su culpa durante unos días no han podido llegar al trabajo a tiempo para joderse la vida. También muchos amenazan con lanzarse a pescar las radioactivas carpas del estanque del Retiro si los pecadores pescadores no sacan pronto sus barcos a los esquilmados océanos. Este verano, en los restaurantes donde te timan dándote de yantar pescado crudo con la estúpida etiqueta de Sushi, todos los platos deberán ser elaborados mediante medusas congeladas, el nuevo manjar que podrán disfrutar todos ustedes en sus pescaderías, y no necesitan aderezarse con picante, son “ricas, ricas”.
¿Qué está pasando?, dirían en el difunto “Aquí hay tomate”. Está pasando que son ustedes gilipollas. Una respuesta contundente, pero justa, al fin y al cabo. Ustedes, víctimas de esta sociedad de consumo, viven en la eterna inopia y no ladran más que cuando sus semejantes les molestan porque salen a la calle a protestar contra los desmesurados márgenes comerciales de las petroleras y las constructoras que nos ahogan a todos, empresas de rufianes ante las que los gobiernos y los transeúntes de a pié se pliegan cada día, ante las que hacen la genuflexión y practican la demagogia de aplaudir mientras les excretan en pleno cráneo. Decía Saramago que los gobiernos no son más que títeres del verdadero poder, el económico. Mucho más peligroso es que el poder, disfrazado con determinadas siglas pretendidamente sociales o socialistas, se dedique a ser rehén y palmero de las minorías oligárquicas; es ese momento en el que el gobernante se torna en sicario del poderoso en vez de alzarse como garante del equilibrio en este maldito mundo en el que nadie ha conocido la ética ni a la madre que la malparió. Olvídense del termino Ramonetiano de globalización y llámenlos directamente hijos de puta, no se corten.
No cabe duda de que vuesas mercedes seguirán comprando pisos a precios increíbles por el mero hecho de que sus papases hicieron lo mismo, y que continuareis dando caña al que se pone a gritar en plena calle porque puede despertaros, qué peligro, de la ceguera congénita que padeceis. Podéis estar contentos, bobos, los piquetes ya han abandonado las carreteras. Tomad tranquilos el camino hacia vuestras prisiones cotidianas. Es mejor drogarse con horas perdidas que con estupefacientes, eso lo sabemos todos, es preferible olvidar mediante rutinas que con orujo, aunque no sé a ciencia cierta cual de las dos vías conlleva mayor resaca. Pero, a veces, cuando me levanto por la mañana en mi agujero, me hacéis sentirme privilegiado; cada día me da más morbo la lealtad, el coraje, y menos las fachadas y los pechos de silicona. Al fin y al cabo, cuando Trichet dicte sentencia el mes que viene, no os va a venir a salvar nadie, y “nadie” es una palabra demasiado larga igual que “siempre” es demasiado tiempo. Enfilad entonces la senda de las iglesias, las sinagogas o las mezquitas. Rezad, rezad, malditos. La fe con sangre entra. Pero todas las rutas conducen a ninguna parte.





















